Cochabamba, martes 21 de agosto de 2018

Tardes de lluvia y chocolate

Nuestro columnista conversa con su colega de letras, la cochabambina Amalia Decker, sobre su novela Tarde de lluvia y chocolate, sus temáticas y las formas en las que se hilan dentro el relato.
| Iván Gutiérrez | 13 may 2018



Borges en el seminario Enigma y poesía nos dice que los libros son sólo ocasiones para la poesía. Que en ese sentido el lenguaje sufre una transformación, deja su dimensión funcional de comunicación, para despertarnos pasión y placer. En ese marco un libro afecta nuestro ser, nos apasiona y despierta preguntas. Porque descubrir un problema nuevo es tan importante como descubrir la solución de un problema antiguo.

Amalia Decker escribió la novela Tardes de lluvia y chocolate, un libro donde el ocasionar de la poesía visualiza la relación, o la historia íntima del suceder de su familia en el tiempo. Es inevitable, desde el principio, no preguntarnos sobre los secretos de la nuestra. En ese preguntar estoy seguro que confirmamos y exponemos nuestros mayores delirios, fortalezas y sueños diluidos. Nos afectamos con el libro y nos invita a pensar en nuestros afectos más cercanos en ese principio y final constante; la familia, el amor, el adiós.

-Cuál es el reto de escribir sobre la intimidad de tu familia, a diferencia de escribir algo en lo que el tema parte totalmente desde la ficción.

-Creo que el reto de cualquier escritor es seducir al lector con historias que no le sean ajenas, que le muevan el fuero interno y que pueda mirarse en un espejo que, sin ser el suyo, le lleguen al alma. Y para ello, personalmente, parto de la realidad. Ese creo que es el artificio, historias de ficción construidas sobre verdades. Es como tener el mundo a mi alcance para mejorarlo o achatarlo a mi antojo.

Por lo demás, creo que aquello de hacer pura ficción o basarse en hechos reales es una antigua y ociosa polémica entre quienes piensan que el aporte autobiográfico desluce al trabajo literario de ficción, versus quienes sostienen que lo válido para la calidad es la pura fantasía o invención del autor fuera de su propio mundo. Como todo en la vida, habrá que encontrar el justo medio.

Así como es natural que el creador literario encuentre en su propia experiencia, en los momentos estelares, en las cimas o en las simas de su propia vida, los apuntes trascendentes de su obra, también los hitos más ponderados y bellos de la literatura universal están “contaminados” de rasgos autobiográficos.

Desde mi perspectiva, me cuesta sustraerme de los hechos, de las experiencias propias. Parto de ellas para luego dejar volar a la imaginación y así lograr una historia de ficción cercana a los lectores. Las historias familiares y sus secretos, los cuentos de la infancia, del colegio tienen que provocar esa impronta. Y esto combinado con la ficción, puede dar rasgos invaluables a la creación.

-Pensar que Pusa-Pusa es simplemente un lugar donde pasan cosas sería restarle intensidad a todo el proyecto narrativo. De repente se vuelve en la geografía que sostiene y protege todo el universo narrativo del libro siendo un espacio donde el terreno de la posibilidad sana a los protagonistas y también enferma. ¿Puedes explicar más acerca de esta concepción de un espacio geográfico como escenario para sostener un proyecto narrativo?

-Pusa-Pusa, como tú dices, podría ser Macondo, Comala o cualquier otro de los tantos parajes no sólo de la tierra que pisamos y padecemos sino del universo geográfico que es infinito. Pero, un pueblo chiquito, un pueblito de provincia, donde pareciera que el tiempo se ha detenido, es, pues, el mejor escenario de una novela ecuménica, donde caben todos los santos y los demonios universales.

Pero, mira tú que el inventor de la novela moderna, el ingenioso Hidalgo y su fiel compañero de aventuras, no salen del acotado altiplano manchego, pero su talento e imaginación, le da a la obra el vuelo estelar que la hace extraordinaria.

Y permíteme citar y reivindicar a una grande que debió estar subrayada junto a los grandes del boom: Elena Garro. Un pueblo ruidoso de la sierra mexicana no sólo es el escenario, sino que es la voz narrativa de la portentosa novela Recuerdos del porvenir. Ese pueblito se convierte en el escenario de un proceso gigante como fue la revolución mexicana, incluida la guerra de los cristeros.

Entonces, Pusa-Pusa es eso, son las distancias obvias.

-En la novela escribes acerca de la revolución del 52, acentuando en lo necesario y traumático que llegó a ser para ambos sectores: hacendados y campesinos. En distintos momentos dices que, a pesar de las dificultades de asumir este tipo de fragmentaciones y reconstrucciones sociales, era totalmente necesario ¿Puedes ampliar ese concepto de revolución?

-Las acciones de los hombres en general responden a sentimientos buenos o malos. Y, en medio de una revuelta o revolución, estos se exacerban y producen heridas a unos o cicatrizan las viejas de otros.

En general, los hechos de gran magnitud social han sido y son un acicate para la producción literaria, desde siempre. La novela exorciza los odios, los amores y, claro, devela las bajas pasiones de los sectores involucrados. Y en un pueblo pequeño como Pusa-Pusa, los sentimientos, las pasiones, el amor, el odio. En síntesis, los pecados más recónditos salen a la luz con una fuerza brutal, los mismos que en los grandes conglomerados se esconden o se pierden en la multitud anónima: pueblo chico infierno grande, dice la leyenda.

La guerra es más cruel, aunque las más de las veces estúpida, porque la pelea es con un ser humano que vive a tu lado. Por eso en un pueblo pequeño es posible descubrir los matices, salir del blanco o negro, de las caricaturas para descubrir a los seres humanos de carne y hueso, con virtudes y defectos: unas veces son buenos y otras malos.

-Leer tu novela me enfrenta al fuero interno de un núcleo familiar. Revela el secreto de las relaciones de familia. Por referencias que haces en la novela parece ser que las familias demarcan nuestros destinos. Como que estamos condenados a repetir los errores de nuestros padres, definen cómo finalmente pasaremos por la historia. ¿Qué opinas?

-Es verdad, he construido un cuadro familiar de una Cochabamba bucólica producto de una historia familiar que nace en otro continente y quizá con esa marca trata de huir de la holganza en la que vivía la clase dominante de entonces. Al principio me aferro a la cotidianidad de una familia que en aquellos tiempos era típica. Sin embargo, la narradora, insuperable husmeadora, encuentra rincones cerrados a siete candados. Descubre verdades que la perturban pero que enriquecen su mirada crítica y valora el silencio atávico de las mujeres de su familia. Después, los caminos familiares se van disgregando, pero permanece la sangre, la fuerza de la ADN de mujeres fuertes y guerreras que cuando saben lo que quieren, recorren con determinación el camino que nunca termina sino cuando sus metas se encuentran o cuando las plegarias llegan como un milagro. Es difícil saber si los errores se repiten. Lo que si se reitera de generación en generación, son los instrumentos vitales de la cepa de la fundadora.

-La idea del amor en el libro se liga, desde mi percepción, al título: que se desliza y evapora como la lluvia, que te impregna como el chocolate. Lo terrible está en el afrontar lo que sigue. Después de la humedad y la dulzura, todo evoca melancolía. Los personajes del libro son fuertes, indudablemente han amado con intensidad, pero, a la vez, se reponen para enfrentar su proyecto de vida. Nunca se abandonan totalmente a la pasión, son muy lúcidos en no olvidarse de ellos por el otro (el ser amado), aunque obviamente en toda despedida vamos muriendo un poco. Cuéntanos sobre el título y sobre la memoria del amor en el libro.

-Cuando el libro cobra autonomía, cuando se aleja de su creador, empieza un vuelo de la mano de sus diversos lectores. A veces, uno de ellos puede otear ideas y sentimientos del autor, en las que no se ha parado a reflexionar. Por ejemplo, como tú lo haces, cuando descubres o más bien inventas las razones del título. El alcance que tú le das es más hermoso que el de la idea original que tiene que ver con el premio que aún se utiliza en nuestros tiempos. El premio al silencio, el soborno para que los niños den una tregua y no interrumpan los amores de una recámara cerrada, aunque algo intuíamos, algo feliz que ocurría cuando el aguacero caía y el chocolate llegaba dulce a la hora de la merienda y el amor. Hoy me quedo con tu linda lectura “Se desvanece como la lluvia y se impregna como el chocolate”.

Escritor y docente - gutimoscovan@gmail.com





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