Cochabamba, sábado 23 de junio de 2018

Philip Roth, el penúltimo gran novelista americano

Autor de Pastoral americana, La lección de anatomía y El mal de Portnoy, entre muchos otros títulos, fue uno de los grandes de la literatura del siglo XX. Uno de esos escritores que hacían que la ficción pudiera abarcarlo todo.
| Luis Alemany El Mundo | 27 may 2018



Medio mundo ha pasado años intentando descifrar la psicología de Philip Roth y sus contradicciones: un talento nitidísimo, un sátiro, un neurótico, un hombre conservador, un rompedor, un misógino, un obseso, un nostálgico, un americano y un judío dispuesto a cargar con todos los fardos de sus dos identidades... Son los flecos que adornan la fascinación que ha acompañado, desde hace 50 años, a la obra del novelista más importante de su tiempo, que sólo ahora acaba de dejar de ser nuestro tiempo. Philip Roth ha muerto en un hospital de Nueva York a los 85 años.

La vida de Roth debe contarse a partir de un lugar y un momento. Roth nació en 1933 en Newark, la mayor de las ciudades al otro lado del río Hudson. De Newark contaba Roth que era una ciudad de provincias tan aparente y tan próspera que los viajeros que se dirigían a Nueva York en autobús se bajaban en su estación pensando que aquellas calles sofisticadas y bulliciosas tenían que ser Manhattan. Newark, muchos años después, fue uno de los escenarios de los disturbios raciales de los años 60. La clase media y la burguesía blanca de la ciudad huyó entonces de allí y dejando una sensación de civilización caída, una nostalgia que marcó libros de Roth como Pastoral americana.

El momento también es importante: nacer en 1933 significa haber pasado la infancia obsesionado por la Guerra Mundial. Roth contaba que Norman Corwin, un poeta metido a locutor radiofónico patriótico, fue el primer gran impacto narrativo en su vida con frases del tipo “Un muchacho de Texas sale lanzado con una granada para enseñarle a un nazi dónde está el límite”. Muchos años después, esa figura y ese nexo entre reaparecería subvertido en La conjura contra América.

Los cuatro abuelos de Roth habían llegado a América en la gran migración judía de Galitzia. Sus padres ya habían nacido en Nueva jersey como casi perfectos americanos. Y Philip, llamado como su abuelo materno, ya estaba a un paso de ser un ex judío, más o menos ajeno al mundo oscuro y místico de sus abuelos. Jugaba al béisbol, sacaba buenas notas, tenía novias, trabajaba en verano y conseguía becas para ir a universidades buenas (Brucknell en su caso). Sus años del college coincidieron con la época dorada de la industria editorial estadounidense, los años de la bohemia de Greenwich Village: Mailer, Updike, Bellow, Gore Vidal... Los machos alfa de la cultura de su tiempo. Roth, que había tonteado con el teatro, empezó a decantarse por la narrativa en la universidad. Sus cuentos dieron con alguna tecla y el camino pareció despejado hacia un oficio que no podía ser más atractivo.

¿En qué punto se enrareció y se enriqueció todo? A estas alturas de 2018 es muy incorrecto contarlo así, pero todo se explica por una mujer. Una mala mujer como las de las películas negras de los años 40. Roth se había licenciado y emprendía la vida adulta. Goodbye, Columbus había tenido éxito y el mundo parecía nuevo para Philip. Pero apareció entonces en su vida una camarera un par de años mayor que él, guapa y rubísima: una belleza aspiracional para Roth, judío y moreno, que con ella cayó en que no era tan completamente americano como pensaba.

Sin embargo, aquella chica, Margaret Martinson, era ‘material defectuoso’. Inestable y colérica, no controlaba sus emociones, andaba regular de empatía, bebía mucho y, sobre todo, mentía con o sin necesidad. Un día, Roth se encontró con que habían entrado en casa y robado su máquina de escribir. Otro día descubrió el resguardo de esa máquina de una casa de empeños. Margaret era la responsable del robo y del empeño. Peor aún fue la historia de su matrimonio: Margaret (que ya tenía dos hijos) le enseñó a Roth una prueba de orina que anunciaba que estaba embarazada. Roth se lo pensó y le propuso matrimonio con una condición: que abortara. Margaret estuvo de acuerdo. Roth le dio dinero para la intervención y ella fue sola a la clínica. Al cabo de los meses, Margaret, bebida, reconoció a Roth que nunca había estado embarazada, que la orina de la prueba se la había comprado a una indigente que estaba encinta y que el día del falso aborto se había ido al cine a ver ¡Quiero vivir!, de Robert Wise. El divorcio salió carísimo. Y Roth no encontró un poco de paz hasta que cayó en manos de un psicoanalista vienés que encauzó su rabia y su estupefacción. Más o menos.

La novela Cuando ella era buena (1967) trataba obviamente sobre Margaret. Pero más importante fue El mal de Portnoy, la novela de 1969, como expresión de aquel dolor. Su protagonista era un masturbador compulsivo, obsesionado con su madre y neurótico, una especie de Woody Allen oscurísimo. Roth, que hasta entonces estaba en la categoría de joven escritor con buena mano pero que no acaba de encontrar su registro, halló un éxito muy notable. Cuando paseaba por la calle, los obreros le hacían gestos obscenos, le trataban como al masturbador enloquecido de su novela. La imagen pública de Roth, la del obseso cascarrabias y misógino, quedó moldeada en aquellos días.

¿Era justa esa imagen? Roth desencadenado, la biografía de Claudia Roth Pierpont (Random House, 2016), desmiente un poco esa fama. El Roth de los años 70 y 80 aparece en sus páginas, como un hombre razonablemente feliz: un escritor con influencia que se relacionaba con las mujeres con razonable éxito hasta el punto de que se casó con una mujer fuerte y atractiva, la actriz inglesa Claire Bloom (17 años de matrimonio razonablemente feliz y un divorcio razonablemente desdichado), que se mudó a Londres y construyó una red de amistades envidiable y que estuvo abierto al mundo. Checoslovaquia se convirtió en una de sus obsesiones. Viajó varias veces al otro lado del Telón de acero y se convirtió en uno de los abogados públicos de los escritores y los disidentes checoslovacos en Occidente.

Eso y la literatura, por supuesto. Durante los años 70, Roth alternó hallazgos, libros fallidos y momentos de bloqueo. Jugó a la sátira política (Nuestra pandilla) y al absurdo (El pecho). Y, sobre todo, inventó a Nathan Zuckerman, el alter ego que narró muchas de sus novelas, el observador distante y cabal pero no del todo sereno que unió obras como La visita al maestro, La lección de anatomía y, muchos años después, Pastoral americana.

Hablemos de Pastoral americana. En sus páginas aparece la historia de El Sueco, una especie de anti Gatsby de Newark: amable, educado, trabajador, marido fiel y buen padre... Su hija única tenía un par de problemas: la tartamudez y el peso abrumador de tener un padre tan ejemplar. Y, por eso, una semilla de rabia iba creciendo en ella. Entonces, llegaron los años 60 y aquella aspirante a virgen suicida encontró el marco cultural para entregarse a esa furia. Contra América primero, contra su padre después y contra sí misma al final. Los 60, la edad de la inocencia para los que no vivimos aquella época, aparece retratada en Pastoral Americana como un tobogán hacia la locura colectiva que termina con la autodestrucción de Newark. La fama de conservador de Roth venga, probablemente, de aquí.

Pastoral americana era parte de una Trilogía estadounidense en la que la radicalidad, el narcisismo, la violencia y la autodestrucción eran los temas de un imperio romano tambaleante. Me casé con una comunista era el complemento perfecto de la Pastoral y el símbolo de una época (fue escrita en 2000) en que la ironía y el escepticismo eran la manera más apropiada de ver el mundo. 20 años después, habrá quién reproche a Roth el pedestal desde el que miraba el mundo, su estatus de hombre blanco, americano, educado, heterosexual, privilegiado... Y todo eso será cierto pero importará poco comparado con unas cuantas novelas inolvidables.

Periodista





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