Cochabamba, viernes 20 de julio de 2018

Cultura de la destrucción

| Bartolomé Leal | 08 jul 2018

Tras una nueva protesta organizada por la dirigencia estudiantil, cansada del rechazo al lucro en la educación, tema que no ha podido (o querido) ser resuelto por sucesivos gobiernos post Pinochet, bandas de encapuchados impunes desde hace décadas, en los primeros días del retorno a clases, pusieron la guinda de la torta en materia de violencia. Sacaron una efigie en madera de Cristo crucificado de una iglesia y la destrozaron en la calle a golpes de ladrillo, garrotazos y patadas. La televisión lo filmó todo, con gran contento de los perpetradores (su minuto de fama), los productores (el rating) y los televidentes (el morbo). La iglesia se llama Gratitud Nacional y sufrió además rayados y roturas de vitrales. Mi nonagenaria madre, viuda, no pudo controlar las lágrimas al ver por la tele los destrozos: es el templo católico donde se casó con mi padre hace 70 años.

Pero no es lo único que afectó a mis modestos ancestros. Buscando información acerca de un viejo pueblito a 500 kilómetros al sur de Santiago, donde nació mi padre, llamado Rinconada de la Laja, situado en la mera confluencia de dos grandes ríos, Laja y Bío-Bío, me entero de que al menos dos hitos patrimoniales del pueblo fueron saqueados por turbas anónimas. Uno, la estación ferroviaria, incluidas dos locomotoras a vapor abandonadas durante las hazañas privatizadoras de nuestros implacables neoliberales (especie inmune a la antinomia dictadura-democracia). Dos, un antiguo observatorio astronómico con su colección de telescopios ópticos obsoletos y fotos del cielo en soporte celuloide. En ambos casos, los lugares estaban supuestamente al cuidado del municipio. La gente del pueblo afirma que los autores fueron unos hip-hoperos, lo cual no me atrevo a tomar al pie de la letra.

Por si fuera poco, mi barrio también está siendo destruido. Son casas de la década de los 40 y 50 producto de leyes que favorecieron la construcción de chalets para la clase media, en zonas que alguna vez fueron suburbios de poco valor. En su lugar: edificios. He ido perdiendo la vista a la cordillera nevada, a los patios arbolados y los techos del vecindario. Se acabaron los perfumes de jazmines y flores de azahar, el revoloteo de los picaflores, los amaneceres purpúreos, las brisas vespertinas. Sólo impera la sombra del cemento y el humo de los escapes. No más lagartijas ni mariposas en mi jardín. ¡Ni siquiera han sobrevivido las hormigas!

Las turbas juveniles que destruyeron aquel Cristo de cierto valor artístico, y por lo tanto perpetraron un atentado al patrimonio cultural más que un repudio a la iglesia católica, normalmente las emprenden con los semáforos, los letreros de las calles, las banquetas de los parques, los árboles, las verjas y las murallas. Estas últimas reciben las más repugnantes pintadas. De modo que la destrucción del Cristo colonial de la Gratitud Nacional, es la manifestación de una furia destructiva que no se entiende sino como una expresión de frustración integral frente a la vida.

Tampoco es un tema sectorial. Las hordas anónimas emergen cual callampas infectando las manifestaciones del pelaje más amplio: políticas, contra la estrategia económica, de estudiantes, trabajadores, feministas, jubilados, gays, pro y anti aborto, pro y anti migración, lo que sea. La delincuencia y la especulación imobiliaria están edificando coordinadamente la paradoja de nuestro tiempo, al menos en este país periférico y chabacano: la cultura de la destrucción, el trueque de belleza por fealdad.

Escritor chileno - bartolome_leal@yahoo.com



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