Cochabamba, lunes 12 de noviembre de 2018

Un diálogo entre generaciones, tendencias, contextos y latitudes

| Magdalena Camargo Lemieszek | 01 jul 2018

Viru Viru me recibió de noche. Era mi primera vez en Bolivia y Santa Cruz de la Sierra me esperaba con un clima atípico que, viniendo de 32 agotadores grados tropicales, me resultó maravilloso de partida. En ese momento, poco sabía que ese frío iba a servir de contraste entre los días por venir y la honda calidez de los vínculos que surgirían, de todas palabras que iban a compartirse, de las sonrisas cómplices y el brotar de ese asombro tan propio de la poesía, luz en los azares endebles de la humanidad.

El hecho de que Gabriel Chávez Casazola y Gary Daher se esfuercen en que el espacio que promueven conserve su calidad de encuentro, se comprende en su plenitud cuando uno sabe que cuenta con la garantía de poder escuchar a cada una de las poetas participantes y de conocerlas, sumado a la posibilidad de converger en una serie de actividades que estimulan la interacción, el intercambio y el diálogo. Esa palabra, ‘diálogo’, es clave. Porque una de las mayores riquezas del Encuentro Internacional de Poesía Ciudad de los Anillos radica en la oportunidad de establecer un diálogo entre diversas generaciones, tendencias, contextos y latitudes, es decir, diferentes formas de afrontar y abordar la poesía.

Pero estos lazos no se anudan únicamente entre poetas. Fue sumamente notable el nivel de convocatoria que hubo desde el día de la inauguración hasta el acto de clausura: producía una enorme alegría ver al público llenando la sala, atento y expectante durante cada uno de los recitales. Quienes trabajamos en el arduo ámbito de la literatura comprendemos la magnitud de la labor que hace falta para lograr algo semejante. Lo más bello de todo es que se trata de un proceso que, si continúa recibiendo el apoyo necesario, está destinado a crecer y a perdurar como un epicentro de la literatura para Santa Cruz de la Sierra y para Bolivia. Es preciso destacar también que todo el Encuentro se llevó a cabo en el marco de una gestión impecable, junto al afecto, la hospitalidad y la generosidad de los organizadores y anfitriones.

Hay muchas cosas que me quedan luego de este viaje, muchas cosas que agradecer. Por ejemplo, atravesar en pleno junio la Plaza de Santa Cruz de la Sierra, recorrer la Feria del Libro en búsqueda de literatura escrita en Bolivia, descubrir el Pique Macho cochabambino entre risas y con el sabor de una cerveza boliviana, percibir la textura única del chuño, probar por primera vez el infaltable majadito, todo esto mientras se charla sobre cómo la vida nos ha traído hasta la poesía y sobre nuestros distintos modos de vivir día a día la palabra. La indescriptible fortuna de recorrer el Fuerte de Samaipata, leer poesía frente a la Gran Piedra y sentir la fuerza del viento y la altura quedarse un poco dentro de uno.

Volver a Panamá después de días tan intensos siempre me resulta duro. Pero esta vez pude reconfortarme en la certeza de la honestidad en los abrazos y las nuevas hermandades, y, por supuesto, con la guitarra y la voz de Matilde Casazola, que de pronto cantaba justamente lo que produjo en mí la dulce tierra boliviana: “Pero busco en tu infinito las raíces de mi alma”.

Poeta panameña, nacida en Polonia



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