Cochabamba, sábado 22 de septiembre de 2018

Lo que no nos decía Puzo en El Padrino

Sobre la gran novela de 1969 del escritor estadounidense Mario Puzo.
| Jorge Luna Ortuño | 24 jun 2018



El Padrino (1969), la novela escrita por Mario Puzo, nos maravilló y no ha dejado de maravillar a varias generaciones desde su aparición. Después de haberla leído varias veces, después de haberla digerido y dado vueltas por largo tiempo, nos hacemos una pregunta ociosa y tal vez divertida, pues deseamos entender mejor una cuestión: ¿Cuál fue el razonamiento que le permitió a Sollozo atreverse a ejecutar el gran ataque contra la Familia Corleone?

Si hacemos un ejercicio, podría decirse que comienza por calibrar la real fuerza de los Corleone, y después de sopesar una serie de acontecimientos llega a la conclusión de que su fortaleza ha sido sobrevalorada por el resto de las familias. Es decir, no se malentienda, le tiene muchísimo respeto a los Corleone, y no se metería así nomás con ninguno ellos, pero, dado que los necesita para iniciar sus operaciones con el tráfico de droga en América, se exige pensarlos y evaluarlos. Y cree descubrir que los Corleone están sobrevalorados, principalmente gracias a que ellos mismos saben encubrir muy bien sus debilidades, son discretos por educación, no revelan nada que pueda perjudicarlos, ni siquiera se sospecha que puedan tener alguna división interna. Sin embargo, Sollozo necesita encontrar una grieta, y cree tenerla. Por lo pronto lo que sabe es que el Don, Vito Corleone, se está haciendo más viejo, que ha empezado a tener algunos descuidos, que se lo ve comprando fruta en el mercado de vez en cuando, y él se dice a sí mismo: ¿Por qué no enviar a un encargado para que cumpla esos sencillos menesteres? Pero el Don es un hombre de tradiciones, conserva algunas pequeñas manías, detalles que lo ligan a su pasado antes de que se convirtiera en alguien poderoso, y son estos detalles, después de todo, una especie de lazos que le aseguran mantenerse con los pies en la tierra: visitar a los viejos amigos, tocar las frutas, recorrer el antiguo vecindario. Vito es esencialmente un hombre sencillo, nada odiaría más que el deber de tener la mente ocupada todo el tiempo en el único objetivo de hacer más grande su imperio. En realidad, le gusta ir por el barrio de vez en cuando, conversar, aunque sea de manera muy breve, con los viejos amigos que atienden sus negocios, tomar un helado con sus nietos, ese tipo de cosas. El Don desearía no tener que encerrarse en un fuerte militar los siete días de la semana, y más bien ser un ciudadano corriente y ordinario que puede pasar desapercibido en las calles al menos un par de horas. Pero sabe cuál es el precio que ha tenido que pagar con tal de lograr su objetivo central, que era asegurarse una buena vida para él y todos los miembros de su familia, que vivan con salud, dignidad y cierta holgura. El Don suspira por un instante, existe algo del hálito de la resignación en su rostro, al mismo tiempo no se reprocha nada, sale de su ilusión y vuelve a su trajín diario. Salir al mercado es una manera de estar en contacto con la gente y de no olvidar su procedencia, de alimentar su inocente ilusión, aunque sea por pequeños periodos de tiempo.

Sollozo pondera cada uno de estos detalles. El Don no es un sanguinario, no es un asesino por vocación, es un hombre de familia, riguroso, está todavía atado a ciertas creencias religiosas, es conservador y puritano, se está haciendo blando una vez que ha visto nacer a sus nietos, pero lo que lo convierte en peligroso es que se trata de un siciliano. Y un siciliano verdadero es, en cierto sentido, un personaje inalámbrico, aquel que está dispuesto a arriesgarlo todo cuando siente las llamas del fuego quemante y debe tomar una decisión impensable. Esto lo hace impredecible, peligroso. Nunca se sabe, el Don podría tener todavía algunos cartuchos en su repositorio. Por otra parte, es bien conocida la confianza que el Don le tiene a Tom Hagen, el germano-irlandés nombrado Consiglieri de la Familia; visto bien, Hagen es un hombre forjado con esfuerzo, un hombre recto y leal, que conoce de las condiciones duras de la vida, ¿pero es un hombre hecho para la guerra? ¿Podrá aconsejar al Don en trances de guerra? También se intuye que el Don ha de estar algo preocupado por no tener una figura clara de su predecesor. Sonny es demasiado impulsivo, temperamental, sanguinario cuando no necesita serlo, lo cual es signo de debilidad, mientras que Freddo es débil claramente, falto de carácter y de ambición, casi estúpido para algunos, aunque no se discuta su apariencia de hombre de buen corazón.

Todo esto nos lo dice Mario Puzo a medida que avanza la novela, desde el primer capítulo, pero él no puede explicarnos qué es lo que nos está diciendo, no puede decirnos a dónde va. La modesta tarea de nosotros, los lectores, es comenzar a ver este asunto en forma de secuencias. La novela ha sido armada por secuencias y de una manera premeditada. Tal es así que el razonamiento de Sollozo se basa en todos los datos que Puzo nos va administrando al narrarnos quiénes eran Los Corleone. Todo se va hilando al mismo tiempo, somos partícipes en tiempo presente de lo que está a punto de suceder.

Un recurso admirable que se observa en el estilo de Puzo es su capacidad para sorprendernos. Y es porque nos prepara en las secuencias anteriores para esperar justamente lo contrario de lo que llega a suceder en secuencias posteriores. Nos engaña, juega con nosotros. Por ejemplo, la descripción cuidadosa que hace de las características y la mentalidad del Don, de su familia, de su organización, y la manera impecable y poderosa en que resuelve el asunto de John Fontane, su ahijado, genera una mística que distrae; luego convierte a un prepotente como Waltz en otro más de los seres atemorizados que ha torcido el brazo a la voluntad del Don. La acción que ordena el Don ante un idiota como Waltz, para persuadirlo de que coloque a Fontane en el rol principal de la película central del estudio, tiene ribetes que me impulsan a relacionarla con lo ocurrido el 9-11. Volveremos a ello. Por lo pronto no dejaremos de lado la cuestión de las secuencias y la sorpresa.

Decíamos que Puzo inicia la novela construyendo en el imaginario de los lectores la idea de que Don Corleone es el hombre más poderoso que existe, es temible, tanto así que ni siquiera le teme a la influencia de J. Edgar Hoover, el inclemente director del FBI. ¿Cómo es esto posible? ¿Puede suceder algo así en EEUU? De modo que lo último que podemos imaginar es que le ocurra algo a este hombre tan poderoso. Pero justo antes de que tengamos demasiado tiempo para pensar, justo cuando estamos comenzando a familiarizarnos con los personajes, sucede el atentado orquestado por Sollozo. La ejecución de la idea que Sollozo tenía en mente es casi perfecta; su plan macabro concebido con aguda inteligencia psicológica y táctica, desnudó por completo los puntos de debilidad de la organización del Don, y para proceder en su ataque se encargó personalmente de contratar a los mejores hombres para ejecutar el plan en cada fase. Era importante no despertar sospechas, que no corrieran voces en los bajos fondos respecto de este reclutamiento. Sería un ataque simultáneo, en época de Navidad, cuando el común de los mortales está imbuido por ese espíritu de invitación a la paz, e inconscientemente todos han bajado un poco las defensas. El golpe de Sollozo deja perplejo a Fredo, que observa caído a su padre en la calle del mercado, con la espalda sangrante después de que le acertaran cinco o seis tiros en la espalda. El golpe nos deja perplejos también a los lectores, es el mismo efecto que Coppola logró producir en los espectadores al narrar la historia en el cine. Los sonidos aparatosos y estruendosos de esas armas disparando, el humo que sale de las pistolas, la tragedia impensada para un hombre invencible, y la música que acompaña llevándonos dos escalas más arriba en la pulsación de nuestros corazones, mientras Freddo se derrumba en llanto al lado del cuerpo sangrante de Don Corleone… Es un complot que funciona a la perfección. Así, uno de los grandes méritos de Puzo es saber narrar de una manera que el lector se entera de nuevas cosas y se sorprende junto a algunos de los personajes que en la historia sufren la misma reacción de sorpresa.

Pero esto no queda ahí para Sollozo. En otra parte de New York, a la salida de una tienda, dos hombres obligan a Hagen a subirse al carro con ellos. Puede observarse en estos acontecimientos que la Familia Corleone estaba completamente indefensa. No había esperado este ataque de ninguna manera, no había podido anticipar semejante acción temeraria tomada en contra de ellos. Una de las armas más temibles de los Corleone, lo recalca Puzo varias veces, es el sanguinario Lucca Brasi. Sollozo ya ha jugado sus cartas. Necesita cerrar el negocio, necesita la cooperación de los Corleone. No puede aceptar como respuesta ese “I would prefer not” a lo Bartleby que el Don le había hecho escuchar en su reunión previa. Para cerrar el negocio necesita conversar con un hombre que tenga la misma hambre que él, alguien que viva en los nuevos tiempos, no un líder desgastado y de la vieja escuela como el Don. El hombre que buscaba Sollozo era Sonny, el hijo mayor, alguien menos inteligente, evidentemente menos cuidadoso, pero con más deseos de hacer los negocios del futuro, y ciertamente el negocio de las drogas les traería muchos beneficios económicos. Lo que Sollozo no podía mencionar eran los problemas que venían con esa nueva bonanza, los problemas con políticos y autoridades, que eventualmente repercutirían en sus negocios. Don Corleone valoró muy bien sus opciones y los peligros, no pensaba arriesgar lo que había logrado, por tratar de conseguir más de lo que ya tenía, que es poder, por el simple objetivo de subir sus ganancias. Cuando el Don se había disgustado tanto con Sonny por intervenir imprudentemente en la conversación con Sollozo tenía una razón clara: le había mostrado a Sollozo que tal vez no todos estaban de acuerdo con el Don, que no perseguían las mismas cosas, pero que estaban maniatados por su jerarquía e incuestionable figura. De ese modo Sollozo entendió que no era el imperio Corleone el que se oponía a cooperarle, era solamente el Don. Esto lo conversa con Hagen cuando lo tiene capturado. A Lucca Brasi y al Don decide matarlos, pero a Hagen le dará otro trato, y consiste en ablandar su juicio, persuadirlo de que lo mejor que pueden hacer en adelante es cooperar con él. La misión de Hagen será convencer a los suyos de lo mismo. De entrada avisa y recalca que el Don ya ha sido asesinado, intenta así golpear a la confianza interna de Hagen, lo desmoraliza por unos instantes, lo afecta de mil pensamientos terribles en su cabeza, y luego se muestra persuasivo: es sólo negocios, él quiere la plata, quiere el poder que le dará el nuevo negocio. En realidad, lo que desea es reconfigurar el centro de poder en la escena de la Mafia italiana radicada en los Estados Unidos. En una nueva era, él, junto a los Tataglia hasta por ahí, y apoyado en Barzini, deberán dirigir el pulso de lo que pasa en esa ciudad y en el país, y después más allá. Es un hombre muy ambicioso Sollozo, y su inteligencia no pierde el paso. Comete un acto que puede desencadenar la guerra entre las Familias, pero al mismo tiempo toma la medida preventiva, que consiste en usar a Hagen como el conciliador. Seguramente, eso calcula, los Corleone junto con sus dos caporegimes Tessio y Clemenza, sentirán el bajón anímico, la reducción invaluable de sus fuerzas ante la partida del Don, y si le suman las dotes persuasivas de Hagen convencido de que lo mejor es quedarse con algo antes de que lo pierdan todo, puede pensarse en un escenario donde los Corleone den su brazo a torcer. El plan es casi perfecto. La fortaleza de la Familia del Don se había constituido en manera piramidal, pese a todos sus esfuerzos por descentralizar en cierta medida el poder. De modo que una vez salida de la figura su cabeza, toda la estructura tendría que conmoverse y sentirse algo perdida, quizá hasta desprotegida. Pero lo que Sollozo no había tomado en cuenta era la segunda línea de fuego de los Corleone. Santino, como lo llamaba su padre, junto a los caporegimes eran todavía una fuerza de temer, y Hagen sólo podía llevar sabiduría a esa fuerza. Sin embargo, el arma secreta, el personaje que más nos impacta, es Michael Corleone. Es un arma escondida cuando ni él mismo sabía que era un arma escondida. Los hechos lo revelan como tal. Si Michael no se hubiera plantado en tal manera contra el capitán Mac Cusley a la salida del hospital, Sollozo nunca hubiera tomado atención en él. Pero Sollozo oye muy bien lo que el capitán tiene para contarle de él, de modo que propone una reunión itinerante a los Corleone, y requiere que sea Michael el que oficie de representante, a solas, en compañía única del jefe de la policía, Mac Cusley.

Bastante de su pensamiento se revela cuando conversa y razona con el Consiglieri Tom Hagen una vez que lo ha secuestrado. Esa ocasión persuade a Tom de que ya no tienen el poder de antes, principalmente porque la mejor época del Don ya ha pasado. 

[continuará]

Filósofo y gestor cultural - jorgelun@gmail.com





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