Cochabamba, lunes 10 de diciembre de 2018

Cine de encargo y de autor

Una lectura más de Eugenia, el más reciente largometraje del cineasta cochabambino Martín Boulocq, que desde este jueves 10 se exhibirá, a las 19:30, en la sala de cine Première (edificio del Colegio de Abogados, en la avenida Heroínas entre 25 de Mayo y España). Para más información, los interesados pueden llamar a los teléfonos 4067879, 71465656 y 65749391 o visitar la página del cine en Facebook.
| Santiago Espinoza A. | 06 may 2018



El cine de Martín Boulocq tiende a dividir las aguas. Las aguas del público, la crítica y el medio cinematográfico boliviano en general. Lo hizo con su debut, Lo más bonito y mis mejores años (2005), que, con su aparente desprolijidad y despolitización, repelió a toda una generación precedente, a la vez que inspiró a otra venidera en cuyas obras (pienso en Juan Álvarez, Diego Revollo o Eddy Vásquez) su impronta es evidente. (No por nada hoy es considerada una de las 12 películas fundamentales del cine boliviano.) Lo volvió a hacer con Los viejos (2011), su segundo largo, que, con su radicalidad contemplativa, no caló tan bien entre quienes encumbraron al realizador por su cinta anterior, pero dejó nuevos y/o renovados entusiasmos por su audacia formal. Incluso con su mediometraje Los girasoles (2014) supo reactivar expectativas sobre el curso que tomaría su obra, para bien o para mal.

Eugenia, su tan esperado tercer largo, no es una excepción. Ha vuelto a dividir las aguas. No es para menos, tratándose de un filme que, por decirlo rápido y fácil, supone una inflexión en la carrera del cineasta cochabambino. Ahí están los que celebran la madurez creativa que revelaría, pero también los que le reclaman por una eventual renuncia estilística. Incluso al que escribe estas líneas le es complicado sustraerse de las percepciones encontradas que le ha detonado el visionado de la película que, aunque ya fue tristemente expulsada de las salas comerciales por Avengers: Infinity War, vuelve este jueves 10 al cine Première (el que está en la avenida Heroínas entre 25 de Mayo y España, en el edificio del Colegio de Abogados).

Entiendo –ahora sí, en primera persona- que Eugenia es la cinta más amable o, si se quiere, la más narrativa de las que ha firmado Boulocq, un relato que, sin renunciar a la pulsión episódica en la obra de su director y guionista, enhebra una historia más convencional y comprensible que las que apenas se sugerían o –a veces ni eso- en sus anteriores trabajos. Cuenta, a grandes rasgos, el viaje físico y emocional de Eugenia (Andrea Camponovo), una mujer que, tras divorciarse de su marido por, entre otras cosas, soportar su violencia, abandona Tarija para recalar en Cochabamba, donde intenta seguir su vida, mientras aprende a convivir con un padre exguerrillero y su nueva familia; con un cineasta de poca monta que la convierte en la guerrillera Tania, y con un amigo homosexual al que ayuda en su salón de belleza. En el viaje en busca de un futuro, la protagonista es asaltada, también, por su pasado, encarnado por sus antepasados europeos y bolivianos. En ese camino cuestiona a su entorno y a sí misma sobre lo que significa ser mujer en una sociedad machista y patriarcal en la que esa condición suele estar dada por su rol social como hija, esposa, hermana o madre.

Al igual que Eugenia, Boulocq aspira en este largo a reinventarse como cineasta, y entiende, también en sintonía con su personaje, que la reinvención no significa hacer borrón y cuenta nueva, sino “seguir nomás”. De ahí que resulte complicado determinar si esta reinvención no acaba siendo, en alguna medida, una traición. ¿Traiciona Eugenia la obra anterior de Boulocq?

Por su modo de producción, que Boulocq llama de guerrilla, Eugenia está más cerca de Lo más bonito y mis mejores años que de Los viejos, una cinta que fue rodada de forma más convencional (en un periodo más corto y controlado). Sin embargo, por su preciosismo visual y sonoro, está más cerca de su anterior largo. Es más, hay un escrúpulo formal que remite a otra de las facetas del director, que es la de realizador de publicidad y videoclips. Para nadie es un secreto que, en este país, los creadores audiovisuales deben ganarse la vida haciendo trabajos alimenticios, y uno de los más comunes es el publicitario o, en un sentido más amplio, el trabajo de encargo. No hay nada de malo ni mucho menos en eso. El encargo ni siquiera despoja a una obra de sus cualidades artísticas. Ejemplos sobran (se me ocurre el corto publicitario de Resnais El canto del estireno o los videoclips de Gondry y Jonze, solo por nombrar algunos).

Por supuesto que Eugenia no es, en rigor, una obra de encargo. Sin embargo, en ella es posible apreciar gestos y marcas que parecen salidos de una obra de esa naturaleza.

No me refiero solamente a la factura casi de postal de algunos fotogramas o escenas. Pienso en uno de los pasajes iniciales, en el que Camponovo aparece en un plano cenital con el rostro aparentemente marcado por un acto de violencia; o en esa imagen casi posada de los amantes regulares que encarnan Alejandra Lanza y Simón Peña, en un espacio natural. Tampoco deja de haber cierto influjo clipero en la secuencia en que Camponovo recorre, en traje de campaña y resguardada por sus burros revolucionarios, una plazuela 4 de Noviembre en plena efervescencia electoral (no deja de ser una oscura broma de la política local la suerte que corre en estos días el entonces candidato Leyes que aparece en pancartas y pasacalles).

Sin embargo, la cuestión del encargo pasa, a mi entender, por otra parte. Está en el discurso más que en las florituras formales. En ese discurso que otros han tildado de feminista o de género. No es que el cine de Boulocq rehúya del debate político. En su ópera prima llamaba la atención una suerte de despolitización o de ausencia de nortes de la generación que retrataba, mientras que en su segundo largo aludía a un pasado dictatorial que se colaba en las relaciones familiares. Al cineasta le interesan las huellas que deja la historia pública en la vida privada. Y así como en Los viejos rastreaba las violencias y silencios de los autoritarismos conservadores que permean en las relaciones intergeneracionales, en Eugenia se ocupa del patriarcalismo derrotado de cierta izquierda otrora subversiva que se manifiesta también en las interacciones entre padres e hijos. No obstante, la naturalidad con que Los viejos manifestaba su discurso se desdibuja en Eugenia, en la que irrumpen trazos toscos, que parecen sacados de un cine menos sugerente que el de Boulocq, para hablar de las cuestiones de género que pretende ilustrar. Solo por mencionar algunos ejemplos, están las imágenes del libro de Simone de Beauvoir (La mujer rota) de la protagonista o las de María Galindo predicando en la tele a favor del divorcio como conquista de las mujeres y en contra de la violencia de género. Me hacen ruido, asimismo, escenas como esa que tiene a Camponovo hablando con el contestador de su exmarido para pedirle que ya no vuelva a pegar mujeres (y aclararnos, por si acaso, que ella fue víctima de violencia), o la del desenlace, en la que la misma protagonista se subvierte contra el orden patriarcal con un comportamiento, por lo bajo, exagerado, cuando no artificioso.

Tengo la impresión de que eso que a los Los viejos le funcionaba tan bien, el silencio como un recurso discursivo tan decidor, a Eugenia, que tiene diálogos más abundantes y explícitos, le hace mucha falta. Acaso algo escéptico de la elocuencia de lo que quiere comunicar con el relato de Eugenia, el cineasta recurre al auxilio de ciertas voces autorizadas para hablar de feminismo o de reivindicaciones de género (no otra cosa significan para el imaginario más extendido la de Beauvoir o la Galindo). A Eugenia le sobran palabras y le faltan silencios. Así pues, al cineasta lo desborda el encargo discursivo, el encargo de los tiempos que corren, el encargo de decir su palabra sobre el azaroso camino de la reinvención de la mujer en una sociedad de machismo institucionalizado. Ahora bien, más de uno ha puesto en debate si Eugenia es una obra efectivamente feminista, cuestión que estaría condicionando su lectura y aciertos. Si lo es o intenta serlo, es un encargo del que no sale airosa.

En cambio, sí sale airosa de su compromiso más estrictamente cinemático. Porque esta cinta es, en efecto, la constatación de que su director en un realizador en pleno dominio de un lenguaje audiovisual, con una impronta estilística que, aunque en proceso de reinvención, aún lo hace claramente distinguible y apreciable. A más de su solvencia para construir el relato, hay señas de una mirada personal a la hora de poner en escena ideas y sensaciones que vienen recorriendo su obra. En particular, me llama poderosamente la atención su capacidad para representar el pasado como despojo en escenas oníricas como las de Camponovo recorriendo las propiedades ruinosas y deshabitadas de sus antepasados europeos, así como las de sus ancestros bolivianos, en las que el fragor amable de mares y de voces ausentes configura el vacío despojado de sentido que puede ser todo tiempo pretérito. Es en esta dimensión donde Boulocq no se traiciona o, si se quiere, donde se mantiene más fiel a la libertad sin concesiones de sus primeros trabajos. Acaso esta apreciación revele un problema que está más allá del propio cineasta y su obra, un problema que es más nuestro, del espectador: nuestras expectativas respecto de su cine. Es, pues, un riesgo que trae consigo la reinvención, el de no contentar a todos con las nuevas formas y vidas que adopta el sujeto y el objeto que se reinventan.

Como fuere, quizá más que de reinvención, Eugenia sea una película de transición para su director. Una obra en la que no abandona sus búsquedas formales más personales, pero en la que se toma más en serio el encargo del tiempo que le ha tocado vivir. Como su protagonista, el filme busca en su pasado, en su pasado revolucionario, las coordenadas para montar su propia revolución, apelando a las mismas armas de antes, pero en un contexto cuyos códigos aún no es capaz de aprehender por completo.

Periodista – santi.espinoza@gmail.com





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