Cochabamba, viernes 20 de julio de 2018

A propósito de Área Vip

Compartimos el texto que ganó la mención de honor en el concurso de reseña de la materia Taller de Escritura de la carrera de Filosofía y Letras de la Universidad Católica Boliviana. El autor ofrece un acercamiento al último trabajo del poeta orureño Sergio Gareca, publicado por la editorial 3600.
| Ale Clavijo Rodríguez | 01 jul 2018



Heme aquí sentado en el sillón frente a la laptop reposada sobre el viejo escritorio. Silenciosamente me digo que la poesía es el arte de sugerir (por medio de palabras) nada más que imágenes en cuanto tales. Pues todo ello pertenece al don de Apolo: íntimamente conectado con la bella apariencia. Es por esto que la primera relación del hombre con un poema sea con los ojos: no está en juego nada más que la visión mental de algo. Y, claro está, que son otros cuentos que mencionado arte se muestre algunas veces alegorizado. Que en muchos poemas haya llegado a meter su cuchara la bien conocida alegoría: la cual dota de “significado simbólico”, en este caso, a las piezas de Área Vip.

Sin embargo, el hecho de que se produzca aquella mezcla me parece a un tiempo admisible y accesorio; ya que la pura imagen es el objeto primordial de la poesía. Es cosa secundaria (y poco o nada importante) “decir algo” por medio de alegorías literarias inmiscuidas en el arte poético aquí descrito.

Habiendo leído de manera íntegra Área Vip, no puedo resistir a decir que me parece asaz bueno y de un gusto finísimo el escribir poemas breves contenidos asimismo en un también breve poemario. La brevedad en la poesía es una característica propiamente bella. ¡Ya veo al lector absorto en una obra antiaburrida y de ese tenor! Con la lectura de este tipo de libros, el sentimiento de unidad es experimentado satisfactoriamente

Conjuntamente, en la obra de Sergio Gareca (Oruro, 1983) la ficción y la alegoría son empleadas para tocar asuntos realistas de los bolivianos. Las cosas son tratadas de manera burlesca y metamorfoseada. ¿Y qué cosas? Pues aquellas que reflejan (para decirlo de manera concisa) tanto la miseria como una idiosincrasia del boliviano. He ahí el central propósito.

Ahora bien, desacredito a este último sólo en parte: puesto que (tal como ya ha sido mencionado) la imagen sin más es el objeto primario —y quizá único— de la poesía. Aquel propósito manifestado en el libro no deja de evidenciar (¿quién no lo nota?) el muy bien simulado y pedantesco deseo de “arreglar” a los otros. Esto se advierte, por ejemplo, en “Fiesta con cholitas punk”. No obstante, un gran error de los hombres ha consistido siempre en desear modificar, sea por la forma que sea, aquello que no les gustaba de algo, para después poder adaptar ese algo modificado a sus propios gustos. Mezquina acción. En casos semejantes, no hay mejor cosa que optar por una sana e infantil indiferencia. Por otro lado, yo no deseo en lo más mínimo “modificar algo”.

Esta obra pertenece, sin duda, a la esfera de la poesía comprometida. Pero “compromiso”, a decir verdad, es una palabra demasiado paquidérmica, pesada, o, en todo caso, contrapoética.

Porque siento yo que aquella forma de creación no es comparable (ni mucho menos) a la del auténtico arte: el que promueve la creación por y para sí misma, sin miras al deseo de invitar al lector al “desciframiento abstracto” de lo expresado en las piezas poemáticas. Y a pesar de ello, tal invitación se experimenta con varios poemas del volumen. Es esto lo que desapruebo: involucrar a la alegoría en la poesía.

Pues bien, declarado sea con total permisión, no es más que un sentimiento de miedo el que impulsa a abordar —mediante poemas, en este caso particular— conceptos abstractos acerca de temas determinados: los individuos que así proceden se creen incapaces de hablar de ciertas cosas sin rodeos, directamente; de ahí que se recurra a la poesía alegorizada para tocar abstracciones. Esto no lo tomo a mal, en absoluto. En mí no hay rastros de pedante reformador.

No obstante, si lo que mayormente se quiere es “decir y explicar algo”, es preferible expresarse honestamente por medio del ensayo. Pero cuando se abordan asuntos abstractos y comprometidos por medio de poemas —cosa que no aplaudiría ni en mi más grave desvarío— simultáneamente se está tomando al arte poético como un mero “instrumento”, se le despoja de su genuino valor, en virtud del cual las imágenes reinan sin más y deben siempre reinar, en cualquier poema.

Sentado lo anterior, ahora me permito hacer referencia a los más destacables y razonablemente deleznables conceptos abstractos encerrados en la obra en cuestión: la “fracasada historia boliviana” es un fundamento en “Hombre con papaya viaja en lata de sardinas” (y el incitar a que tal concepto sea recordado hace que los bolivianos, y en especial los nativos, experimenten cierto sentimiento irritante al respecto). En “El chojcho boy” se dice que “la existencia es dura” (pero tal “evaluación” en torno al existir humano no es asunto del debidamente hablado arte poético); la falta de “autenticidad boliviana” es reprochada en “Conciencia de Gremio” (nada tan pedantesco como esto); y en “Panteón Layku Layku” está introducido un dato histórico: el de “los héroes del Pacífico”.

Todo esto es ruinmente ajeno a la poesía que aquí ha sido expuesta y tomada como auténtica. Ya que, hablando en honor a la verdad, nada hay tan incompatible con el arte poético como los renglones que refieran asuntos históricos: puesto que la falsedad es a la historia lo que al hombre el traje confeccionado óptimamente a su medida.

La ciencia histórica es cosa de colectivos (y ya el concepto «colectivo» es una abstracción de algo absolutamente inexistente); en cambio, toda genuina poesía (creada por individuos) versa sobre cosas verídicas. En todo caso, tales conceptos abstractos inmiscuidos en cualquier poemario pueden ser excelentemente abordados (con mejor derecho) en un ensayo: género literario que se presta para ello.

Desde otra posición, elogio con entusiasmo las muchas imágenes realistas de los poemas. Tal el caso en que se sugiere —en el poema “Novena para la inauguración de una expo llamada Birlocha pop”— la imagen de los mineros que trabajan hasta enfermar; la visión de los niños comparados con muebles en “El príncipe azul”; y las imágenes del violento borrachín en “Hay un salvaje en la habitación”, en especial la del cráneo vacío que podría usarse como tutuma. Los textos que han sugerido estas imágenes, en efecto, no me han incitado a considerar algo de manera abstracta. Tan sólo he logrado representar, por ejemplo, la imagen de un cráneo sin sesos que contenía la mostaza, poco agradable y muy consumida chicha boliviana.

Del mismo modo, con el poema “Los duendes del minibús” he experimentado el pleno placer estético. Su extensión es perfecta. Esta pieza es —afirmado con toda cortesía— la mejor del poemario. Pues, solo con ella ha sido posible la exclusiva intuición de sus imágenes; ninguno de sus renglones me ha conducido por el río que desemboca necesariamente en el mar de la comprensión abstracta.

Con todo, la obra sí merece ser leída. Y con más razón siendo un libro reciente (2016). Paréceme, sin embargo, que es mil veces preferible relacionarse con él de manera puramente intuitiva: tratando de representar nada más que las imágenes en cuanto tales puedan los textos sugerir; prescindiendo inocentemente de todos los conceptos abstractos.

Estudiante de Filosofía y Letras - ale3234jfk@gmail.com





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