Cochabamba, lunes 18 de junio de 2018

Los mundiales de nuestras vidas

Periodistas y colaboradores de la RAMONA recuerdan cómo los mundiales de fútbol de 1978 a 2014 marcaron sus vidas, sus aprendizajes futbolísticos e íntimos.
| | 10 jun 2018



Mi Mundial del 78

“¡25-millones-de-argentinos, ju-gareee-mos-el-Mun-diaaal…!”. Sustituía a los Comunicados de la Junta la cancioncilla en la radio y en el armatoste de cuyo vidrio abombado salían imágenes opacas queriendo tímidamente bañarse de colores. Era un Panasonic a perilla, me acuerdo; con el tiempo, nos compramos un fabuloso Grundig.

En el Mundial más político de la historia, el campeón debía ser Argentina; era casi una orden militar. Faltaba la sensación del momento, un gordito retacón de apellido Maradona que la tenía atada pero que no convenció al Flaco —tabaco negro permanente en la boca y voz pausada— Menotti. Debía ganarlo con lo que había, puros nombres de telenovela mexicana: Ubaldo Matildo Fillol, Daniel Alberto Pasarella, Mario Alberto Kempes, Leopoldo Jacinto Luque. Y así fue. Uno a uno pasaron los rivales, incluido Perú, al que vencimos por 6 a 0 (necesitábamos una diferencia de cuatro pero había que marcarla, era una orden), mientras a diez cuadras los milicos picaneaban estudiantes con el alarido violento de los goles de fondo.

Todavía resuenan esos goles en el relato inmortal del Gordo Muñoz: 25 millones celebramos el Mundial. Cuatro décadas después, la suma da 45 millones. Y tanto jugador internacional, tanto potrero para terminar apostando a uno solo. Messi. Otro retacón.

Por lo menos no hay Comunicados, ni mordaza descorriéndose de la boca como hacen con los secuestrados para que tomen agua. El ajuste, la nafta, la factura de la luz… gajes de la democracia. Sabio es el refrán de mercado: “Si te gusta el durazno, bancate la pelusa”. Por lo menos tenemos la ilusión del color. (Oscar Díaz Arnau)

España 1982, el Mundial a colores

Era 1982 y la incipiente televisión boliviana daba sus primeros pasos en Cochabamba con solo dos canales abiertos: el canal 7 del Estado y el canal 11 de la UMSS. Tal vez hoy, 36 años más tarde, puede parecer poco, pero en ese tiempo era suficiente para los niños y hasta resultaba excesivo para sus estrictos padres.

Si entonces había pocos canales, eran igual de escasos los televisores. Había que ir a la casa de algún amigo o primo para ver la tele, si es que eras de aquellos afortunados que tenían alguien cercano con un televisor a colores. Cada evento transmitido en directo por ese aparato casi mágico hipnotizaba a familias completas reunidas frente a ese aparato para sufrir hasta el llanto con las telenovelas brasileñas y alguna que otra mexicana o argentina. La TV era una cita ineludible con el mundo exterior.

Y una de esas citas inolvidables fue el Mundial de España 1982.

Estando ya en segundo básico de la escuela en 1982, el de España se convirtió en mi primer Mundial y en uno que marcaría mi vida para siempre.

En la escuela esperamos desde el primer días de clases por España 82, junto a nuestros profesores, que hasta instalaron un televisor en la portería para seguir el evento. En la casa de unos tíos se estaba estrenando un televisor “gigante” de 21 pulgadas marca Sony Trinitron -a colores- que, en lugar de tener la acostumbrada ruleta de 13 canales, contaba con una regleta dotada de la espectacular cantidad de 18.

En ese segundo básico, todos contábamos los días para ver a Zico y los suyos llevar el “jogo bonito” hasta su máxima expresión gracias a esa legendaria constelación de estrellas de clase mundial como Junior, Leandro, Toninho Cerezo, Eder; o la dupla más elegante que se recuerde formada por el mítico Falcao y el doctor Sócrates. Todos comandados por el maestro Telé Santana. Aquel Brasil, que hasta ahora es considerado por muchos expertos como el mejor Brasil y la mejor selección del mundo todos los tiempos, era el equipo favorito de todos y el que todos queríamos ver consagrarse como campeón. En términos actuales, todos queríamos ser Brasil.

Pero la televisión también nos había permitido conocer a los difíciles rivales y leyendas del balompié mundial como Michel Platini que estaba al frente de uno de los más célebres ejércitos franceses de todos los tiempos que contaba con nombres como Tiganá y Girés en sus listas. La temible “Mannschaft” alemana siempre fue de temer y en España 82 presentó cartas como el letal Karl-Heinz Rummenigge, escoltado por Litbarski, Breitner y la leyenda bajo los tres palos Harald Schumacher.

Argentina llegó como una de las favoritas gracias a la incorporación de Maradona como su gran figura, además de sus goleadores que conquistaban Europa: Díaz y Valdano, mientras sus soldados perdían en la Guerra de Las Malvinas tras la invasión inglesa.

Entonces como un fantasma, de la nada emergió Italia con un cuarentón Dino Zoff en el arco y con Gentile, Tardelli y Conte sobre el césped. De entre esas cenizas se erigió un ambicioso y casi desconocido Paolo Rossi, que en toda la primera fase de la Copa no anotó ni un solo gol. Pero en la segunda parte del torneo hizo el partido de su vida concretando aquel histórico “hat trick” nada menos que frente a Brasil, el equipo de todos, en segunda ronda y sus tres goles sellaron ese 3-2 con que los italianos pasaron a semifinales donde sacaron el boleto finalista gracias a otros dos goles del mismo Rossi para ganarle 2-0 a Polonia en la semifinal. No conforme con eso, el delantero hizo uno más, el primero del 3-1 con el que la “azurra” terminó ganándole a la máquina alemana en aquella mítica final de 1982.

Sin embargo, con la caída de ese Brasil se había terminado aquel Mundial para muchos de nosotros. La ilusión de todo ese segundo básico, las apuestas en todo el colegio, el entusiasmo de los amigos del barrio y el de toda mi familia se habían perdido en tan solo 90 minutos y por culpa de aquel fantasma que con sus tres goles nos dejó perplejos frente a la TV. Aquel aparato no nos había causado tanto y tan profundo dolor colectivo desde la muerte a balazos de Odorico Paraguazú en el capítulo final de la telenovela brasileña El Bien Amado dos años atrás, cuando todavía lo veíamos todo en blanco y negro. Pero esto era distinto, por primera vez estábamos experimentando esa amargura, habíamos vivido una empática tristeza en directo. Como nunca antes, estábamos sintiendo el dolor en vivo.

Como homenaje póstumo a esa “verdeamarelha” después de las vacaciones de invierno, en ese segundo básico adoptamos el color amarillo como distintivo para nuestras camisetas durante la clausura del año deportivo. Nuestros archirivales del paralelo “B” cambiaron su tradicional camiseta blanca por una de color azul marino. Y mientras nosotros sorteábamos para ver quién utilizaría la “10” de Zico, todos ellos querían ser Paolo Rossi, que luego fue condecorado con el “Balón de Oro”. Italia se había puesto de moda.

El fútbol nos enseñó ese año que a veces basta un solo hombre y su determinación para cambiar la historia. Y la televisión nos dejó saber que a veces puede ser muy cruel, pero, ante todo, demostró que ya era parte importante de nuestro cotidiano. Dos años después, el primer canal privado lanzó su primera señal de prueba en Cochabamba y en 1986 vimos, en dos señales distintas aunque precarias, cómo Diego conquistaba México. Dos mundiales después, la grilla de 13 canales en VHF del espectro televisivo cochabambino estaba prácticamente completa y vimos en vivo todos los partidos de la cita en Italia 1990. (Joel Vera Reyes)

México 86: Argentina y el síndrome del miembro fantasma

Nací tres años después. No lo viví, lo vi después. Lo vi en blanco y negro, con interferencia, en VHS, con el cabezal sucio. Lo vi borroso, granulado, descolorido, como un fantasma. Cientos de veces en repetición, siempre igual. Barrilete cósmico, gol del siglo, Maradona. Argentina campeón del mundo, entre ecos y murmullos atravesados por una interferencia omnipresente.

Nací a destiempo, sin esa alegría épica frente a la colonia, sin el goce de la picardía frente al enemigo. Nacimos con el sueño alcanzado, huérfanos de esperanza, con la revolución mutilada, con la rebeldía hecha prótesis.

Habían dos Alemanias, el muro no había caído. Lo destruyeron en 1989, siete meses después de mi nacimiento. Las democracias volvían. La albiceleste ya había caído en el barro negro de las Malvinas.

El 84, dos años antes de Argentina campeona del mundo, un año después del fin de la dictadura de Videla, Charly García lanzaba “Cerca de la revolución” y su reverberación duraría décadas. Aún la escucho. “Todo el mundo loco y yo sin poderte ver”, le cantaba Dios a un miembro fantasma.

Eso es para los argentinos la Copa del Mundo del 86: una extremidad ausente, un escozor en el vacío, una conquista etérea. Eso es para muchos de los que nacimos en aquellos años el mundo: “un después de” inconcluso, una democracia fallida, una desconfianza eterna, una convicción fingida.

Argentina y nosotros: un pasado heroico, un presente difuso, un futuro fantasma, un pasado fantasma. Loop. (Mijail Miranda Zapata)

Italia 90 o cinco lecciones básicas

1. David siempre le puede a Goliat. Tienes 10 años, vas sabiendo mucho más de fútbol, pero ni así sospechas que un desconocido Camerún pueda derrumbar a tu favorita Argentina. Pasmado, ves cómo un tal Omam-Biyik le mete el primer y único tanto del partido inaugural al entonces campeón del mundo. Sí, es posible.

2. Te lleva al cielo… Todo es un griterío alocado. Te abrazas con tu vieja, quieres llorar de regocijo. Nunca viviste algo igual. Es el puro nirvana. La razón: las gambetas de Diego, su pase a Caniggia y el gol al eterno rival. La alegría no es solo brasileña. El sol brilla para todos.

3. Te lleva al infierno… Sientes un optimismo total. Este es tu día, tu año, tu Mundial. Casi 90 minutos después, la vida no vale nada, el mundo fue y será una porquería, es una jornada ideal para dejar de existir. La razón: un hombre de negro se inventó un penal para Alemania. Se viene la noche.

4. El coraje es lo más. Antes de empezar esos mismos 90 minutos, un monstruo de 73 mil cabezas silba cuando los sudacas entonan su himno. La cámara se detiene en un casi solitario tipo bajito que, vestido de azul, no canta. Es Maradona y, como el inmenso gigante que es, responde a los insolentes: “¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta!”. Desde ese día, Diego será tu D10S.

5. Juega, juega que algo queda. “Tal vez no será una canción la que cambiará las reglas del juego”, dice, en español, el inicio del tema de Italia 90. La escuchas y la piel aún se te sigue erizando, igual que cuando revives las proezas de tu tocayo Goycochea en la portería. Las reglas sí han cambiado: el juego no terminará nunca. (Sergio de la Zerda)

EEUU 94, el invierno que vivimos el fútbol peligrosamente

¿Cómo escribir sobre el invierno más intenso de mi vida? Porque eso fue el Mundial de Estados Unidos 1994, y no porque lo recuerde particularmente crudo, sino por el vaivén emocional de ese mes eufórico y devastador, trepidante y tedioso, efímero e interminable, ardiente y glacial. Solo se me ocurre intentar transcribir, sin mayor orden ni coherencia, los fogonazos de recuerdos que estallan en mi cabeza cuando pienso en esos días que vivimos el fútbol peligrosamente.

Bolivia se pavonea ante el mundo con un minishow de caporales en la ceremonia de inauguración. La cámara recorre en travelling a Trucco, Sandi, Rimba, Quinteros, Borja, Cristaldo, Soria, Melgar, Sánchez, Baldivieso y Ramallo, que cantan el Himno Nacional en el Soldier Field de Chicago. Es el primer partido del Mundial. Cristaldo es el mejor de la cancha, con caños incluidos a los campeones defensores. Ramallo y Sánchez están a punto de vencer la portería rival. Y de repente, ocurren dos desgracias, no sé cuál primero, no sé cuál peor: ingresa, tras una lesión maldita, el Diablo Etcheverry y, a los pocos minutos, sale expulsado no sabemos por qué; un pase largo, que toma Klinsmann en aparente posición adelantada, agarra desprevenido a Trucco, que se resbala fuera de su área y regala al delantero alemán el único gol del encuentro. Unas horas después, mi madre, mi hermana y yo viajamos a Sucre apretujados en dos asientos de flota. No puedo dormir por el traqueteo de la carretera de tierra y solo entonces cobro conciencia del frío invernal.

El Mundial sigue. Noche de San Juan. Baldivieso le regala un balón de gol al portero coreano, que más tarde desvía un tiro libre imposible de Sánchez. Todo acaba en cero. Mejor jugar con chispitas en las calles alborotadas de Sucre en esa noche que sí se siente como la más fría del año.

Bolivia se despide del Mundial ante la España de un Guardiola aún jugador. De vuelta en Cochabamba, me quedo solo en mi casa para mirar el partido y, acaso, grabarlo en la flamante videocasetera. Perdemos por dos tantos y ya no quiero ver más; siento como si fuera testigo de una golpiza contra mi madre y no soy capaz de hacer nada para evitarla, así que cambio de canal. A los pocos minutos escucho petardos, vuelvo al partido y veo a nuestro Platini festejar como si estuviera sacándose un demonio del cuerpo. El único gol de Bolivia en un Mundial y me lo acabo de perder. En la noche, otra vez mi madre, mi hermana y yo salimos a festejar nuestra desclasificación a El Prado, como cientos otros, que nos sabemos vencidos, pero no oprimidos. El frío cala en los huesos. Se acaba el Mundial para nosotros, o casi.

Los fogonazos siguen. Maradona hace de las suyas, en todo sentido. Mete pases de ensueño a Caniggia y Batistuta. La clava en el ángulo ante Grecia y lo festeja rugiéndole a la cámara y, a través de ella, a la FIFA y a todos sus epígonos. Sale del estadio acompañado de una enfermera y no lo volveremos a ver nunca más en un Mundial. Cómo no estrujarnos de frío ante esa imagen. Colombia, el mejor equipo sudamericano de las Eliminatorias, se desclasifica tras una campaña desastrosa, que se salda con el último lugar del grupo A, solo tres puntos, cuatro goles a favor, cinco en contra y un jugador muerto: Andrés Escobar, asesinado a sangre fría por el autogol que hizo en el partido contra EEUU.

Argentinos y colombianos caen ante una de las dos revelaciones del torneo, el seleccionado que surgió del frío: Rumania, en el que un tal Gheorghe Hagi hace unos goles de otro mundo, de otra época, quién sabe de esos que no nos dejaba ver el Telón de Acero. La otra revelación, también inesperadamente llegada de Europa del Este (la Suramérica del Viejo Continente), es Bulgaria, que con sendos golazos nos venga y despacha a Alemania del Mundial. Hristo Stoichkov y los suyos podrían ser los nuestros, pues también lucen uniformes verdes y blancos, y también llegan de un país tan humilde y apaleado al que el fútbol está llamado a restaurar su valía. Lo triste es que, tras Estados Unidos 1994, Bolivia ya no volverá a un Mundial, mientras que Bulgaria –como Rumania- solo lo harán una vez más, en 1998.

Hay más fogonazos. De Romario, de los goles del Brasil que fue campeón, de los festejos “bebé” de Bebeto, de la final soporífera que le ganó por penales a Italia… Pero, mejor dejarlo acá, con ese dejo de melancolía que me asalta en este nuevo invierno, que me apresto a vivir y sufrir y gritar intensamente, aunque nunca tanto como en 1994. (Santiago Espinoza A.)

Francia 1998

Por increíble que suene ahora, los bolivianos creíamos que teníamos posibilidades de clasificar a Francia. El efecto de la clasificación del 1993, alimentó nuestra esperanza por más de una década, creímos que el Mundial era nuestro destino. La historia lo confirma, la victorias de los perdedores jamás son efímeras. Cuando veíamos los partidos desde dos espacios, desde el convencimiento de que Bolivia no estaba ahí por una confabulación de los astros y de las mafias internacionales, y desde la fe que tiene el que fue testigo de un milagro. El gol del Diablo a Taffarel ardía en nuestra memoria, esa era la estampa de un evangelizador que nos convenció de que Dios es redondo. Francia fue la prolongación de nuestro largo éxtasis religioso.

Mucho se puede decir de ese campeonato. Davor Šuker lideró de manera imprevisible a Croacia a un puesto de privilegio, superando la importancia que tuvo para el Madrid de fines de los 90. Michael Owen con un gol propio de otro de jugador, con un truco de ilusionismo nos hizo ver a un gigante, cuando en frente teníamos a un mortal, a otra promesa incumplida del fútbol inglés. Chilavert y sus guerreros hicieron tambalear a la selección anfitriona, confirmando que en el fútbol la palabra y la mirada son tan importantes como cualquier malabar con el balón.

Fue triste la tonada que tocó Colombia, esa selección que debía llevar el fútbol más bello a Estados Unidos, pero que desencadenó a la infinita estupidez que también puede acompañar al deporte. El cuadro cafetalero se mostró decadente. Ante la casi nula renovación generacional, nos tocó ver a un Pibe Valderrama al que se la magia lo abandonaba y a un Tino Asprilla que jamás alanzaría a ese deslumbrante delantero que brilló en el Parma. Lo mejor del equipo fue Mondragón, un arquero radicalmente distinto al travieso Higuita. Envejecida y normalizada, Colombia no pasó de la primera ronda.

Holanda confirmó que sus historias están marcadas por un destino trágico. Como Ajax el Grande, héroe de la Iliada, esa selección entra a la cancha imitando a los Dioses, pero sin su protección. Tarde o temprano, eso les provoca la muerte, la autodestrucción. Esa generación maravillosa que encantó a los hinchas en Amterdam y Barcelona, no fue efectiva ante Brasil. El maravilloso Bergkamp, el gigante Van der Sar, el magnífico Kluivert, el poderoso Davids, los de Boer o Cocu, cumplieron con el espíritu nacional: no ganaron el trofeo que (como siempre) merecían.

Lo que ocurrió con la selección Argentina debería haber salido de un relato de Osvaldo Soriano. Se nombró como entrenador a uno de los más grandes defensores de la historia de la albiceleste: Daniel Passarella. Lo que muchos no esperábamos es que ese jugador que fue un gran capitán enérgico y al que muchos llamaban Káiser, se comportaría como un caudillo militar cualquiera: autoritario e imbécil. Exigió que sus jugadores se corten el cabello. Al hacerlo, excluyó a dos genios anhelados, Caniggia y Redondo. El primero había recuperado su estado de gracia y el segundo era la encarnación del juego exquisito e inteligente. Es evidente, que la rebeldía del Pájaro y la brillantez del Principito de Madrid eran antagónicas al ethos de Pasarella, todo comenzaba a oler mal. Para empeorar el cuadro, no nombró a un capitán para todo el campeonato. Creyendo que el único merecedor del cintillo era él, lo hizo rotar por Simeone, Batistuta, Ayala y Zanetti, si la memoria no me falla. Víctima de la mentalidad de los milicos, nuevamente, la Argentina no fue lo que podía ser y cayó ante Holanda. El Burrito Ortega fue expulsado por darle un cabezazo al arquero de la Naranja mecánica. Se equivocó, el que lo merecía era su entrenador.

Recuerdo haberle preguntado a mi maestro Yves Froment, futbolero erudito, si estaba feliz con el triunfo de Francia. Como buen belga, me respondió: “No mucho, escucharemos sobre eso durante un largo tiempo”. Y lo hicimos. Si algo saben hacer los galos es engrandecer sus proezas, aunque se debe reconocer que vencer a un gran combinado de Brasil no fue poco. Ninguna de las selecciones finalistas me provocó grandes pasiones. Siempre recordaré que esa Francia fue embellecida por hijos de migrantes, por hijos de la colonización, y que Ronaldo salió a jugar cuando su físico le gritaba que se detenga. Aunque hay algo de hermoso en ver al mundo admirando a chicos salidos de las banlieus y de las favelas, en que estén en el centro los que estuvieron en los márgenes, no dejo de pensar en que el Fenómeno estaba ahí por los intereses de los vampiros multinacionales, que el talento se pone al servicio de los poderosos. Ah, de pronto, la fascinación contiene algo de asco. (Andrés Laguna Tapia)



Corea Japón 2002, cuando ganó el fútbol feo

El fútbol feo siempre gana. No porque sea más eficiente. No porque cuando se trata de títulos mande eso de “ganar como sea”. No porque cuenten los goles y no los méritos o la posesión. El fútbol feo gana por una simple cuestión estadística, porque el 99 por ciento de nuestras vidas es rutina, porque en una cancha vamos a ver más empates amarretes que lirismo, porque de 64 partidos en una copa del mundo probablemente 1 será memorable. Quizás menos.

El Mundial de Corea Japón 2002 fue un Mundial feo. Feo como el corte de pelo de Ronaldo en la final. Feo como los codazos de Christian Vieri y las narices coreanas que no vivieron para contarlo. Feo como la mano negra Blatteriana que empujó a uno de los anfitriones hasta la semifinal. Feo como la falta de coraje del técnico que capituló en primera ronda por no alinear dos nueve juntos. Feo como el andar de una máquina alemana plagada de subcampeones seriales. Feo como la arrogancia de una campeona defensora que se despidió sin bajar del avión. Feo como una generación dorada portuguesa que se volvía a quedar corta. Feo como los resultados de las elecciones presidenciales que coincidieron con ese domingo de final de copa. Feo como tener que trasnochar para ver a Eslovenia. Feo como las retransmisiones de Unitel, a media tarde y con el partido resuelto hace 12 horas. Feo como los renders del FIFA de ese año. Feo como el ronquido de las vuvuzelas, las artimañas de Sergio Ramos, los arbitrajes en la liga boliviana. Feo como ganar jugando a nada, a que no te hagan goles y tú arañes uno. Feo como el fútbol feo. (Javier Rodríguez Camacho)

Marquito y el Joga Feio (Alemania 2006)

El Mundial de Alemania 2006 pasó a la historia por albergar una final digna de los sketches más surrealistas del segmento “Deporte en el Recuerdo”. La estrategia del “Catenaccio” tuvo su momento más glorioso desde que el mítico Nereo Rocco la creo para contrarrestar a los húngaros en 1954. La saga de la “Nationale” estaba compuesta por jugadores que evocaban ese espíritu pegador y mañoso que tantos títulos le otorgan al Real Madrid actualmente.

Materazzi y Gattuso eran los jugadores que al mismo tiempo de pelear un balón dividido golpeaban con mala intención, provocaban amonestaciones y reclamaban al árbitro. Estos infames seleccionados opacaron la consagración de Pirlo como uno de los mediocampistas más completos de esta década y condenaron (por un breve tiempo) al ostracismo futbolístico a Zidane.

Pirlo siempre se caracterizó por ser un jugador concentrado en su labor, de pocas palabras, esperando realizar ese “Jogo Bonito” que promocionaba Nike antes y durante el Mundial en tierras teutonas. Zidane poseía las mismas características y realizó en semifinales uno de los mejores partidos de toda su carrera contra la última formación gloriosa y ganadora del “Scratch do ouro” que venía de coronarse campeón en la Copa América Perú 2004.

De haber sabido lo que esperaba en la final, probablemente Zidane le hubiera cedido el puesto a la “Canarinha”. Hubiera sido algo más épico ver al “emperador” Adriano responder a las provocaciones de aquel delgado y largo defensa cuyos insultos sacaron de casillas al mejor jugador de las últimas décadas, dejando para la posteridad uno de aquellos momentos que incomoda tanto a inversores del fútbol moderno. (Luis Rodríguez Camacho)

El regreso de un antiguo amor: Sudáfrica 2010

Recuerdo, de niño, la emoción que me causaba ver fútbol con mi familia. Recuerdo a mis papás moviendo la antena de la TV para captar alguna imagen en una pantalla con puro ruido blanco en las Eliminatorias del 93. Recuerdo la tricolor pintada en mi mejilla en el partido inaugural del 94. Recuerdo los partidos a los que fui durante la Copa América del 97 y ser el único de mis amigos que apoyaba a Francia y no a Brasil el 98.

Recuerdo haber construido mi identidad a partir del wilstermanismo, habitando una ciudad en la que no había nacido y pensando que esa polera roja también era mi credencial como cochabambino.

Recuerdo haber admirado siempre a los arqueros y no a los goleadores.

Pero en algún momento de mi vida, eso, ese amor se fue. Dejé de jugar, de ver, de ir al estadio, de apoyar a algún equipo. Adquirí una pose esnobista y juzgué al fútbol, como lo hace mucha gente pretenciosa, de deporte para ignorantes.

Fue el Mundial de Sudáfrica el que marcó mi reconciliación con la pelota. Fue en ese Mundial en el que, como perro arrepentido y con el rabo entre las patas, regresé a la emoción, esa que generan los mundiales: la de apoyar a un equipo del que desconozco casi absolutamente todo, simplemente por la poesía que escriben con una pelota.

En Sudáfrica grité por Paraguay como si sus tres colores fueran míos. Grité por Ghana y sus tres colores idénticos a los míos. Grité por Chile y desde entonces el asunto del mar dejó de importarme. El fútbol te puede cambiar.

A Sudáfrica 2010 le debo el retorno a una pasión y emoción que desde entonces volvió a ser importante en mi vida. Como si no hubiera habido evidencia suficiente: el 94 aprendí a leer, el 98 nació mi hermana menor, el 2002 di mi primer beso, el 2006 empecé una carrera universitaria que abandonaría, el 2010 empecé a estudiar Literatura, el 2014 perdí a un gran amor y el 2018 siento amor otra vez. (Luis Carlos Sanabria)

La ironía de Brasil 2014

Los mundiales siempre marcaron nuevas etapas en mi vida. En 2006 tuve mi primer encuentro cercano con la muerte, en 2010 entré a secundaria y dejé el colegio en el que siempre estuve, y en 2014 ingresaba a mi primer año en la universidad.

El sufrimiento que me causó el futbol por años hizo que le tenga cierto resentimiento. En combinación a una falsa madurez, en 2014 no llené el álbum Panini ni intenté ir a Brasil, por más fácil que podría haber sido.

Sin embargo, bastó la lluvia de goles de la fase de grupos para que comenzara a arrepentirme. Los octavos fueron aún más icónicos con el “no era penal” de México, el golazo de James Rodríguez contra Uruguay y la tanda de penaltis de infarto que tuvieron Brasil y Chile. No obstante, lo más emblemático estuvo en las semifinales.

La localía le pesaba mucho a Brasil, más el golpe anímico de perder a Neymar hizo que Alemania los apabullé con un inimaginable 7-1, resultado histórico. Ya eran años desde que Alemania jugaba como una obra de ingeniería que se hace cada vez más efectiva. Un sistema en el que los jugadores no eran fundamentales, sino la operatividad. En cambio, la otra semifinal tenía presente a una sólida Argentina. Un equipo donde primaba el Gaucho Power y todos los jugadores estaban al acecho de su oportunidad para ser el héroe. Así fue que Argentina clasificaba a la final el día de su aniversario, a base de pura garra y con un Mascherano imbatible en la defensa.

Por más que no le encuentre una explicación coherente, apoyo a la selección alemana desde el 2006. También encontré cierto placer en ver a Argentina perder, en especial cuando están más cerca de conseguir un campeonato. Por eso, el 13 de julio seguí todas mi cábalas y convencí a mi hermana q’encha de usar la polera albiceleste.

A lo largo de los 90 minutos, Argentina fue la que tuvo las oportunidades más claras pero sus individualidades le fallaron. Por otra parte, Alemania cambió a Miroslav Klose, su máximo goleador, por Mario Gotze, un joven delantero no muy conocido. Él fue quien marcó el gol de la victoria, Deutschland conseguía su cuarta estrella.

Grité el gol de Alemania a pesar de estar con familiares que vivieron en Argentina. El momento que me hubiera encantado vivir años atrás sucedía justo cuando ya había perdido mucho del interés que tenía. Disfruté la victoria pero mi mente solo divagaba en que podía haber estado ahí. La Copa del Mundo no solo marcaba los ciclos en mi vida, ahora también me daba una lección de ironía. (Esteban Améstegui Lavayén)



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