Cochabamba, martes 20 de noviembre de 2018

El regreso de un abismo

El lugar del cuerpo, primera novela del cochabambino Rodrigo Hasbún, cumple este año una década de haberse publicado. Aprovechando esta celebración, fue reeditada por la editorial boliviana El Cuervo. El libro ya se encuentra disponible en librerías locales.
| María José Navia Pontificia Universidad Católica de Chile | 08 jul 2018



Uno termina de leer El lugar del cuerpo del escritor boliviano Rodrigo Hasbún y es imprescindible salir a la superficie a buscar aire, y a bocanadas urgentes, luego de una o más horas sumergida en las profundidades de un personaje, Elena, al que le ha pasado mucho y que intenta hacer sentido de sus recuerdos (a veces con la precisión y claridad de la escritura, a veces con las telarañas y trampas que pueden construir las mismas palabras).

“La vida para escribir la vida, aunque no se entienda”, dice ella en un momento.

Y es que la historia se desarrolla, no de forma horizontal, con anécdotas que se suceden unas a otras, que avanzan y se desplazan, sino que de forma vertical: un descender hacia el fondo de los traumas que no queremos ver, en un pozo oscuro, mientras pies y brazos son rozados por presencias y objetos que no alcanzamos a distinguir con claridad (“No había porqué saber los motivos de todo, lo contrario era aún más saludable. Ir con los ojos cubiertos con un pedazo de tela negra. Tropezarse a cada rato, caerse y sangrar. Y ponerse de pie y seguir. Y recordarlo todo por si acaso.”)

Hay bastante de angustia en esta novela. Si bien el tono es reposado, esconde abismos. Rodrigo Hasbún trabaja el lenguaje de tal forma que, en cualquier momento, te explota en la cara; o se abre bajo tus pies haciéndote perder el equilibrio. Así, la vida de Elena se explora a través de distintas instancias: el relato cronológico de su vida (desde la niñez a la vejez); la inclusión de reflexiones en cursivas sobre la novela que está escribiendo o quiere escribir (y quién sabe si no es la misma que tenemos en nuestras manos), una novela sobre una mujer joven que vuelve a empezar; así como también tenemos acceso a entradas de su diario de vida, que quedan doliendo en el cuerpo.

Un ejemplo (un golpe, una cicatriz):

“3 de octubre. Los momentos en los que amamos menos a las personas a las que amamos. Los momentos en los que se nos ocurre que fácilmente podríamos darles la espalda, traicionarlos, olvidarnos de ellos. Los momentos más crueles o dañinos.”

Elena fue abusada por su hermano, durante la infancia. Es algo que sabemos desde el comienzo (son las primeras líneas de esta novela “Se metió en su cama y le hizo cosas que ella no quería.”); aquí no se trata de develar un crimen oculto sino que de ir absorbiendo de a poco sus efectos colaterales, sus repercusiones en el cuerpo, la memoria y, también, la imaginación de la protagonista. El abuso ensucia, ennegreciéndolo todo a su paso, aunque a veces pueda detenerse ese avance con el recurso de la escritura a la que es preciso afirmarse. Como dice Elena en un momento de sus reflexiones literarias:

“Pero es escribir o colgarse. Es escribir o cruzar la calle justo cuando pasa el autobús. Es escribir o que el filo de una navaja se abra paso”.

Elena no busca compasión ( “Una mujer de mi edad ya no dice tristeza. Una mujer que ya ha sufrido lo suficiente no dice tristeza.”) –en un momento llega a afirmar que no se arrepiente de nada de lo que ha vivido, sufrido, escrito– pero sí expone su fragilidad, su vulnerabilidad, al lector. Comenta la narradora: “Era necesario que los que eran como ella estuvieran solos. Ellos, monstruos o dioses, debían romperse a solas. Nosotros, escribió en su diario, monstruos o dioses, debemos rompernos a solas, llorar sólo cuando no hay nadie más. Sobre todo después de la infancia. Ahí es bueno que haya gente aún”.

En El Lugar del Cuerpo el recorrido no es de víctima a victimaria, ni del dolor profundo a la altura de miras de un perdón que neutralice todo. Elena se construye como una mujer compleja, intensa, de la que es imposible apartar la mirada. Hay en ella una desesperación por vivir, una desesperación por contar (“El corazón en la mano y todavía late. Meterlo en una licuadora o hacerlo arder”). Y el resto de los personajes se encuentran y desencuentran, se entrelazan y se pierden, y el cuerpo se convierte en ese lugar donde los afectos y el dolor inmenso se dan cita para desafiar a la memoria.

Lo escribí hace ya un tiempo y vuelvo a repetirlo al releer esta novela, que hoy celebra sus diez años con una nueva edición a manos de El Cuervo: leer a Rodrigo Hasbún es un ajuste de sentidos; acostumbrar los ojos a la oscuridad de sus profundidades, deleitarse con los chispazos del lenguaje en ellas; entrenar al oído para respetar murmullos y aplaudir estridencias.

Para seguir leyendo, siempre.

Escritora y académica



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