Cochabamba, sábado 23 de junio de 2018

Bárbara y Violeta

| Bartolomé Leal | 27 may 2018

Me abordan en el café mis vetustos amigos Wilberio Mardones y Mauro Yberra. Excitados. Ojos acuosos. Respiración agitada. Juzgo su actitud anómala. Les pregunto, tras los apretones de manos, ¿qué les pasa? Los veo anormalmente vitales. ¿Han estado mirando fotos de Salma Hayek en cueros? Ojo, que casi todas son falsas... Calla, Leal, me interrumpe Yberra. Tenemos que hablarte de algo serio. Serio, repite Mardones, que ese día parece andar en rol de eco. Hemos descubierto una bomba, continúa Yberra. ¿Sex Bomb? Esa es una canción de Tom Jones, insisto en mis comentarios salaces. Deja hablar, Leal, o pierdes. Además pierdes un par de amigos. Pierdes, repite Mardones. Me quedan mirando feo. Me río. Procuro aplacarlos: de acuerdo, compadres, echen afuera. Déjenme ordenar un café expreso doble y una medialuna salada. Vienen, dice Yberra, adelantamos tu pedido. Prometo escucharles sin abrir la boca, murmuro.

Pues anoche pasaron la película Doña Bárbara, lanza Yberra su parlamento. La versión de la novela de Rómulo Gallegos estrenada en 1943 y con María Félix en el rol de “la Doña”. Filmada en México y dirigida por una gloria del cine azteca, Fernando de Fuentes. La gran diva tenía 29 años y ya se mostraba como una hembra recia, viril y fascinante. Hermosa, agrega Yberra. Mardones repite. Sobre todo por las cejas, subraya Yberra, que tiene obsesión fetichista con ese atributo facial. El melodrama es magnífico, prosigue, el propio Gallegos intervino en el guión e impuso a una desconocida María Félix para encarnar a su “devoradora de hombres”. La película tiene una partitura musical admirable, continúa Mauro Yberra, acezando de excitación, por el compositor Francisco Domínguez. Admirable, admirable, repite Mardones, haciéndose eco a sí mismo. Le gustan los adjetivos empalagosos.

¿Entonces?, pregunto. Ahora es Mardones el que habla, para permitir a Yberra que se estabilice. Pues hemos descubierto que “Gracias a la vida”, la canción de Violeta Parra se asemeja sospechosamente al tema principal de la película. Aquí no hay piano para demostrarlo, pero créenos que las notas son las mismas. Tararea Mardones: si si si si do fa, la la la sol si mi... Yberra, el aliento recobrado, acota: la canción de Violeta fue compuesta en La Paz en 1966 y publicada ese año en el álbum Últimas composiciones, un año antes de su suicido. Es decir, añade, más de 20 años después de la música de la película que seguramente la cantautora chilena conoció. Es un plagio, remata Yberra. Un plagio, repite Mardones, recuperado su papel de eco. Me quedan mirando.

¡Vaya descubrimiento!, les digo mientras devoro mi medialuna. ¿Qué pretenden? ¿Que los escupan en la calle? ¿Que los linchen por herejes? Además, ¿a quién le puede importar? Hay algo más, dice Mauro Yberra sin hacerme caso, hay una gran posibilitad de que la gran Violeta se haya transfigurado un poco en el personaje de María Félix, en tanto doña Bárbara, una mujer fuerte aunque desgraciada en amores y capaz de actos violentos, siempre con el revólver al cinto; pero no solo en eso, sino también por esa belleza sobrecogedora de la actriz mexicana, belleza de la cual Violeta carecía. Era como una ratoncita poco agraciada. Poco agraciada, le hace eco Mardones.

Miro para todos lados por si hay alguien escuchando. No son plagios, carcamales, los vapuleo. La historia de la música está llena de parecidos casuales. Van a hacer el loco si se ponen a propalar tales infundios. Adiós, mejor me voy, no los conozco... Violeta compró en La Paz el revolver con que se suicidó, musita tristemente Yberra. Ella amaba a Bolivia. Llegó por allá para recuperar a su último novio, un músico suizo, el Run Run de la canción. Run Run, repite Mardones.

Escritor chileno - bartolome_leal@yahoo.com





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