Cochabamba, jueves 13 de diciembre de 2018

Lanzmann, el último de los (cineastas) justos

A propósito de uno de los últimos documentales del cineasta francés, autor de la monumental Shoah, quien murió el 5 de julio, a los 92 años.
| Santiago Espinoza A. | 15 jul 2018



Cuando se piensa en Claude Lanzmann (Francia, 1925-2018), se suele reducir su vida y obra a Shoah (1985), su monumental documental sobre el Holocausto, que marcó un antes y un después en la historia del cine (sobre todo, del documental) y en la propia historiografía de la Segunda Guerra Mundial. Y a nadie, ni siquiera al propio realizador francés fallecido hace pocos días, debió de molestarle que se lo identificara eternamente por ese filme de 566 minutos, que atizó como pocos el debate sobre el régimen de representación del horror en el cine y, por extensión, las artes. Hasta hoy es motivo de tesis y discusiones sin fin la renuencia principista del cineasta al uso de imágenes de archivo sobre la guerra y los campos de concentración nazis, así como su fe absoluta en el registro actual de víctimas y victimarios del conflicto, a través de relatos en primera persona para escarbar en sus memorias.

Sin embargo, la vida y obra del también periodista galo no empezó ni acabó con Shoah, a más de haber alcanzado en ese documental el culmen de su proyecto de vida. A ella precedió Why Israel (1974) y le siguió Tsahal (1994), con las que la película de 1985 conforma una suerte de trilogía sobre el pueblo judío, su desangramiento y su éxodo en el siglo XX. Otros siete trabajos más realizó entre 1997 y 2017, para cine o televisión, en los que se mantuvo firme en su particular guerra contra la desmemoria en torno al Holocausto, con la sola excepción de Napalm (2017), acaso su único filme que no versa cabalmente sobre la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas, pues es una suerte de diario de un viaje por Corea del Norte. Eso sí, antes de morir volvió a la Europa a los 40 y, en particular, a su archivo de historias y personas que no tuvieron mayor cabida en Shoah para montar Four sisters (2018), una serie documental para televisión que recupera los relatos de cuatro mujeres que corrieron diferentes suertes tras la expansión alemana en Europa.

De los trabajos posteriores a Shoah le tengo particular estima a El último de los injustos (Francia, 2013), un documental de más de tres horas que, como otros de Lanzmann, recupera material “descartado”, por una u otra razón, de su obra más célebre. En su momento, escribí sobre él -a propósito de su inclusión en el ranking de este suplemento dedicado a las mejores películas de 2014- lo que sigue.

Para quienes creen que ya no hay nada nuevo que descubrir ni contar sobre los horrores de la Segunda Guerra Mundial, una película como El último de los injustos, de Claude Lanzmann, puede ser la peor noticia. En sus 220 minutos, el cineasta francés -director del monumental filme sobre el exterminio judío Shoah- ofrece el esclarecedor testimonio de Benjamin Murmenlstein, el último presidente del Consejo Judío del campo de concentración de Theresienstadt (también conocido como Terezín, en la actual República Checa). Las entrevistas de Lanzmann a Murmenlstein ofrecen relatos y datos escalofriantes sobre cómo se planificó y ejecutó primero el aislamiento y luego la ejecución de los judíos a manos de los nazis. Pero no se quedan en ello, sino que escarban en el papel ambiguo de algunos líderes judíos a los que, a veces con razón, se acusó por su colaboracionismo con los alemanes. No es el caso de Murmenlstein, quien supo ingeniárselas para salvar a muchos judíos de Terezín.

Volviendo al presente, poco más me resta decir sobre El último de los injustos, salvo que, como casi todos los documentales de Lanzmann, no es fácil de ver ni de terminar. Su visionado no es un ejercicio que depare goce estético, tampoco un documento que resulte éticamente gratificante. Es, cómo no, un artefacto cinemático e histórico que incomoda y sacude al espectador, al punto de provocarle asco y culpa, sin tener necesariamente una participación y/o responsabilidad directas en los vejámenes que narra. Sin embargo, en su compromiso con la denuncia imperecedera del Holocausto, en su reconstrucción del clima de devastación material y espiritual entonces reinante, esta cinta se permite también perfilar el retrato de un hombre que, aun enfrentado a dilemas morales impensables y decisiones indeseables de las que dependen vidas ajenas, supo obrar con justicia. Es, pues, el retrato sin concesiones de un hombre justo. El retrato que solo pudo haber realizado uno de sus iguales, Claude Lanzmann, el último de los (cineastas) justos.

Periodista – santi.espinoza@gmail.com



TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:

MÁS NOTICIAS DE « RAMONA »:

Opinión en Twitter
Opinión en Facebook
Portada Impresa