Cochabamba, jueves 16 de agosto de 2018

Último reportaje a Sergio Almaraz

| Walter Gonzales Valdivia (introducción) - Alfredo Medrano Rodríguez (entrevista) | 20 may 2018



La madrugada del 11 de mayo de 1968, en una clínica de la ciudad de La Paz, muere Julio Antonio Sergio Almaraz Paz a sus 39 años, cubierto por la sangre de una nueva hemorragia interna, delirando de dolor, preguntándole a su hermana Margarita: “¿Por qué nos ha ido tan mal en todo?”, según el retrato biográfico de Alejandro Almaraz Ossio.

En diciembre de 1967, el narrador y periodista Alfredo Medrano Rodríguez, a sus 24 años director del suplemento literario de Prensa Libre, realiza lo que vino a ser la última entrevista al célebre escritor y pensador boliviano Sergio Almaraz, autor de los libros El petróleo en Bolivia (1958), El poder y la caída (1967) y Réquiem para una república, libro póstumo publicado en 1969.

El singular reportaje fue publicado originalmente en la sección literaria del diario Prensa Libre, en 1967, bajo el título de “Mientras dura un café corto y tinto”, y ahora forma parte de la obra reunida de Sergio Almaraz en la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia.

La entrevista, por su técnica novedosa, fue elogiada por personalidades de nota, al extremo de que años después influyó en la formación y vocación de una pléyade de periodistas cochabambinos.

Uno de ellos es Wilson García Mérida, quien, al valorar la obra y trayectoria de Alfredo Medrano, que falleció el 16 de abril de 2006, rememoró: “Tal cual se lo reproché tantas veces, acuso hoy nuevamente a Alfredo Medrano de ser el culpable directo de haberme, sin saberlo él, inducido a abrazar este oficio de periodista, del cual me enorgullezco por eso mismo. Todo empezó cuando llegó a mis manos, en mis tiempos de colegial, un viejo ejemplar de la revista Praxis que era dirigida en los años 60 por don Nivardo Paz. En ese añejo número leí la entrevista que un tal Alfredo Medrano había efectuado con Sergio Almaraz Paz.

El reportaje era una pieza literaria insuperable en forma y contenido. Alfredo Medrano había estructurado esa entrevista al estilo de un cuento de Albert Camus, donde Almaraz aparece hablando acerca de la defensa de los recursos naturales y contra la estulticia de la política criolla así como hablaban los ángeles caídos de Anatole France. Fue gracias a esa lectura que me apasioné por Almaraz Paz y descubrí en la obra almaraciana las claves ocultas de un periodismo de investigación que todavía sigue siendo referente lejano para la prensa venal boliviana, que es la dominante inclusive en estos días de cambios que no cambian nada. Y no hallé otro mejor estilo de redacción que el desarrollado en los reportajes de Alfredo Medrano”.

En homenaje a Sergio Almaraz y Alfredo Medrano, tributamos ese memorable reportaje de hace más de media centuria con una vigencia extraordinaria. (WGV)

***

Una mañana de diciembre de 1967 tuve la grata oportunidad de entrevistar a Sergio Almaraz Paz, quien se encontraba de visita en Cochabamba, su tierra natal. Fue en un café.

Para un reportero que todavía anda tanteando, el enfrentamiento con un personaje de reputado talento es una prueba difícil. Acomodado frente a Almaraz, recordé una deducción del periodista español Manuel del Arco, fruto de sus experiencias de interviús con celebridades. “Lo corriente es, decía, que el interrogador y el interrogado sean intelectualmente distintos, unas veces con ventaja para el que pregunta, otras con desventaja. Cuando estamos en desventaja, aprendemos; cuando la ventaja es nuestra, conducimos al diálogo por donde nos da la gana”. Lógicamente, con el autor de El poder y la caída, mi situación era la primera.

Haciendo un ligero análisis de las declaraciones del entrevistado, se puede lograr una idea de su personalidad. Consecuencia, sinceridad y amplitud ecuménica son los rasgos más notables del pensamiento de Sergio Almaraz. Ahí queda imborrable el recuerdo de aquella consecuencia ideológica, tenaz e imperturbable ante todo riesgo. No es menos auténtica aquella sinceridad que impelía al hombre a desahogarse confesando que había caído en errores como el lanzarse a la militancia política en años de briosa y apasionada juventud, antes de que una madurez, fermentada de decepcionantes experiencias, le diera el don de discernir el camino verdadero. Y ahí está su concepción universalista de la revolución, contra tantas acusaciones que pretendían mostrarlo como a un revolucionario del nacionalismo doméstico.

Todas estas virtudes confieren al escritor y revolucionario el sello de lo selecto, en un medio donde la mediocridad intelectual tiene carácter de tradición y donde el juego político está tipificado por la defección y el engaño.

Me parece que este es el reportaje más conciso y sustancioso que he logrado. No tuve necesidad de ornamentarlo con mayor batido figurativo. La valoración de Almaraz no necesita retórica. En cambio su nombre puede servir de recurso calificativo para la ponderación de quienes sigan su luminosa huella, truncada por una muerte cuya patética sorpresa fue el golpe artero de un sicario comisionado por la reacción.

Esta entrevista con el escritor Sergio Almaraz Paz fue celebrada al calor de un café central, en compañía de dos amigos más, con cafetines profundos.

- Buenos días, don Nivardo ¿Cómo le va, don Carlos Berdecio? Mucho gusto de conocerlo, señor Almaraz.

- Encantado.

Mientras conversa mi entrevistado, lo examino.

Reluce una frente despejada, atravesada por vigorosos surcos. Una mandíbula alargada muerde una voz clara, convencida. El nudo de su corbata parece aflojarse con el juego de una prominente nuez.

Viste con mesurada elegancia, algo a la antigua: pantalones a raya alto suspendidos por dilectos tiradores, remarcando la liviandad de un cuerpo delgado.

Nació en Cochabamba, el 19 de diciembre de 1928. Estudió en la escuela Carrillo, La Salle e Instituto Americano.

Llegó hasta el cuarto grado de Derecho en la Universidad Mayor de San Andrés.

- ¿Por qué no concluyó?

- No era mi vocación el Derecho. Debí haber sido sociólogo o economista, aunque temía a las matemáticas.

- Sin embargo el carácter de sus ensayos le exigen un elemental dominio de números.

- Más de teoría económica.

El marxista

Afirman y confirman que Sergio fue un muchacho que tuvo que vencer muchas vallas que la conspiradora pobreza le iba poniendo en el camino. Luchó a fondo. A los 18 se ganaba unos pesos publicando “articulillos”, ayudado por el escritor Jaime Saenz Guzmán. Después trabajó para el Comité Coordinador Interamericano que entonces se encargaba de la propaganda antinazi.

Su adolescencia comenzó a ser alimentada por las enseñanzas del marxismo, bajo la tutela de un pariente suyo: don Nivardo Paz.

- ¿Desde qué edad leía marxismo?

- Desde los catorce, le debo mucho a Nivardo.

- ¿A qué edad fue militante político?

- A los trece, en el PIR. Formaba parte de la Célula 19, teniendo de jefe a José Quiroga Castro. Más tarde abandoné el PIR para fundar el Partido Comunista, al que también renuncié el 56.

- ¿Por qué renunció?

- Porque el partido había llegado a un punto muerto en su proceso ideológico. Además, creo que hay que tener dureza para ser comunista.

- ¿Qué clase de dureza?

- Saber dominar el impulso individualista que hay en todo ser. Tener del partido la misma idea que se tiene de la Iglesia y ejercer más una vocación que una militancia. Al respecto puedo recordar lo que dijo Camus: “Los intelectuales seremos siempre los girondinos de la revolución”.

- ¿Volverá a militar?

- Nunca más cometeré en mi vida el error de ser militante político.

- ¿Marxismo es precisamente sinónimo de izquierda?

- Sí, y la izquierda es revolución.

- ¿Y la revolución?

- La revolución es el socialismo. Mi vida carecería de sentido si no tuviera la posibilidad de comprometerse en una acción militante. Militar al servicio de una causa; saberse soldado de una causa. Esa causa tiene un nombre: revolución; la revolución socialista universal irrestricta que sea capaz de borrar como con una espátula toda la miseria y la estupidez que dominan el mundo actual.

- ¿Hasta dónde pueden llegar los marxistas en lucha individual?

- Los marxistas, a diferencia de los cristianos de izquierda, nos entregamos a la revolución casi desesperados y sabemos que individualmente no podemos esperar tanto. Individualmente estamos perdidos.

- Usted también es nacionalista…

- No existe diferencia cultural alguna, desde el punto de vista de la conciencia, en ser marxista y nacionalista. El nacionalismo es la gran herramienta para la defensa de nuestros países.

- ¿A dónde conduce el nacionalismo?

- El nacionalismo, sin partir de la revolución, conduce a la revolución. Y la acción revolucionaria, para ser marxista y nacionalista, debe expresarse a través de la defensa de los valores nacionales.

Sin necesidad de ser conspiratoria, esta es una reunión donde la palabra “revolución” es la más frecuente; un rato sonora como el bronce de una campana tocada a rebato; otro rato suave como el arrullo de una paloma o estremecedora como la culata de un fusil vomitando fuego.

Hay nostalgia por la revolución en los ojos y en el corazón de los viejos revolucionarios. Lamento y pesar.

- Éramos jóvenes y nos engañaron –acusa una voz.

- Fuimos pecadores –asiente otra.

- Uno de nuestros más grandes pecados fue el 21 de julio –remata la siguiente.

- La revolución del 52 fue también nuestra.

- Pero no supimos reclamar nuestro derecho. Debíamos enrolarnos a ella. Vimos marchar la revolución desde la acera del frente, convencidos de que era una revolución de pequeños burgueses…

Sorben la nostalgia en el café.

Recuerdan una de las figuras poéticas más celebradas de Nicolás Guillén: “Pasó la revolución bajo un arco de machetes”.

El escritor

Almaraz saborea un yogur con miel. Tiene en su haber dos libros; Petróleo en Bolivia y El poder y la caída, ensayo que hace “tentativa de definir la estructura del poder en Bolivia” y que mereció el Premio Municipal de Literatura y Ciencias 1966 de Cochabamba.

Casado. Dos hijos.

Actualmente dirige la revista Clarín Internacional. Está dedicado a preparar la segunda parte del Poder y la caída.

- ¿Cuál es su próxima ambición de escritor?

- Escribir sobre las corrientes ideológicas del pensamiento boliviano.

- ¿Qué literatura le influyó?

- Hasta hoy la literatura soviética: Dostoiesvski, Gorki; los norteamericanos como Hemingway, y en general la literatura social de la época.

- ¿Qué otros escritores le atraen?

- Camus, Sartre, Thomas Mann

- ¿Qué le enseñan ellos?

- Nos ayudan a comprender los fenómenos de conciencia.

- ¿Qué escritor boliviano…?

- Sin pensar dos veces, Carlos Medinacelli. Debe ser el único escritor en el que la obra se confunde con la vida. Sin embargo, hay una conspiración contra él dentro del actual trabajo de los críticos.

- ¿Cómo conspiran?

- Deformando sus valores reales.

- Usted escribió un artículo titulado “Buscando el de profundis de una generación? Le muestra muy pesimista frente a las posibilidades culturales del país. Don Nivardo le replicó en el número 3 de Canata.

- Sí –interviene el aludido-. Lo terrible es que pasa más de cinco años de esa polémica sobre algo que atañe mucho, particularmente a los intelectuales bolivianos, y sin embargo, nadie más ha dicho nada. Este es un signo de la profunda crisis que sufre nuestra cultura.

- Creo que nuestra generación ha fracasado –afirma Almaraz en tono de reproche.

- ¿Por qué? –retruco.

- Porque nacimos tarde a las grandes corrientes en Bolivia, como el nacionalismo y el marxismo. Y nacimos demasiado pronto para enfrentar la crisis que está sacudiendo al mundo. Nuestra preparación humana, cultural, no es sólida para buscar soluciones a estos grandes problemas. Sin embargo, es posible que podamos hacer algunos aportes en el gran campo de la revolución que se avecina.

La entrevista ha durado el tiempo en que pueden secarse cuatro tacitas de café y extinguirse la chispa de unos cigarrillos… sin haber encendido la revolución.



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