Cochabamba, domingo 19 de agosto de 2018

Javicho Soria, el cineasta que vive de la comedia

Una breve descripción del comediante de stand up más representativo del país, quien recientemente actuó en Cochabamba.
| Esteban Améstegui L. | 13 may 2018



La primera vez que supe de Javicho Soria fue durante mi primer semestre en la universidad, cuatro años atrás. Una vez por semana me trasnochaba con mi amigo Tarek Abugoch –quien, por cierto, ahora es standupero–, supuestamente para estudiar y hacer trabajos juntos. Para ser honesto, eran jornadas de procastinación extrema, en las que hablábamos de todo y veíamos cualquier cosa con el fin de evitar hacer lo que debíamos.

Tarek estaba decidido a meterme al mundo de sus comediantes favoritos. La mayoría de ellos me hacían recuerdo a los cuentacuentos que fingen su voz y teatralizan demasiado sus presentaciones. Ya me daba por vencido con los standuperos, hasta que vi el show de Javicho Soria.

En la presentación que dio en el Festival de Ciudad Emergente 2014 en Buenos Aires (disponible en Youtube), conquistó al público argentino con la milenaria técnica de burlarse de sí mismo. Comenzó hablando del boliviano, poniendo en palabras todo lo que los argentinos piensan pero no pueden decir. Una vez ganada su confianza, se burló de ellos y del resto del mundo. Nadie estaba a salvo. Quizás sus chistes exageraban las situaciones, pero no a sus personajes. La efectividad de su estrategia estuvo en no abusar de ella.

Otro acierto de su show estuvo en el timing de su repertorio. Muchos comediantes suelen terminar con sus mejores chistes de manera precoz o se los guardan hasta el final y nunca consiguen un clímax. Los chistes de Javicho se complementan y construyen una narrativa. Él tiene una estructura.

Cuando me dirigía a entrevistarlo, recibí un mensaje suyo cinco minutos antes de la hora acordada, decía que ya estaba en el café y me esperaba. Al entrar a Casablanca pude identificarlo rápidamente. Vestía jeans y un canguro, casual pero no desalineado.

Javier Soria tiene 36 años, pero aparenta unos 30. Su pedido en el café fue un jugo de frutas sin azúcar para cuidar sus niveles de insulina. Hace años que no toma alcohol, al menos en las cantidades suficientes para estar borracho. “En nuestro contexto se presiona mucho a tomar, como si el alcohol fuera la única forma de compartir. Aprendí que no me debe importar si los demás se ofenden si no bebo como ellos. Ya no cedo a esa presión social”, se justificó.

Estudió Comunicación Social en la Universidad Católica de La Paz, “la carrera donde entran todos los que querían ser otra cosa”. En realidad, quería ser cineasta. Por eso, como maestría, estudió cine en la Universidad de Buenos Aires (UBA), y hace poco terminó la carrera de director en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC) de Argentina.

Sin embargo, él no vive del cine sino de la comedia. El año 2014 ganó el Campeonato Argentino de Stand Up Comedy entre más de 300 competidores. Muchos lo conocen como el Elba Masterchef de la comedia argentina.

“La comedia es un alivio para mí, se siente como salir del espectro de la realidad, que a veces es horrible, y reírse de él. Incluso puede llegar a ser terapéutico aunque este no sea el fin del comediante. En mi caso se volvió una forma de afrontar la vida. Ahora, cuando tengo un problema, lo veo como una oportunidad cómica. Mi familia a veces me odia por esto, ya que no me tomo las cosas muy en serio”, reflexiona.

Según él, la diferencia entre sus dos pasiones radica en la naturaleza social de su elaboración. Su similitud, en cambio, en la retribución económica. “Al final del día eres tú quien escribe los chistes y se presenta en el escenario. En el cine es importante confiar y delegar responsabilidades a otros. Lo que tienen en común ambas cosas es que no son áreas muy renumeradas”.

El artista escénico ambiciona cosas grandes. Actualmente, se encuentra trabajando en el proyecto de un programa televisivo estilo Late Night Show. También busca explorar otras ramas de la comedia para no ser conocido solo como comediante de stand up.

“Aspiro a presentarme en escenarios como el de Madison Square Garden en Nueva York. No visualizo tener una vida convencional, con esposa y tres hijos”.

Como muchas personas de su generación, él no cree en el matrimonio. Disfruta mucho de sus espacios y tiempos solo, así es que recarga energía. “Soy bueno con las personas, pero malo con la gente”. Le gustan los grupos pequeños por la comunicación fluida que existe en ellos. Asimismo, participa menos de una conversación a medida que el grupo va creciendo. Por otra parte, tampoco es el tipo de persona que comience una conversación con un desconocido, pero pierde toda timidez en el escenario.

A lo largo de la hora de entrevista, me di cuenta de que Javicho se incomoda fácilmente con ruidos y ciertas actitudes. Por ejemplo, detesta el sonido que hacen las personas al mascar chicle y respirar con la boca abierta. También a las personas que gritan o tocan bocina sin razón, los que se cuelan en las filas, los borrachos cariñosos y la gente intensa que nunca se calla.

De igual modo, reconoce tener ciertos comportamientos obsesivos, como no poder dejar películas y libros sin terminar, por más malos que sean. “Tampoco puedo irme de una habitación sin que termine la canción que está sonando. Puede que esté tarde para un compromiso, pero, si estaba escuchando una canción de U2 en mi cuarto y recién va en la mitad, espero a que se acabe para recién salir”.

Fueron sus estudios cinematográficos los que hicieron que se quede en Argentina por ocho años. Ahora, son sus buenos resultados en la comedia que lo traen vuelta a Bolivia. Javicho reside en la ciudad de La Paz y realiza giras por todo el país, capacitando a nuevos comediantes y presentando su nuevo material cómico.

Periodista – estebanamestegui@gmail.com



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