Cochabamba, domingo 20 de mayo de 2018

Los “federados” modernos: primeros pasos y discursos del movimiento obrero

Fragmento del capítulo de autoría del historiador Huascar Rodríguez en el libro editado por el Centro de Investigaciones Sociales (CIS) Los partidos de izquierda ante la cuestión indígena, 1920-1977), que ofrece un vistazo a la influencia de los artesanos-intelectuales cochabambinos y su contribución a las conquistas sociales de las clases populares.
| Huáscar Rodríguez | 06 may 2018



El objetivo central de los artesanos-intelectuales (en la década de los 20 del siglo pasado) fue propiciar otro tipo de organizaciones laborales, es decir, sindicatos y federaciones, entidades consideradas “modernas” a diferencia del mutualismo decimonónico demasiado vinculado a la Iglesia y al Estado oligárquico, representante, por tanto, de un pasado que se quería superar […].

¿Quiénes eran estos artesanos-intelectuales en Cochabamba? Lo poco que se sabe de ellos es que estaban asesorados por los jóvenes rebeldes de la oligarquía y que obtuvieron una presencia pública importante al iniciarse la década de 1920 por medio de la prensa obrera y de la organización sindical. Eran una minoría de maestros artesanos, en gran medida pampinos, nietos o bisnietos de campesinos, dueños de uno o de más talleres, que con esfuerzos propios consiguieron un nivel de vida relativamente ventajoso con relación al resto de los trabajadores manuales u operarios que no tenían medios de trabajo o los tenían precarios. Algunos de los más importantes, entre otros, fueron los hermanos Daza —Arturo y Víctor—, Teodoro Guzmán y Justino Valenzuela, personaje central —este último— que firmaba sus artículos periodísticos provocadoramente con el seudónimo de Cholo Cani, que en quechua significa “soy cholo”.

Los hermanos Daza nacieron en una familia de artesanos en Cliza. Siendo muy jóvenes, se trasladaron junto a sus padres a las salitreras chilenas donde conocieron el socialismo y militaron en múltiples organizaciones. Arturo, el mayor y el más famoso, se hizo carpintero y tras varias aventuras y detenciones regresó a Cochabamba para dedicarse al comercio, la carpintería y la propaganda de las doctrinas obreras. Al iniciarse la década de 1920, instaló un diminuto kiosco en la plaza 14 de Septiembre […] donde vendía periódicos, libros y folletos socialistas. Pronto se convirtió en un conocido “librero” y así pudo contactarse tanto con otros artesanos-intelectuales como con los estudiantes rebeldes de la aristocracia local, quienes estaban intentando organizar un partido socialista unificado.

Valenzuela —el Cholo Cani—, junto a los Daza, fue otro de los más importantes

artesanos-intelectuales cochabambinos. El suyo es un caso excepcional de asunción masculina de la identidad chola en Bolivia. En efecto, el seudónimo que escogió para firmar sus artículos periodísticos, utilizando una palabra en quechua, revela una mezcla inédita de orgullo y provocación que reivindicaba y dignificaba la condición chola. […].

Guillermo Lora, quien conoció a Valenzuela en el ocaso de su vida, decía que este tenía marcados rasgos indígenas —que pueden ser apreciados en las fotos que quedan de este personaje— y que fue un admirable propagandista y aventurero. Ejerció varios oficios, se convirtió en un gran escritor de panfletos y artículos, incluso para periódicos extranjeros, sufrió múltiples detenciones y recorrió casi todos los rincones del país, dejando siempre en ellos una hoja impresa de alguna organización obrera o socialista […].

Otro personaje clave, Teodoro Guzmán, fue uno de los artesanos-intelectuales con mayor capacidad económica. Financió varias publicaciones con los réditos que era capaz de obtener del oficio de “sastre de primera” y que entregaba a la causa obrera. Junto a Guzmán, respetables sastres propietarios de talleres, como Aurelio Flores, Faustino Castellón y Pacífico Saravia, conformaron, poco antes de iniciarse la década de 1920, un núcleo de estudio y propaganda llamado Centro Luz y Trabajo, que incluyó asimismo a renombrados zapateros, carpinteros y otros artesanos. Este cenáculo, integrado también por los hermanos Daza y Valenzuela, se alió rápidamente con los jóvenes dirigentes universitarios y con los trabajadores ferroviarios y de las imprentas, y se impuso el deber de “redimir” y organizar a las clases populares cochabambinas para trascender el viejo mutualismo […].

El socialismo que profesaban los artesanos-intelectuales no tenía un perfil claro: podían reivindicar a Pëtr Alekseevič Kropotkin o a Karl Marx sin ninguna distinción y, al mismo tiempo, promover la participación obrera en las elecciones. Para ellos, las contradicciones doctrinarias no tenían importancia; lo fundamental, en su perspectiva, era el activismo, a fin de apropiarse de los organismos oficiales destinados a los trabajadores, o boicotearlos y crear nuevos de manera paralela. En esa lógica, consiguieron captar en 1920 a ciertos integrantes de la Unión Obrera, una vieja organización mutual creada por los liberales y que después pasó a los republicanos, antes de su crisis total. Acerca de la Unión Obrera, un editorial del periódico El Republicano decía: “la clase de los artesanos fundó esta sociedad para sostener el programa del partido republicano [pero] se apoderaron de ella elementos ácratas” (30 de diciembre de 1920).

Para apoyar sus incipientes esfuerzos organizativos, los artesanos-intelectuales decidieron incursionar en la prensa creando sus propios periódicos. El primero fue El Crisol —vigente entre 1920 y 1923—, un semanario dirigido por Teodoro Guzmán y administrado por Valenzuela en el que se mezclaban elementos de anarquismo y de marxismo con un fuerte contenido anticlerical. Asimismo, en 1920, los integrantes del Centro Luz y Trabajo consiguieron una “Página Obrera” de intermitente aparición en el periódico El Heraldo. Al año siguiente, apareció Claridad, otro semanario administrado por el ubicuo Valenzuela junto a A. Daza, con la colaboración de José Antonio Arze, cuyo tiraje llegó a dos mil ejemplares cada semana entre 1921 y 1922.

Entretanto, los aristócratas jóvenes izquierdistas de la ciudad cochabambina habían fundado el semanario Arte y Trabajo, que abrió sus páginas al naciente movimiento obrero y así, con este soporte periodístico, los artesanos-intelectuales y sus aliados de élite llevaron a cabo una intensa propaganda obrerista, pese a la represión desatada por el Gobierno de Saavedra, fruto de la cual Valenzuela fue aprehendido a mediados de febrero de 1922. Empero, la labor propagandística desplegada en Cochabamba se intensificó y como resultado fueron aparecieron rápidamente organizaciones de sastres, albañiles, matarifes y panaderos durante marzo de ese año.

En realidad, se estaba preparando la creación de un ente matriz que finalmente logró ser fundado el 4 abril de 1922: la anhelada Federación Obrera de Cochabamba. Esta entidad pasó a convertirse en una sucursal de las Federaciones Obreras del Trabajo (FOT) existentes en La Paz y en Oruro a partir de 1918 y 1919, respectivamente. Su fundación fue posible gracias a la poderosa presencia de trabajadores ferroviarios que bajo la dirección del dirigente José Parrado demostraron una gran capacidad de movilización y activismo. Aparte de los asalariados ferroviarios, los albañiles —que incluían a los denominados “picapedreros”—, los matarifes, los obreros de imprenta organizados en una Unión Gráfica y la Liga Antialcohólica, el resto de los primeros integrantes de la Federación Obrera fueron básicamente artesanos: sastres, carpinteros, zapateros y sombrereros, a quienes gradualmente se fueron uniendo mecánicos, chauffeurs, peluqueros, pintores, empleados de hoteles y otros.

El primer dirigente máximo de la Federación Obrera fue el ferroviario Parrado. Entre los miembros de la directiva figuraban T. Guzmán, A. Daza, Castellón, Flores, Saravia, Maceda, Valenzuela y José Orgaz. Este equipo decidió lanzar la nueva organización a la visibilidad pública cuanto antes y convocó a un primer meeting “plenamente obrero” en la plaza Colón de Cochabamba para protestar contra el Gobierno y sus intentos de anular el derecho a huelga. Al evento, desarrollado a mediados de abril de 1922, acudieron 13 asociaciones gremiales que escucharon discursos contra Saavedra y contra los esbirros de los partidos tradicionales, considerados como “obreros descarriados” a los que la Federación Obrera debía “catequizar”.

La próxima demostración pública se realizó a propósito del “sagrado” 1 de mayo. La Federación Obrera había preparado para la ocasión un minucioso programa de actividades —planificadas hasta en sus más minúsculos detalles—, que fue publicado in extenso en el diario El Republicano. A las celebraciones asistieron más de 14 organizaciones sindicales de sastres, zapateros y carpinteros, entre otros, junto a estudiantes.

Casi de inmediato, la expresión “obrero federado” se convirtió en un motivo de honra y orgullo. Ser considerado de ese modo elevaba la autoestima de los trabajadores y también su estatus, otorgándoles reconocimiento social y, a la larga, también prerrogativas.

Los artesanos, trabajadores que en última instancia provenían de los sectores populares y que, con desprecio, eran llamados “cholos” por la élite tradicional, habían descubierto otra manera de alcanzar la ciudadanía al margen de los partidos tradicionales y podían ocupar como colectivo independiente espacios urbanos casi exclusivos de la élite, como la plaza Colón, el teatro Achá o incluso la propia plaza 14 de Septiembre […].

Historiador



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