Cochabamba, lunes 18 de junio de 2018

Solo un nombre

Ruy Cosio | | 27 may 2018



Todos compartimos un origen geográfico común. Un lugar desde el cual, lejos de comprendernos o siquiera reconocernos, nos constituimos y nos vemos arrojados a esta vida. Aquella incomprensión primera, punto de encuentro del que todos venimos y al que todos, tarde o temprano llegamos, se encontraría íntimamente relacionada con aquello que podemos entender por amor, Dios y vida. El vacío conceptual de nuestro origen, modo de proceder y finalidad será entonces el punto de partida por el cual podremos entender al otro y a nosotros mismos.

La poesía de Alejandra Pizarnik pareciera verse sumergida y concebida en ese desahuciante vacío. Vacío que peinó sus concepciones de Dios, mundo y sobre todo de ella misma.

En su segundo poemario, La ultima inocencia (1956), Pizarnik cierra con aquel que quizás es su más resonado poema, y a la vez, quizás uno de los más desgarradores:

“SÓLO UN NOMBRE.

alejandra alejandra

debajo estoy yo

Alejandra”.

Más allá de la armónica obsesión de Pizarnik por el ritmo y el silencio, el poema nos encuentra desprevenidos, casi por improvisto, y así como baila aquel que apenas se mueve, reconocemos (y en cierto punto empezamos a disfrutar) el vacío del nombre, de nuestro vacío.

Nietzsche, en su ensayo “Sobre verdad y mentira en el sentido extra moral”, argumenta que la experiencia de la poesía (metáfora), es el único medio del lenguaje por cual podemos llegar a tener un vistazo de la esencia de la cosas, de su verdad. Es decir, solo mediante la experiencia sensorial real del lenguaje podríamos tener un acceso parcial al verdadero sentido de las cosas.

En el poema “Solo un nombre”, pareciera alzarse un reclamo por el fracaso de la palabra singular. La palabra, el nombre, solo tuvieran valor como experiencia conjunta, como la parte de un todo vivencial debajo del cual subyacen las cosas mismas. Y quizás allí radique la virtud de nuestra autora. Su poesía no gravita en torno al amor, personas o sentimientos alados, sino que parte del delirio común que es nuestra existencia conjunta y singular.

La poesía de Alejandra Pizarnik, desde su brevedad hasta su duración última, desde los versos hasta la prosa, nos servirá como una suerte de ventana hacia nuestra propia y ajena singularidad.

A la esquina nuestra donde nada habita y sin embargo donde todo tiene un inicio, aquel cuarto oscuro de pequeñas dimensiones al que damos vueltas sin siquiera saber que nos encontramos allí. Finalmente, el acceso sensorial desde el cual, lejos de aprehender o interpretar, nos reconocemos:

“Tú eliges el lugar de la herida

en donde hablamos nuestros silencios

tú haces de mi vida.

Esta ceremonia demasiado pura”.

ruy.cobe@gmail.com





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