Cochabamba, domingo 27 de mayo de 2018

Cianotipia, fotografía y memoria

Cochabamba se ve en fragmentos cada vez más pequeños. Se trata de una mirada única, a través de un procedimiento monocromático que descubre la belleza del pasado en un torna azul.
TEXTO y fotoS: Por Diego Echevers TÓrrez/// | | 06 may 2018



Disculpe usted, estimado lector, por hacer que este pequeño relato sea demasiado personal. Pero, por favor, permítanos compartir con usted la posibilidad de descubrir un escenario en el que el retorno a las viejas formas de hacer y entender la vida cobra, cada día más, la posibilidad de revivir con mucha fuerza.

Algunas veces tengo la oportunidad de recorrer la ciudad con una cámara, y tristemente cada vez siento menos aquellos espacios que guardaba en mi memoria. El paso del tiempo la está transformando y no faltarán los que  digan que es bueno modernizarnos.

Recuerdo con lejanía el revuelo que otrora causara el ilustre Coronel Rivas con su topadora, abriendo un tajo profundo a la historia de una ciudad de valle, que ahora lleva el nombre de avenida Ayacucho. Entre los despojos de aquella tajante medida, recuerdo también que la vieja Cochabamba yacía en pedazos de tierra.

Ese entonces, todavía era bastante chico, pero desde que tengo uso de razón aprendí a amar el adobe, la arquitectura hecha a mano y, sobre todo, las viejas fotografías. Seguro estoy de que muchos de los ilustres arquitectos mayores que todavía nos acompañan recordarán vívidamente la riqueza histórica y cultural de aquella Cochabamba de barro y teja muslera de la que hablamos, que, más allá de discutir sobre si estuvo bien o no el proceso de modernización de la ciudad, darán fe de una otra ciudad que existía para quienes no tuvimos la suerte de disfrutarla en toda su magnificencia arquitectónica. Digo esto sin ningún afán controversial de discutir sobre los valores simbólicos de la arquitectura colonial y republicana, lo digo simplemente por el afán de recordar la ciudad que acunó la gastronomía más reputada del país en su adobe, en su tierra.

En el apego por un espacio que siempre privilegió la contigüedad y la cercanía, aquella que se fijaba siempre en las cosas hechas a mano; una ciudad que prefería el mote cocido en olla de barro, antes que el que podía prepararse en una olla de presión.

Pues bien, antes de que usted me tilde de romántico empedernido (que en honor a la verdad lo soy de las cosas viejas y abandonadas), estimado lector, le pido que me lea desde el punto de la reflexión en torno a cómo la ciudad se ha ido nutriendo de épocas y momentos de la historia, hasta alejarnos de lo que en realidad somos: seres naturales de la creación que poco a poco nos estamos alejando de nuestra humanidad, para convertirnos en seres superiores, impulsados por la tecnología a la que cada vez le damos mayor espacio.

En honor a la verdad, había antes una otra fotografía, así como otra arquitectura, que con la emergencia de la tecnología, vieron migrar de la memoria sus formas de ser, para dar paso a la reproducción exacta e inmediata del “archivo” digital. Es quizá por ello que hacer fotografía a la antigua, usando película y químicos para crear y descubrir la magia de aquello que se hace pensando y sintiendo, sea hoy más que todo una declaración de principios y de vida.

Y es que con todo esto tampoco desdeñamos la realidad y algunas de las facilidades generadas por la fotografía digital, así como la realidad actual de la ciudad: nuestro amor es infinito por ambas. Pero también es necesario darle lugar a la memoria, para no dejar de ser lo que somos, y sobre todo por cómo somos. Es por ello que compartimos con usted, estimado lector, un pequeño avance de una serie fotográfica que recupera técnica y procesos procedentes del Siglo XIX y de principios del XX, para testimoniar, con viejos ojos, lo poco que queda de la vieja Cochabamba en nuestros días, por lo que puede apreciar en este artículo, parte de la serie titulada Fragmentos.

LOS OJOS VIEJOS QUE ALIMENTAN LOS FRAGMENTOS 

La cianotipia es una técnica de copiado fotográfico muy antigua. Fue desarrollada por Sir John Herschel en 1842 y gracias a su procedimiento, un par de años más tarde, Ana Atkins, quien es reconocida como la primera fotógrafa de la historia, publicaría una serie de libros de botánica gracias a este proceso.

Su particularidad azul, por el resultado de la oxidación de sales de hierro en contacto con los rayos ultravioleta, le ha valido su reconocimiento a lo largo de la historia de la fotografía como una de las técnicas más utilizadas en el campo de la impresión por contacto, y particularmente en el idioma inglés, como la definición literal de los de planos técnicos: “blue print”.

Sin embargo, con el paso de los años esta técnica fue perdiendo popularidad porque el avance tecnológico permitió copiar fotografías de una manera más precisa, toda vez que en la cianotipia intervienen muchos factores aleatorios que a veces son difíciles de controlar, si el proceso de copiado es seguido al aire libre. Así, en más de un siglo de avances y particularmente por la aparición de las copias xerográficas, allá por los años 80, la cianotipia quedó relegada de la escena mundial, para dar paso a la vorágine tecnológica que vivimos hoy por hoy.

Hace unos cuantos días tuve la suerte de poder compartir algo de fotografía análoga, con muchos jóvenes diseñadores durante el desarrollo del Encuentro Internacional de Diseñadores Gráficos organizado por la UCATEC. Fue un espacio donde pude descubrir la avidez con la que estos chicos encontraban la posibilidad de viajar en el tiempo, para descubrir aquellas cosas que ya solo se ven en el cine o el internet.

Fue reconfortante ver -y sobre todo sentir- que hay cosas que en la vida pueden irse durante un tiempo, pero si la pasión que nos mueve sirve para recuperar el espíritu de trabajar con las manos y no depender, necesariamente, de máquinas para producir algo que expresa nuestra forma de ver y pensar, entonces vamos por un buen camino.

Es de esa experiencia que recordé que desde hace un tiempo venimos trabajando en una serie fotográfica que esta inspirada en los pequeños fragmentos antiguos que todavía quedan en la ciudad y la región, para la cual recurrimos justamente a la cianotipia como recurso.

Partiendo de la idea de que la ciudad es el resultado del tiempo y el paso de generaciones, esta debe entenderse como la sobreposición de capas de historia que al decantarse suponen también la sobreposición de fragmentos que definen el espacio que habitamos. Tal vez por ello esta serie se expresa de la manera que se muestra: argumenta pinceladas irregulares de emulsión sobre el papel, para luego dar paso a encuadres muy pictóricos, dramatizando de esa forma, sobre los resquicios únicos que dejan los espacios antiguos de la ciudad. La serie de la que hablamos se inspira precisamente en ellos; explora la búsqueda de esos fragmentos que todavía existen, para atestiguar y decirle al mundo, que todavía podemos guardar algo de nuestros abuelos; algo de nuestra infancia, para no perder ingenuamente la vida, para no ganar ingenuamente la muerte de nuestra memoria.

En esta serie fotográfica no existen dos copias iguales, cada pieza es única, así como la vida misma, donde no existen dos formas iguales de vivir y acercarnos a la ciudad. La tierra, la piedra, y particularmente la arquitectura de antes, así como la fotografía química, cada vez quedan más relegadas a la desaparición, pero considero que en tanto podamos generar espacios de reflexión para la forma en la que vemos y sentimos la ciudad, de alguna manera haremos que la fotografía realmente cumpla su verdadero sentido: alimentar la memoria.

Por una fotografía siempre consciente, que reflexione los temas, los procesos y las técnicas, esperamos que este testimonio sea un primer paso que resume nuestra forma de pensar y de observar.





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