Cochabamba, viernes 20 de julio de 2018

Las flores de Mayo siempre reverdecen

Sobre el legado de las protestas de 1968 en Francia.
| Mireya Sánchez Echevarría | 17 jun 2018



Mayo del 68. 50 años después, una avalancha de publicaciones se ocupan de valorar en la fecha representativa aquel momento único e irrepetible de la historia que, de alguna manera, se incrustó definitivamente en nuestra memoria colectiva, tornándose mito hecho de juveniles rebeldías, de poesía, de rock, de cine, de arte y de política. “La imaginación al poder” es quizá la frase icónica que mejor recoge el espíritu de aquella revuelta parisina, y aquellos días de barricadas desbordadas de furia festiva y desenfreno. Las líneas a continuación son comentarios que surgen a propósito de la lectura de algunos de estos escritos que me llevan a sopesar su importancia, a visibilizar las razones de los “renegados” de mayo y a enlazar su espíritu con el de los jóvenes que también este mayo del 2018 protagonizaron varias manifestaciones estudiantiles.

¿Por qué fue y es importante?

La luz fulgurante de Mayo del 68 se apagó en junio, cuando los estudiantes y obreros retornaron a sus labores y con la histórica victoria de la derecha en segunda vuelta. Este final pragmático, la ausencia de un programa mayor, el carácter sui géneris de la revuelta lleva inevitablemente a preguntarnos ¿por qué caló tanto? ¿Qué tuvo de especial? El primero en esbozar una respuesta ya en los mismos días del conflicto fue Jean Paul Sartre, quien veía en los estudiantes la fuerza de la voluntad de soñar, de imponer la imaginación sobre las formas.

Sin duda, la veta imaginativa que marcó la impronta de Mayo vino a través del surrealismo y del pensamiento de Herbert Marcuse, pero también del pensamiento revolucionario de Marx y Freud, que sirvió para cuestionar profundamente sus sociedades. Para Marcuse, la unión intrínseca entre la imaginación estética y la acción política abría la posibilidad de una revolución distinta y eficaz, y por ello, seguramente, ni sus formas ni sus resultados correspondieron a una revuelta tradicional. La muchachada no se alzó con armas, ni buscó la muerte. Mayo del 68 fue la explosión de un sueño poético de muchos, y esos muchos eran los más jóvenes, los más puros, los más furiosos, los más bellos y los más libres.

Mayo del 68 no cambió el Gobierno, ni el sistema democrático, pero el impacto de sus formas lúdicas y festivas, y su desprecio por lo políticamente correcto, fue más profundo y extenso a la vez porque inauguró un nuevo mundo al modificar radicalmente las relaciones familiares y de pareja, al romper con una moral esclerosada y caduca, al propiciar la revolución sexual, al arrasar con los baluartes del poder masculino y del autoritarismo, al cambiar las formas de enseñanza, de la música, del arte, y de la diversión, es decir, al cambiar la vida misma, como bien decía Fernando Savater.

A contrapelo del rol histórico de la “Ciudad Luz” baluarte del eurocentrismo, foco de irradiación de las ideas de la Ilustración y de las de “civilización y progreso”, París del 68 fue el lugar donde fermentaron las ideas y la praxis trasgresoras y revolucionarias de la periferia, del traspatio del mundo europeo. Así fue que el movimiento estudiantil francés bebió de las aguas turbulentas de la Universidad de Berkeley alzada en contra de la Guerra de Vietnam, epicentro del “Flower power”, el amor libre, el consumo de drogas, la contracultura y el pacifismo; así como de la revolución boliviana, de la cubana y la figura del Che, del movimiento de las Panteras Negras y de los procesos de “descolonización” del imperialismo francés en Argelia. Todo ello confluyó en una alquimia explosiva que convulsionó luego las protestas chicanas en California, se alzó sangrientamente el 2 de octubre en la Plaza de Tlatelolco México, en el Cordobazo en Argentina, en el otoño caliente en Italia, en el movimiento estudiantil de los segakuren de Japón, en la Primavera de Praga, en la Comuna de Sanghai en China, y terminó con los golpes de Estado de 1970, primero en Chile, luego en Argentina y finalmente en Uruguay y Bolivia.

A pesar de los viejos renegados siempre tendremos París

Daniel Arjona e Ignacio Segurado, en Rabiosos vs Renegados, perciben, tras medio siglo, un desencanto nada nuevo pero cada vez más patente. ¿Por qué tanto pesimismo, tanta nostalgia mal curada? Y, sobre todo, ¿por qué tanta mala leche hacia una fecha que el imaginario colectivo ha elevado a la categoría de mito cultural? Se preguntan y responden: el paso del tiempo, el desarrollo intelectual de los participantes, el legítimo cambio en la percepción de los problemas y soluciones del mundo, o más simple, que muchos de los sesentayocheros se convirtieron al credo (neo) liberal.

A pesar de dicho desencanto, muchos reconocen que Mayo del 68 marcó una nueva agenda (ambientalismo, feminismo, ampliación de los derechos humanos, interpelación a la autoridad jerárquica, entre otros) pero también estableció (y en esto estoy de acuerdo con Alan Finkilraut) lo que nuestra modernidad considera lo políticamente correcto. Tómese en cuenta que en la actualidad ni los más cínicos ni los más provocadores ni los más supuestamente incorrectos pueden proclamarse impunemente antiecologistas, ufanarse de sus dotes de depredador, o alardear de explotar lindamente a sus trabajadores, o de ser abusivos y violentos con los niños, los ancianos, los animales, o declararse de frente misóginos. Es tiempo de ser buenamente feliz o por lo menos de parecerlo. Cuánta hipocresía.

La paradoja de estos tiempos frente a Mayo del 68 es que el neoliberalismo, la cultura del espectáculo y la revolución de las redes marcan justamente un mundo contrario al ideal sesentayochero, al promover el individualismo, la frivolidad, la posverdad, la competencia, la deforestación, el uso de transgénicos, las guerras (Yemen, Afganistán, Siria, Ucrania), las crisis (pareciera que el mundo entero está en crisis, pero señalemos a Argentina, a Venezuela), la xenofobia (en todos lados, especialmente en Europa), los feminicidios, el racismo y la homofobia. Estamos de vuelta al pre Mayo del 68, pero con una gruesa careta de por medio.

Sin embargo, siempre tendremos París, porque pareciera que Mayo del 68 es un virus benigno y juvenil que rebrota en tiempos de autoritarismos, cuando retornan las derechas furibundas, los conservadurismo en la política y la vida privada, o cuando vemos, como ahora, el resurgir de neomachismos que no se resignan a la pérdida del orden patriarcal. Y no se extrañe entonces acerca del por qué Mayo del 2018 vino con una apretada agenda de protestas, especialmente estudiantiles. Nuevamente París, otra vez Nicaragua, las marchas feministas en Estados Unidos, España, Argentina, Irlanda y Chile, entre muchas otras.

Difícil no relacionar el espíritu libertario, radical, combativo, lúdico, terco, alegre y festivo protagonizado por estos jóvenes sin recordar Mayo del 68. Pero aquí un apunte para terminar, y siguiendo a Cohn-Bendit, ¿debemos preguntarnos cada vez que se produce un movimiento de protesta estudiantil como si se tratase de un nuevo Mayo del 68? No lo creo. Ninguno de los movimientos de protesta mencionados izó aquellas viejas banderas, aun así, pareciera que el espíritu romántico subversivo y utópico por antonomasia anticapitalista del 68 perviviera, y en realidad lo hace, pero no por Mayo del 68, sino por la juventud de los protagonistas. No es París del 68, sino su espíritu fresco, ligero, soñador, combativo y osado presente solo en los más jóvenes que hoy y siempre se alzarán contra las injusticias, contra el orden opresor. Son ellos los que siempre serán nuestros destructores y antagonistas, y a la vez los reivindicadores de nuestras aniquiladas o anquilosadas utopías.

Filósofa, docente e investigadora - mire_sanchez@hotmail.com





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