Cochabamba, lunes 22 de octubre de 2018

Cherí Lanzmann

Un homenaje al cineasta, periodista e intelectual francés Claude Lanzmann, que falleció a principios de mes, a los 92 años. La autora recorre su vida y su obra, deteniéndose en la que es considerada su obra cumbre, Shoah, documental dedicado al Holocausto.
| Alba Balderrama | 15 jul 2018



En París, nos subimos al auto de Simone con Lanzmann y partimos de viaje como tantas veces esos años. Ahí lo conocí amorosamente, viajando por Europa enamorado de de Beauvoir y de la izquierda. Lo conocí en las páginas de un diario no en su monumental cine sobre la memoria, eso vino después. Así es “la fuerza de las cosas”. Incendiada por esas páginas la figura de Lanzmann me empujaba a crecer en un amor así, uno militante, que viajase y que valiese la vida escribirlo. Viajamos en auto a España. Ellos iban decididos a ver corridas y visitar las plazas de toros, yo también. Vimos en Barcelona, con una muchedumbre que aullaba, a Chamaco novillero, llegamos a Gijón que ese año mereció la “oreja de oro”. Luego seguimos a La Toja y Asturias, Oviedo, Santiago de Compostela, el valle de las Hurdes, el de Buñuel. Pero España ahí no sonreía, moría de hambre. En los desayunos y almuerzos leíamos todos los periódicos, el tema de Argelia les preocupaba, las torturas, el Partido Socialista. Pasamos por la hermosa Salamanca, otra vez me enamoré y casi me quedo ahí. Por suerte, no, porque luego de pasar por un “gran bosque de eucaliptos, una meseta gris plantada de pinos aparasolados, sierras desnudas”, Madrid, la amamos, charlamos y bebimos hasta el alba. Era el verano de 1955, en pleno franquismo y ponerle el cuerpo a sus ideales, torearle a la vida era lo suyo.

En Huelva, “Lanzmann compró un soberbio afiche rojo y amarillo en donde Litri enfrenta al toro, y lo he colgado en una de mis paredes”, ha escrito Simone en el tercer volumen de sus memorias, La fuerza de las cosas. Hubo muchos viajes más, yo me bajo de su coche, los dejo viajar y amarse, son ahora parte de mi memoria. Como un recuerdo de aquel viaje por España queda el afiche rojo en la pared, lo escrito por Simone en sus diarios. Quedan las 112 cartas que le escribió Simone a Lanzmann durante los viajes que hacían separados; manuscritos recordatorio de un “loco amor” entre ese inteligentísimo joven francés de 27 años que era Claude Lanzmann y la renombrada filosofa, escritora, activista e intelectual parisina de 44 años, pareja eterna de Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir. Cartas que Lanzmann, a sus 92 años, a principios del año 2018, previendo quizá su pronta muerte, vendió a la Biblioteca Beinecke de libros y manuscritos raros de la Universidad de Yale en Estados Unidos para preservarlas de su desaparición en manos de los herederos naturales (la hija adoptiva Sylvie Le Bon de Beauvoir), como manda la ley francesa, para preservarlas del olvido, la desaparición y el odio. Lanzmann aseguró este año al diario parisino Le Monde sobre el tema que “Sylvie Le Bon no desea solamente oponerse a la publicación de mi correspondencia con Simone de Beauvoir. Ella desea, pura y sencillamente, eliminarme de la existencia de Simone de Beauvoir. Es la única manera, piensa ella, de hacerme inofensivo”. Como si los sentimientos pudiesen borrarse así no más, como si el amor, el dolor, el horror, la pasión pudiesen desvanecerse así no más, como si no encontraran siempre su lugar en los recuerdos de alguien más, en la pared de alguna casa o edificio, en el llanto de algún hombre fuerte, en lo escrito temblorosamente por alguien, en el fondo de algún pecho que no puede pronunciar palabra sin quebrarse, en una canción que suena y suena trayendo al presente el pasado.

“Una casita blanca/ subsiste en mi memoria/ con esa casita blanca/ sueño todas las noches”.

Nadie mejor que Lanzmann para saber el precio que tiene la memoria. “Recordar supone un auténtico trabajo”, dijo en una entrevista. “La memoria no surge sola, se tiene que construir”. Claude Lanzmann, nacido en 1925 en Bois-Colombes, París, Francia, es conocido, más que por su afición a las corridas de toros; por sus numerosos viajes, por su historia de amor y de intensa amistad con de Beauvoir; por su vibrante correspondencia; por su colaboración como secretario de redacción de Jean Paul Sartre y por sus escritos como periodista en la mítica revista Les Temps Modernes que dirigía la pareja, por su monumental obra de cine documental o, como se lo conoce mejor, su cine de la memoria sobre el Holocausto. Lanzmann venía de una familia de emigrantes judíos que habían escapado a la guerra en Europa del Este, a sus 18 años se alistó en las juventudes comunistas y luego en las redes de la Resistencia. Luego de la guerra se fue a estudiar filosofía a Tubinga, Alemania, y luego pasó a Berlín de la posguerra, donde quedó asombrado y fascinado por lo fracturado de la sociedad. En los años setenta comenzó haciendo cine y comenzó la que sería su más grande obra, Shoah. Pero antes, vino su primera película Por qué Israel (1972), un documental sobre la vida cotidiana en Israel 25 años después de su fundación como Estado.

Shoah empieza con una toma del tranquilo río Narew en Chelmno, Polonia. Uno de los primeros lugares donde se exterminó judíos con gas. El agua calma, brisa en los árboles, el presente silencioso. En el bote, navega por el río Simon Srebnik, de 47 años, cantando una canción popular judía que dice: “Una casita blanca/ subsiste en mi memoria/ con esa casita blanca/ sueño todas las noches”. Lanzmann ha convencido a Srebnik para que cuente su historia en el campo de exterminio de Chelmno, donde estuvo a sus 13 años y era Sonderkommando enterrando a los muertos, digo, cuerpos, perdón, “figuras”, los nazis no permitían otro nombre para ellos que “figuras”. Simon y Michael Pochlebnik fueron los únicos que salieron vivos de allí de un total de cuatrocientos mil judíos. Simon recuerda que a veces iba en un bote y los alemanes se entretenían con él haciéndole cantar porque tenía bella voz. Los mismos alemanes que cuando llegaron los aliados les dispararon en la cabeza, pero la que entró en él erró, no le dañó el cerebro. Y desde ese cerebro es que una canción al principio de Shoah suena y suena trayendo al presente el pasado. “Una casita blanca/ subsiste en mi memoria”.

Los siguientes doce años de su vida, desde sus 47 años, Lanzmann se la pasó recordando, rodando. Haciendo un ejercicio de memoria, recopilando, reconstruyendo y reviviendo aquello que parecía borrado de toda memoria, cómo fue la muerte y exterminio de los judíos en los campos de concentración nazis. Shoah o Shoá es el término hebreo que se usa para denominar al Holocausto, la aniquilación judía por parte de la Alemania nazi. Shoah (1985) es el título de la película de Lanzmann que tardó años en hacerse, cinco en editarse, que se filmó en catorce países y que dura nueve horas. Un auténtico trabajo de recordar. No utilizó imágenes de archivo “porque todas las imágenes son las mismas y porque no hay una sola foto o imagen que muestre lo que fue la muerte en las cámaras de gas”. Se basó en el relato oral de los sobrevivientes de los campos y verdugos nazis. Con frecuencia, los relatos comienzan con el llanto de algún hombre fuerte, quebrándose. “No, no voy atrás en mi memoria, no voy…”, dice Jan Karski, miembro de la Resistencia polaca en la Segunda Guerra Mundial. Sus ojos azules miran el vacio, se para y sale de cuadro. Más tarde retorna al sillón en el que Lanzmann lo espera y le hace la entrevista, retiene las lágrimas, se rompe la voz y nos regala su testimonio, su propio afiche pegado en el interior de su pecho sobre lo que vio cuando lo llevaron a ver el Gueto de Varsovia para informar a los aliados, a los intelectuales, al mundo lo que él sabía que pasaba, pero no había visto nunca, la inhumanidad: “No era el mundo, no había humanidad, todos en las calles, niños corriendo por su cuenta…”, “había alemanes, en uniformes, caminaban en silencio, todos alrededor se callaban, escapaban, desaparecían. Miraban con desprecio a esos no humanos”. Todos los que participan en la película describen lo que vivieron, recrean, reviven la muerte, la tensión, son empujados a recordar. Las decisiones cinematográficas de Lanzmann fueron muchas veces cuestionadas y criticadas. No existe una sola toma de archivo sobre el personaje principal de Shoah, la muerte. No existe una sola explicación de por qué se mató así, no hay intención de explicar lo inexplicable, si no de salvar lo poco de vida que quedó. De recordar lo que nos hace humanos y lo que no. No existe testimonio alguno que deje de apuntar en lo imposible de describir. “No se puede explicar lo que vi”, dice otro entrevistado.

De ese trabajo de filmación, horas y horas de material grabado quedó mucho afuera. Lanzmann realizó otras películas con ese material: El último de los injustos (2013), Las cuatro hermanas (2018). Recordar es un trabajo, hay que reconstruir el pasado y eso supone tiempo, vida. Lanzmann murió a sus 92 años y utilizó su tiempo para viajar, para amar, para escribir cartas, para luchar. Lanzmann se tomó el tiempo para realizar un auténtico trabajo con la memoria, para no desaparecer a manos de un verdugo, fusilado, asesinado o reducido a lo animal.

“Recordar supone un auténtico trabajo”, resuena Lanzmann aquí al final. Ese viaje en auto a España con Simone, esa amistad de charlas interminables, ese muro en la casita en la que vivieron donde quedó el poster rojo y amarillo de Litri subsisten en mi memoria. Con esa vida monumental, con esa enormidad en la creación, con esa abundancia en lo escrito, en lo filmado, en lo cantado, en lo dicho y viajado, sueño todas las noches.

Productora y gestora cultural - albita35mm@gmail.com



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