Cochabamba, lunes 22 de octubre de 2018

De camino a Luz en la copa

Reseña del largometraje Luz en la copa (2017), del cineasta chuquisaqueño Alejandro Pereyra, estrenado en La Paz. 
| Rafael Velásquez Valeriano | 15 jul 2018



En los primeros minutos de la película asistimos a un paseo en coche, como esperando a lo que lleve el camino, en animo de encuentro. Recorremos el camino con “normalidad”. Luego éste es interrumpido por un frondoso árbol en medio de la vía. Nos vemos obligados a dejar la comodidad que otorga la ruta establecida. Nuestra mirada se inclina a escrutar el árbol. Vemos su copa y la luz que hay más allá de ella es otra cosa.

El trabajo fílmico de Alejandro Pereyra es la metáfora de las secuencias descritas anteriormente. Lejos de ser una letanía de lamentaciones y reproches por cumplir estándares de producción tradicionales (como en estilo Hollywood, al que él abiertamente ha declarado rechazar), el trabajo fílmico de tres largometrajes en alrededor de 10 años es la búsqueda de ese lenguaje fílmico al que alguna vez se refería Tarkovsky. Buscar un lenguaje propio que sea referente del hecho fílmico. Que otorgue al cine su estatus de arte. Arte independiente de las otras artes a las que se suele subsidiar el cine como la literatura o el teatro.

En Luz en la copa (2016) la fábula de las tres historias paulatinamente pierde importancia, aunque no se desvanece en su totalidad, para dejar espacio a “la experiencia de la percepción sensorial”. Efecto y necesidad expresiva que recurre a lo sensorial para ser adecuadamente percibido por el espectador. Gene Younblood estudia con amplitud esta estética en su Cine Expandido y remarca que lo fundamental de este cine no es tanto lo que se ve, si no “el proceso y el efecto de ver”. Así, para Luz en la copa las líneas narrativas se difuminan y al mismo tiempo se entrelazan no por las referencias narrativas, si no por la potencia expresiva de muchas de las secuencias a las que asistimos. De los planos que se funden mutuamente, las superposiciones y otros efectos que recuerdan los experimentos hechos por los artistas a los que estudia Younblood. Obviamente habría que recordar la diferencia fundamental entre las técnicas hechas con celuloide y el trabajo de Alejandro Pereyra en digital, pero es muy difícil no pensar en la misma actitud hacia el trabajo artesanal con la imagen. Percibimos, pues, diferentes estados de ánimo que van de la alegría al erotismo latente, también la nostalgia, la soledad y la búsqueda. Son sentimientos evocados por el proceso y efecto de la contemplación en el filme y no tanto por el desarrollo tradicional, literario, de la fábula. Experimentamos la percepción emotiva por el hecho de ver y oír.

La maduración en la filmografía de Alejandro Pereyra recurre constantemente a citas que llaman a sus anteriores filmes. Verse (2009) y Mirar (2011) prefiguran momentos importantes para Luz en la copa. Son tres momentos de un mismo acto, de una misma actitud provocada en el espectador que es llamado a participar del hecho fílmico.

Tomemos por ejemplo el efecto causado por el personaje de la madre en Verse. Aquí no importa tanto la recurrencia de las penurias de una madre por la ausencia del hijo, sino el acto, la actitud, de conmiseración por la expectativa que nunca llega a concretarse. De la espera eterna, de la nostalgia que no acaba.

En Mirar, se inician varias técnicas depuradas para Luz en la copa. En Mirar exploramos el descubrimiento por la mirada. Transustanciación que en Luz en la copa se convierte en una primicia de trabajo. Mirar, filmar y sorprenderse de lo filmado para hilvanarlo en el montaje final. Paso del concepto a una actitud estética. En este acto de mirar se hacen constantes detenciones, fijaciones a detalles hermosos o hermoseados por la potencia expresiva de ver en la pantalla lo que está a la vista (como el cine ojo de Dziga Vertov) como si se tratara de una nostalgia encarnada en el objeto mirado. O más que una evocación, la sorpresa de lo descubierto. Hallazgo. ¿De cuál de las dos películas estamos hablando?

Poco importa si Alejandro Pereyra no fue el primero en recurrir a estilos poco habituales de producción y realización, con gestos arriesgados como la constante presencia del director en el filme, acto que cita dos momentos importantes de la historia de nuestro cine. O si no es posible etiquetar su filmografía en estándares a los que en las circunstancias actuales del cine nacional sólo se acercaría como un remedo alienado. El hecho significativo es la evidente maduración de su filmografía y su empeño por encontrar “narrativas” diferentes en el cine boliviano.

Docente



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