Cochabamba, domingo 22 de julio de 2018

Gracias a la vida, gracias a la mujer sin fin

La Paz vivió las pasadas semanas su mayor fiesta teatral y la RAMONA estuvo presente. A continuación una reseña a Mujer sin fin, la propuesta que los brasileños Khatarsis Teatro presentaron en el Festival Internacional de Teatro de La Paz 2018.
| Mijail Miranda Zapata | 06 may 2018



Andreía Nhur, la protagonista se enfrenta al vacío del escenario y la mirada del público casi desde la desnudez absoluta. Apenas cubierta por un vestido negro, la actriz, bailarina e investigadora brasileña monta su propuesta teatral de la manera más pura posible: desde el cuerpo y la voz. Son los recursos primarios; únicos y omnipotentes. La iluminación, apenas un aditamento.

Nhur se presenta ante el espectador de una manera cotidiana y descontracturada, casi alegre. Una mujer bebiendo agua y jugando a hacer gárgaras. Eso hasta que los ojos se abalanzan sobre ella y la cuestionan, la juzgan, la interpelan, la desvisten, la desean, o, en el mejor de los casos, intentan leerla, comprenderla.

Entonces, deja de ser ella y comienza a existir a partir de la mirada del otro, del pensamiento -y sus orígenes- del otro, desde una interpretación ajena sobre su cuerpo y su presencia.

La artista es ahora una mujer atravesada por el tiempo. Pero no renuncia a sí misma. Sino se entrega a una lucha descarnada en la que el terreno de combate es el propio cuerpo y las estrategias se ciernen desde su memoria y su interrelación con ideas acumuladas tectónicamente durante siglos.

Dice Judith Butler que “el género no tiene estatuto ontológico fuera de los actos que lo constituyen. En esta lectura, el género sería el efecto retroactivo de la repetición ritualizada de performances”.

Y así, como en un ritual, Nhur se transforma en una mujer sin rostro, pero con voz y canto. Reafirmando su voluntad de hacer de su propia carne una experiencia teatral, inicia un cántico antiguo, en una lengua milenaria que adivinamos creada en la aridez del medio oriente. Ese mismo que quizás, lo presentimos por la sonoridad de su apellido, vio a sus antepasados nacer.

Ahí comienza el recorrido episódico por distintas facetas de la “femineidad” a lo largo de distintas épocas y culturas, que entre su versátil y prodigiosa capacidad vocal y un descomunal esfuerzo físico marcan el hito discursivo de Mujer sin fin: constituirse en “una reflexión cultural de la mujer” en aspectos sociales, afectivos y subjetivos.

Recalcamos la cualidad corporal de la propuesta escénica, porque desde ella se reafirma la intención manifiesta de hacer una política del cuerpo. En el flujo continuo entre la tensión y el quiebre que atraviesa la corporalidad de la bailarina hay una denuncia, un reclamo y una batalla, frente a las voces y mandatos que conviven simultáneamente en ella.

Volviendo a Butler, esta plantea que la primera cuestión que se pondrá en juego ante la posibilidad de reformular la materialidad de los cuerpos será “la comprensión de la performatividad, no como el acto mediante el cual un sujeto da vida a lo que nombra, sino, antes bien, como ese poder reiterativo del discurso para producir los fenómenos que regula e impone”.

Nhur parece comprenderlo y así lo plantea desde la teatralidad. Valiéndose de citas a personajes ficticios como Madame Bovary y Lady Macbeth, o evocaciones al imaginario popular con mujeres como la vedette Carmen Miranda, o reivindicaciones críticas al rol femenino en las luchas sociales con figuras como la cangaceira Dadá, la brasileña descompone en primera instancia las fronteras, en un ejercicio de multilingüismo arriesgado, y, posteriormente, el imaginario común respecto al ser mujer.

Para Barthes no había gran teatro sin teatralidad, ese en el que la palabra en seguida se convierte en sustancias. Esa es la gran cualidad del montaje de Nhur, más allá del idioma sobre el que se construyan los opúsculos capitulares que propone, hay en esas palabras, volviendo la semiólogo francés, “un espesor de signos y sensaciones (...) que sumerge el texto bajo la plenitud de su lenguaje exterior”.

Una experiencia que dialoga y se retroalimenta plenamente con los postulados de Butler, en tanto hay una imposición, la del texto que nombra, que busca ser subvertida a través del cuerpo que se resignifica y desestructura los discursos que la constituyen.

Pero, en este proceso combativo hay un agotamiento de lo físico, un desgaste de la unidad que sostiene todo el peso de la historia, todo el peso de la mirada del otro, todo el peso de la propuesta artística. Entonces sale el gesto poético más hermoso de Nhur, en una obra de por sí plagada de muchas de estas sutilezas.

Como volviendo a la secuencia inicial, Andreia Nhur, se convierte en una antigua y poderosa mujer de tierras lejanas, como una Lilith de cabellos dorado y cuerpo entumecido, una sabia anciana de mil lenguas y un solo canto, una Violeta Parra desgarrada por el dolor, mas firme en la belleza de vivir y luchar. “Gracias a la vida”, canta una mujer sin fin, desbordando los corazones en la platea.

Un canto que es también un llamado, porque un solo cuerpo, una sola voz, una sola batalla, es necesaria, pero es inútil si no se acompaña de otros esfuerzos y otras rebeldías.

Cuerpo y feminismo son los dos materiales que forman el canto de Mujer sin fin, “y el canto de ustedes que es el mismo canto, y el canto de todos que es mi propio canto”, diría Andreia en palabras de Parra.

Periodista - muywaso.com





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