Cochabamba, sábado 22 de septiembre de 2018

Los tipos de vida aristotélicas

Nuestra columnista reflexiona sobre la secuencia que rige la existencia humana y sin la cual no sería posible la expresión del ser, según una lectura de Aristóteles. 
| Ana Cecilia Ballerstaedt | 01 jul 2018

A Alfredo Ballerstaedt

A lo largo de las páginas del De Anima (o Acerca del alma), Aristóteles define el vivir según tres modos, es decir, de acuerdo a tres categorías: la primera representa a la vida vegetativa, la segunda a la sensitiva y la tercera a la racional. La relación que persiste entre ellas se asemeja a lo que podríamos llamar una secuencia, en la cual una no es capaz de desenvolverse si no es gracias a la presencia de la otra. Aristóteles nos explica este fenómeno a partir de figuras geométricas. La construcción de cualquier tipo de figura supone siempre, potencialmente, la presencia del triángulo para desarrollarse o articularse según lo que es. De un modo análogo, toda vida requerirá de la presencia de la vegetativa para llegar a desenvolverse; siendo ella la primera dentro de esta serie de vidas, y, por este motivo, la más fundamental y necesaria para las demás que le siguen.

En efecto, decimos que algo está vivo cuando evidenciamos en él las características de crecimiento, decrecimiento, autonutrición y reproducción, propiedades naturales de toda planta. Sin embargo, también reconocemos que algo vive por otras facultades o capacidades, como lo son por ejemplo el movimiento locativo o la sensación, destrezas inherentes a cualquier animal en un sentido general, y que representan el plano de lo que Aristóteles llama la vida sensitiva.

Notemos entonces, que la vida de un animal no es posible si no tiene funciones vegetativas (propias de toda planta); pues si así fuera el caso, si careciera de ellas, el animal sencillamente moriría (un animal que no crece no puede desarrollarse; de manera semejante, si no es capaz de proveerse la nutrición, tampoco se encontrará en posibilidades de subsistir). Lo mismo sucede en lo concerniente a los hombres, en los cuales el ejercicio de sus capacidades intelectuales es sólo plausible en la base de la vida vegetativa, y, además, en la de la sensitiva. Es decir, el ser humano es una suerte de compuesto dentro del cual o en el cual conviven las vidas vegetativa (propia de las plantas) y sensitiva (correspondiente a los animales). A esta manera de vivir se la llama racional o intelectiva.

De este modo, un hombre no es tal si no consideramos en él sus posibilidades animales y vegetales. La presencia de estas no es un factor preponderante dentro de la definición de lo que es un humano, es decir, no determina este modo de ser, sino que simplemente lo facilita. En otras palabras, un hombre (o una mujer) no puede ser tal si no lleva consigo esta historia genética vegetativa-animal. Pero es la manera en la que la lleva la que define su tipo de estructura (humana). Las funciones vegetativas que hacen a una planta tal no se encuentran en la vida de un animal del mismo modo, sino que se articulan en él de acuerdo a otros parámetros, que le permiten ser un animal y no una planta. Análogamente, en un ser humano las capacidades sensitivas propias del animal, que contienen también las funciones vegetativas, se hallan ordenadas bajo una lógica distinta a la original (la propia del animal), pues el contexto en el que se desenvuelven no es el mismo (en efecto, un hombre no es igual a un animal).

El hombre es, así, un complejo mecanismo dentro del cual operan y conviven múltiples funciones y capacidades, que le permiten ser el viviente que es. Dependiente de ciertos mecanismos vegetativos y sensitivos para desplegar sus destrezas intelectuales, el humano necesita atender a los primeros antes que a las segundas, pues pensar presupone ciertas condiciones básicas de las que no siempre resulta sencillo desentenderse. La mente alada de la cual Platón hace acreedor al filósofo en el Fedro es sólo posible gracias a la presencia del individuo (que vive, siente, respira, piensa, etc.), pues ella le proporciona un contexto, una pista desde la cual le sea posible desplegar las alas, y, consecuentemente, albergar interiormente esa sensación análoga al vuelo o a ser capaz de volar. Por tanto, tener la capacidad de volar no implica desvincularnos de aquello que la propició, así como poseer la facultad del pensamiento no implica que olvidemos que somos capaces de desarrollarla gracias a una articulación armónica sensitiva y vegetativa.

Filósofa - acballerstaedt@gmail.com



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