Cochabamba, sábado 22 de septiembre de 2018

 Coloquio con Jesús Lara y la vindicación de la entrevista

Más que realizar una entrevista, el periodista Alfredo Medrano dialogó en 1979 con el escritor Jesús Lara, uno de los máximos exponentes de la literatura indigenista del siglo pasado. Con una introducción de Walter Gonzales, recuperamos esa notable pieza periodística.
| Walter Gonzales Valdivia (introducción) Alfredo Medrano Rodríguez (entrevista) | 08 jul 2018



En 1979, el periodista Alfredo Medrano Rodríguez sostuvo una sabrosa conversación con el laureado escritor Jesús Lara Lara, uno de los máximos exponentes de la literatura indigenista boliviana del pasado siglo.

En dicha ocasión, Medrano volvió a probar sus grandes virtudes para la entrevista, uno de los géneros que lo apasionó de por vida. En sus conversaciones solía reivindicar dicho género periodístico, pues lo consideraba como el más apasionante, pero poco cultivado y aprovechado en Bolivia.

“Las páginas de los periódicos bolivianos incluyen pocas entrevistas, y son mucho más raras las buenas entrevistas”, dijo en cierta ocasión, a tiempo de valorar y teorizar sobre dicho género, además de revelar algunas técnicas y secretos personales. Medrano ya había demostrado su destreza y agilidad en una entrevista realizada en la década del 60 al ensayista Sergio Almaraz Paz.

Con ese y otros antecedentes, Medrano entabló una conversación “sesuda” con el experimentado y viejo escritor Jesús Lara, quien respondió con precisión y claridad a sus interrogantes.

Con obras como Surumi y Yanakuna, traducidas a más de diez idiomas y famosas en los países socialistas de Europa y la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), el escritor cochabambino, originario de Muela, jamás ocultó su militancia comunista y su opción por la defensa del indio hasta el último hálito de su vida.

Durante su trayectoria literaria, se codeó con los más exitosos poetas y novelistas de América Latina, como Pablo Neruda, Jorge Amado, Ciro Alegría, Mario Benedetti, Augusto Roa Bastos, Jorge Icaza, José María Arguedas, Miguel Ángel Asturias, César Vallejo y escritores del campo socialista. En varias ocasiones expresó su difidencia y desazón por el denominado “boom literario” y sus más connotados representantes, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortazar y otros, a quienes calificó como una “moda y copia”, pero sin restarles ni desconocerles “sus intrínsecos méritos estéticos”.

Para Lara no existían escritores auténticos ni inauténticos, ya que un buen escritor sólo debería producir calidad, y una novela debería reflejar las realidades de su medio y de su época, al mejor estilo de Balzac, Stendhal o Flaubert.

Asimismo, exclamó a los cuatro vientos la importancia y vitalidad del quechua, “idioma exuberante por excelencia, con las mismas posibilidades literarias y culturales que el catalán en España, el provenzal en Francia, el georgiano o el armenio”.

El venerable escritor valluno nació el 1 de enero de 1898 y murió el 6 de septiembre de 1980, porfiando su prédica precursora que lo “único que deseaba era ayudar al indio, despertar la conciencia del indio y predisponer a la gente, a la pequeña burguesía, a los obreros, en defensa y en apoyo del indio”.

La presente entrevista forma parte del libro Tapuy Jayñiy, que versa sobre la obra y pensamiento de Jesús Lara. Fue dirigido y comentado en 1980 por el crítico Luis H. Antezana, quien considera que la entrevista parece vacilar entre la crítica literaria y el periodismo cultural.

Alfredo Medrano. ¿De qué manera concreta la literatura puede ayudar a la liberación de las masas indígenas?

Jesús Lara. Tratando de despertar en ellas la conciencia de clase. A este efecto hay que hablarles de su pasado precolonial, de cuando la tierra era suya, de cuando no vivían vejados, explotados y engañados como en los tiempos coloniales y en los actuales. Hacerles comprender que necesitan reivindicar la dignidad humana que en aquel esplendoroso pasado no les era negada.

AM. Un escritor argentino dijo que los escritores indigenistas, para ser más auténticos y consecuentes con sus postulados, debieron escribir en quipus en vez de publicar libros en español.

JL. Cuándo leyó esa humorada, ¿no se rió usted?

AM. ¿La reforma agraria ha contribuido efectivamente a la redención social del campesino boliviano? La nueva situación de los campesinos, a partir de 1952, ¿les resta totalmente vigencia a sus novelas Surumi o Yanakuna, que denuncia la estructura feudal?

JL. Solo parcialmente. Ya no trabaja para el hacendado; pero la tierra sigue siendo ajena. El famoso “título ejecutorial” que le entrega el Gobierno sólo comprende la ínfima extensión del pegujal, la misma que el antiguo patrón le asignaba mientras aprovechaba su trabajo. El pegujal nunca dio para que viviera una familia campesina. Últimamente, el Gobierno ha empezado a devolver sus haciendas a los terratenientes.

AM. ¿Qué posibilidades literarias y culturales le asigna al quechua como idioma de mayorías, tomando en cuenta que éstas están, pese a su marginalidad, cada vez más influidas por los valores occidentales, y considerando que para el indígena quechua o aimara hablar español es signo de ascenso social?

JL. El quechua, idioma exuberante por excelencia, tendría las mismas posibilidades literarias y culturales que el catalán en España, el provenzal en Francia, el georgiano, el armenio, etc., en la URSS, si las condiciones en que se debate no fueran tan adversas como las actuales. Es un error pensar que con el aprendizaje del castellano el indígena ha de pegar un salto en la escala social. Hay centenares, tal vez millares de indios en nuestras minas, todos castellanizados; pero ellos siguen, como siempre, subestimados y marginados socialmente. El castellano tiene poco que ver con la situación real del indígena. Con castellano o sin él, nuestro indígena seguirá en su postración actual si no se emancipa económicamente.

AM. A estas alturas de la historia, cuando la influencia colonialista es cada vez más patente y la mejor prueba es la alienación cultural, ¿puede ser posible la liberación indígena (y de otros sectores sociales) dentro del molde de sus propios valores históricos y culturales, o es dable una fórmula conciliatoria entre éstos y los valores del Occidente?

JL. Sería absurdo hacer retroceder medio milenio al indígena. Sobre la base de sus “valores históricos y culturales”, con su idioma, su más pura personalidad y sus tradiciones más positivas, él puede ingresar en la corriente de la civilización del siglo.

Maniqueísmo literario

AM. Criticando el reparto maniqueísta de papeles (patrones crueles y pongos humildes) en que suelen caer las novelas indigenistas, Sergio Almaraz Paz dijo una vez que “ya estamos hartos de los pongos nobles y las imillas violadas de Jesús Lara”.

JL. La palabreja “maniqueísmo” fue arbitrada por cierto chupacirios para mi novela Yanakuna. Ningún crítico latinoamericano ni europeo ha endilgado ese marbete a las obras de Ciro Alegría ni a las de Jorge Icaza ni a las de José María Arguedas ni a las de Demetrio Aguilera Malta ni a El tungsteno de César Vallejo. Ni siquiera Diez de Medina lo concibió cuando despachurraba mis novelas. Sergio Almaraz fue ardiente admirador de mis “pongos nobles” y de mis “imillas violadas” cuando él era dirigente del Partido Comunista. Tanto, que le envió un ejemplar de Yanakuna a Pablo Neruda, quien a su vez lo entregó a Jan Drla, escritor praguense, para su traducción al checo; pero el susodicho dirigente, cuando fue expulsado del PC y apareció militando en el MNR, al mismo tiempo que cambió de ideología mostrose “harto” de lo que antes había admirado. Fue una mudanza muy explicable.

AM. La literatura revolucionaria, dentro ese maniqueísmo, tiende a pintar campesinos y obreros con cualidades especiales (valientes, leales, honrados, etc.). ¿Quiere decir esto que la pobreza es una escuela de virtudes y no una fuente de corrupción y envilecimiento, como generalmente nos demuestra la realidad?

JL. Un intelectual recto no puede hablar de “maniqueísmo” al ocuparse de las novelas de contenido social, a menos que se halle ideológicamente predispuesto. De lo demás, ningún novelista revolucionario tiende a pintar campesinos y obreros… “valientes, leales, honrados”. Lo que hace es mostrar las realidades. Presenta al campesino y al obrero en el plano subhumano –hambre, miseria, depravación- en que obligan a vivir los explotadores.

Mi protagonista Wayra no es honrada ni leal para el criterio burgués, porque miente y roba acosada por el hambre y, arrastrada por la sevicia y la injusticia de los hombres, se empeña en la lucha para ganarse finalmente la sentencia de muerte.

La literatura revolucionaria no se entretiene buscando definiciones. No hay tal escuela ni tal fuente. Entre los pobres, como ocurre también entre los ricos, hay de todo. Pero es preciso comprender que los pobres se corrompen bajo la presión de la necesidad y en esa situación los colocan, mediante salarios de hambre, desocupación, etc., los poderosos. Entonces, el novelista, en lugar de fantasear y buscar muñecos románticos, tiene que buscar y seleccionar sus personajes en la vida real, de acuerdo con las finalidades que persigue. No ha de convertir en altruista, “valiente, leal y honrado” al indio José Rojas Guevara ni en apóstol de la inocencia al legendario gamonal Aurelio Medrano.

El Boom Latinoamericano

AM. Alguna vez usted se refirió al Boom Latinoamericano como a una simple “moda” sin mayores proyecciones. Este su criterio, ¿desconoce los méritos estéticos e ideológicos de los autores que forman dicho movimiento, muchos de los cuales han sido aplaudidos por la crítica internacional más exigente? Es decir, ¿niega la posibilidad de que, desde después de las corrientes tradicionales como el “realismo” y el “naturalismo”, pueda la literatura latinoamericana renovarse (como todo tiende a renovarse en este mundo) con nuevas técnicas y conceptos que expresen mejor todavía la realidad de nuestros pueblos?

JL. El Boom literario dejó de existir hace tiempo. Lo reconoció el propio Julio Cortázar, uno de los corifeos de esa tendencia, ya en 1973, y luego lo confirmó Vargas Llosa. Yo nunca les negué capacidad ni desconocí sus intrínsecos “méritos estéticos”. Pero dije que no tenían originalidad. Ante todo, dije que carecían de ideología. Dije que ellos querían pasar de comunistas porque en alguna obra habían esbozado una huelga obrera o desde París habían bombardeado a algún dictador latinoamericano. Que decían que eran “comunistas sin asiento”, como si el comunismo fuera una platea o un balcón desde donde se pudiera presenciar un espectáculo. No es cierto que “la crítica internacional más exigente” les hubiera “aplaudido”. Más que los críticos, se aplaudían entre ellos mismos. Vargas Llosa les batía palmas a García Márquez y a Cortázar; García Márquez los mareaba con ditirambos a Vargas Llosa y a Cortázar y éste hacía lo mismo con los otros. Vargas Llosa llegó a ocuparse de García Márquez en un volumen monumental. En los escritores del Boom no hay ninguna técnica nueva. García Márquez retrocede muchos siglos para espigar en los predios de Las mil y una noches y nutrirse de Amadís de Gaula. Vargas Llosa es epígono del norteamericano William Faulkner. En La ciudad y los perros y en La casa verde palpita la técnica de Las palmeras salvajes. En Conversación en La Catedral aparece el espinazo de ¡Absalón, Absalón! y también el gesto de James Joyce. A éste le toma lo menos digno de imitarse que tiene. Ejemplo: “Un tipo podría fácilmente darse un jodido porrazo…” (Pág. 248 de Ulises). “El jodido botón de la camisa…” (Pág. 267). Vargas Llosa: “¿En qué momento se había jodido el Perú?” (Pág. 13 de Conversación en La Catedral). Cortázar es un prestidigitador y forja rompecabezas en Rayuela, con reminiscencias de James Joyce.

¿Escritores auténticos?

AM. ¿Qué entiende por un escritor auténtico? ¿Es inevitable traducir un punto de vista ideológico en tal definición, o puede tal autenticidad ser entendida del mismo modo por todos?

JL. ¿Qué entiendo por un escritor auténtico? ¡Voto al chápiro! Para mí no hay “auténticos” ni “inauténticos”. Creo que el escritor sólo debe producir calidad. Una novela debe reflejar las realidades de su medio y de su época. Esto es precisamente lo que la crítica más exigente pondera en Balzac, Stendhal y Flaubert.

AM. Según ese criterio, ¿cuáles son los más notables escritores bolivianos “auténticos”?

JL. Según mi criterio, no hay escritores “auténticos” en Bolivia ni en ninguna parte. Sólo hay escritores buenos y malos, los que se dejan leer y los que ahuyentan al lector. Claro que entre los buenos unos son mejores que otros. Entre nuestros mejores escritores tenemos a Nataniel Aguirre, Alcides Arguedas, Armando Chirveches y Carlos Medinaceli en el pasado. En los tiempos que corren, Costa du Rels y Augusto Guzmán, y entre los jóvenes, Arturo Von Vacano, César Verduguez y Gaby Vallejo.

AM. ¿Cómo resumiría el problema de los escritores que buscan ser “auténticos” en un país atrasado y dependiente como Bolivia? ¿Tienen otras opciones fuera de: a) el destierro (obligado o voluntario); b) vivir pobre y claudicar (renunciar a escribir o vender o alquilar su pluma al mejor postor)?

JL. En vez de “auténticos” diré más aptos. Los que no tienen temperamento de luchadores salvan su situación haciendo arte puro o existencialista, literatura para nada como dice Benjamín Carrión. Ejemplos: Fellman Velarde en Prohibido ser feliz y Humberto Palza en Soroche. Estos acaban por amodorrarse en alguna sinecura. Los luchadores consecuentes tienen las celdas de la prisión o el camino del destierro. Y si no, les aguarda la mesa gallega de la pobreza. Pero también hay quienes acaban por alquilarse e inclusive quienes lo hacen por temperamento. Hay de éstos, en nuestro país, entre los más visibles.

AM. ¿Ha leído las memorias de Luis Alberto Sánchez, en cuyas páginas están aludidos varios políticos y literatos bolivianos entre los cuales figura usted?

JL. No he leído esa obra, que aún no llegado a nuestras librerías. Sólo he visto una especiota propalada por cierto escritor chuquisaqueño conocido por su proclividad canina. En ella se hace mi caricatura. Pero Luis Alberto Sánchez es un escritor de fuste, honesto y sensato, incapaz de destruir su propia obra alojando en ellas una chufla de mal gusto. Luis Alberto Sánchez se ha ocupado de mi producción en más de una obra, y nunca en términos semejantes a los que con tanto desparpajo le atribuye el canidio. No es ésta la primera vez. Hace muchos años, en un reportaje que le hizo un periodista ecuatoriano, el canidio dijo de mí que era “un escritor con puchichis”, seguro de haberme señalado con un estigma imborrable. Bienaventurado.

Periodistas



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