Cochabamba, jueves 13 de diciembre de 2018
CINE/PINTURA

Evocación de Enrique Arnal

La autora repasa la vida, obra y palabra del pintor boliviano, al que está dedicado el documental Enrique Arnal, el mundo de su memoria, que se proyectará este martes 8, a las 19:00, en el Centro Simón I. Patiño (calle Potosí No 1450, casi Portales). El ingreso será libre.
| Alejandra Echazú Conitzer | 06 may 2018



Enrique Arnal paseaba elegante por la ciudad y dejaba una estela, quizá sin quererlo, algo intimidante. Cuando pude entablar amistad con el artista, quien era un conversador extraordinario, la figura que me había parecido distante se convirtió en presencia cálida, evocadora e inteligente y surgió la necesidad de registrar sus anécdotas y filosofía. Fueron dos largas tardes invernales de conversación, cuya fuerza permite ahora presentar un documental sobre el arte y las pasiones de Arnal, titulada El mundo de su memoria, dirigida por su hijo Matías, estrenada en La Paz el 12 de abril en la Cinemateca (y que estará en el Centro Patiño de Cochabamba este martes 8 de mayo). Una de las grandes motivaciones de las entrevistas era empequeñecer el registro de mi voz y permitir que la de este gran pintor resuene en toda su justicia y dimensión.

Enrique Arnal nació en el complejo minero de Catavi en 1932. Mis años de infancia fueron para mí una época de felicidad, si se puede denominar así mi vida infantil en las minas. Un paisaje gris, un paisaje de un aire ácido, un paisaje no de ciudad, si no de campamento minero autónomo y he recurrido a mis recuerdos de entonces como sustento para mi vida misma: una riqueza, una cierta percepción de lo misterioso de la vida, de la manera de convivir.

Arnal estudió en Oruro, La Paz y Buenos Aires y vivió en diversas ciudades europeas y norteamericanas. Durante las dictaduras militares estuvo exiliado en Paraguay, Argentina y Chile. Esta trashumancia vital hizo de él un cosmopolita y bebió de otras culturas.

Mi evocación de Arnal se nutre de vertientes simbólicas de su obra y me referiré tan solo a dos, al toro y al aparapita, con el fin de demostrar cómo su arte nace de profundas reflexiones. Para Arnal, el toro representa lo indomable e intuitivo como vehículo de creatividad y de plenitud. El toro es el símbolo de la espontaneidad y de lo irracional y del ímpetu que tenemos algunos pintores y artistas de traer como ejemplo el vigor y la acometida. Le atrae la robusta forma del animal y su estampa le parece excepcionalmente hermosa. Un día lleva consigo al pequeño Matías al lugar donde alquilaba un toro para estudiarlo y retratarlo. El niño pregunta por qué no dibuja el animal de manera más realista, por qué no dibuja “la realidad”. Su padre le explica que si el toro existe, es necesario dibujarlo para darle vida en otra dimensión, la del arte, la de la cultura y la del simbolismo y eso solo se logra a través del artificio del arte, del dibujo, de la pintura. El toro está ahí y ¿por qué hay que hacer otro toro? ¿Por qué dibujarlo? La razón es un poco irracional, los artistas también nos llevamos por llamados irracionales, por selección de temas que nos interesan de los cuales queremos y podemos hablar.

En la década de los setenta, Arnal dibuja Aparapitas, personajes humildes que cargan productos en sus espaldas. Los lienzos de esta serie son de grandes dimensiones, algunos de ellos con paspartús de tinta, las figuras están caminando, agachados, de frente, de espaldas y sin rostros demarcados. Los tonos grises y violáceos reflejan lo que era, hasta hace algunos años, su vestimenta. Mucho se ha especulado sobre esta serie, romantizando al personaje cuando, para Arnal, resaltar el anonimato urbano era lo esencial. Son figuras que no tienen caras visibles, más bien siluetas.- son del montón, no son figuras individualizadas, representan el mundo cotidiano, de lo que uno ve en la calle, de la convivencia anónima. Arnal sintió además un vínculo muy particular entre el artista y el aparapita, al considerar que ambos eran seres marginales. Su atracción sobre mí era la del marginal, un hombre no incluido en la vida cotidiana de la ciudad. Esta marginalidad es parecida al del artista en este país y me hizo coincidir con un tema. En realidad la silueta es de un hombre aislado y marginalizado. En efecto, en Bolivia el aparapita se desplazaba por una periferia concreta (la zona de los mercados, fuera del centro burgués de la ciudad), mientras que la periferia del artista es simbólica y se manifiesta en el imaginario de la sociedad. El cargador posee incluso una utilidad económica, el artista no la tiene; luego de la Revolución del 52 no se crea una nueva burguesía dispuesta a otorgar ganancias al artista. A pesar de esa marginalización, ya que no son ni comprendidos ni valorados, ambos gozan de una utilidad social y son privilegiados observadores de la sociedad.

El corazón del arte de Arnal se encuentra en una búsqueda filosófica y constituye la síntesis de un análisis del contexto: Hay que tener espíritu de bucanero para ser artista, hay que descubrir mundos. El artista no está establecido cómodamente en la cultura. Y existen actos de la cultura que se tonifican en la barbarie. En este sentido, el arte es una transformación que forma parte de la aventura, de la indagación, de la curiosidad por la realidad y que en el proceso de análisis intelectual y consciente, se plasma luego en el lienzo: hay una provocación, un encantamiento, yo no he tenido miedo al blanco, el miedo viene de cuándo parar de pintar. Primero, nace un concepto, luego se libera de esto porque el cuadro mismo lo guía y hay una acumulación de imágenes; el oficio solo ejecutado sería muy aburrido, el verdadero arte cuestiona, dialoga. El arte es un viaje del espíritu y uno mejora como artista cuando se despoja, cuando se renuncia al bagaje y hay un pacto, una forma de comportamiento ético, de no mentir. Y, al mirar su vida, el artista debe sacar elecciones.

El legado artístico de Enrique Arnal es inseparable de la honestidad de su pensamiento. Para Arnal el proceso de interpretación y de transformación simbólica en el arte forma parte de un compromiso vital que él asumía como ser humano y como artista.

Literata



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