Cochabamba, miércoles 14 de noviembre de 2018

El bien de alzheimer

Sobre cómo algunos autores abordan el olvido.
| Antonio Rivera M. | 03 jun 2018



José Arcadio Buendía creía que la niñez era un estado de insuficiencia mental, en la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Este autor murió en 2014 con síntomas inequívocos de… insuficiencia mental. Esto sería una lamentable ironía, si no fuera una expresión de la providencia.

Los niños de José Arcadio están en los extremos de la curva de la vida que tan linda ilustración nos regalara Umberto Eco: incluso más allá de los niños de Macondo, la infancia, la primera infancia, es un estado de insuficiencia mental comprobada, ¿no se parecen los bebés, acaso, a pacientes de alzheimer? Este pequeño ser no sabe nada de nada, navega en la inocencia absoluta y en sus propias excreciones, sin “importarle” un comino las molestias o la desesperación que causa a sus padres.

En el espejo lejano está el viejecito también dando rienda suelta a sus esfínteres y tirando la comida, sin que se le mueva un pelo. Empañalado y desdentado como el bebé que fue, se dispone a meterse a un otro útero, esta vez de tierra, con la misma inocencia con la que emergió de su útero de carne.

La naturaleza nos ha hecho sabiamente, las religiones y alguna ciencia lo arruinan todo.

El ser humano nace inconsciente y su destino es la inconsciencia.

Si estás consciente, el trayecto, desde la vejez avanzada a la muerte, está lleno de dudas, arrepentimiento, desesperación, miedo.

Si el recién nacido fuera consciente, sería un ser repleto de miedo: reconocería, primero en el rostro de sus padres, el mapa dibujado por el sufrimiento, el dolor, la impotencia, o el desdén y la superioridad, el conformismo; ese bebé se espantaría al ver animales colosales que pululan cerca de él mostrando sus filosos colmillos; vería en la tele el mundo atroz de las guerras, del fútbol y del FMI, el de la angurria bestial de los seres que ¡ay! él mismo sería algún día. No, no se atrevería a seguir naciendo.

El anciano consciente y lúcido, animado por médicos impertinentes que se afanan por prolongarle la agonía y frailes con promesas que ni ellos creen, se preguntaría, se pregunta, qué debe y debió hacer en esta vida para prepararse para la otra, que no la hay; se aferra a esperanzas que sabe vanas de antemano, le parece cada vez más ridículo el argumento de que nadie te quita lo bailao, porque el baile decrépito que está bailando ahora tiene la virtud de anularlo todo; sabe que se miente y le mienten cuando le dicen que es todavía imprescindible, le duele no ver crecer a nietos o hijos, y no saber qué pasará con Donald Trump. Y cuando muere, muere un infeliz aterrorizado… haya hecho lo que haya hecho.

El olvido, entonces, llega para liberarlo poco a poco, con el cariño de una buena madre que allá lejos le enseñara a guardar en la memoria.

Y poco a poco, sin violencia, este hombre o mujer, llega a morir tranquilamente sin culpas ni esperanzas, liberado de la vida. La liberación de la vida no es la muerte. Es, más bien, obviar ese último tramo del sentenciado; es andar ese corto trayecto sin saberlo, sin sufrirlo.

Periodista y escritor - arivera133@gmail.com





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