Cochabamba, lunes 23 de julio de 2018

Hombres y dioses, inmortalizados en la pelvis femenina

| | 21 jun 2018



Un recorrido por la pelvis de la mujer permite encontrar en el camino los nombres de algunos personajes cuya presencia puede parecer fuera de lugar. ¿Cómo acabó James Douglas detrás del útero? ¿Qué hace Gabriel Falopio colgado entre los ovarios? ¿Por qué está Caspar Bartolini el Joven pegado a los labios vaginales? Y, ¿realmente le debemos creer a Ernst Grafenberg cuando dice que fue él quien encontró el punto G?

Todos estos hombres acabaron inmortalizados en la pelvis femenina a través de algunos de los nombres que sirven para designar sus partes: el fondo de saco de Douglas (o fondo de saco recto-uterino), glándulas de Bartolini (o glándulas vestibulares mayores), las trompas de Falopio (o trompas uterinas) y el esquivo punto Grafenberg.

Lo cierto es que los hombres -todos difuntos anatomistas blancos, por supuesto- se encuentran por todo el cuerpo de la mujer. Sus nombres sirvieron para designar elementos anatómicos y quedaron inmortalizados como si hubieran sido exploradores audaces que conquistaron la geografía de la pelvis femenina al modo de una tierra de nadie, según una publicación de la BBC.

También los dioses están impresos en las mujeres. El dios griego masculino del matrimonio, Himen o Himeneo, quien falleció en su noche de bodas, le prestó su nombre a un elemento anatómico específicamente femenino. Himen deriva de la palabra griega "hyalos", o membrana. Pero fue el padre de la anatomía moderna, Andreas Vesalius, quien utilizó ese término por primera vez en el siglo XVI para designar a la cubierta del orificio vaginal.

A todos nos resulta familiar el término "histeria", derivado de la palabra griega para útero, "hysterika", y acuñada por Hipócrates (otro hombre) para definir una enfermedad causada por "el movimiento del útero".

La idea de este trastorno mental -el primero atribuido a las mujeres- se remonta a los antiguos egipcios, que lo describieron por primera vez en el año 1900 a.C.

Pero fueron los griegos quienes argumentaron que el útero tenía una tendencia a "deambular" -y a producir "vapores tóxicos"- cuando no daba frutos. Casarse era, por tanto, la cura.

Esta idea se mantuvo durante siglos. En el siglo XIX se convirtió en un diagnóstico frecuente dentro de una profesión médica dominada por hombres.

Las "damas histéricas" empezaron a llenar las salas de espera de las clínicas, a la espera de recibir "curas" que consistían en masajes genitales practicados por el médico con el fin de producir "paroxismos", que no eran otra cosa que una forma educada de llamar al orgasmo.

Como los médicos empezaron a sufrir de calambres crónicos y de fatiga en las manos, la invención del vibrador mecánico fue un alivio bien recibido.

La histeria fue retirada en 1952 de la lista de enfermedades modernas de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría.





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