Cochabamba, domingo 20 de mayo de 2018

El señor de las moscas

Sobre la novela del escritor inglés William Gerald Golding publicada en 1954.
| Mauricio Rodríguez Medrano | 29 abr 2018



Era un grupo de niños, solo de niños. Viajaban en un avión, por el mar, vasto e infinito. Pero cayeron. ¿Cómo? Tal vez por la guerra de los hombres, no importa su nombre. El avión se hundió a lo lejos, pero lo niños llegaron a una isla. Piggy, miope y gordo, logró llegar a la costa, junto a su amigo Ralph. Otros niños también llegaron a la isla.

Este es el inicio de El señor de las moscas, del premio Nobel William Golding.

La novela parte de una idea: el ser humano es malo por esencia y todas las acciones que realiza son solo por sobrevivencia. Y la guerra es un juego de niños, para pasar el tiempo, en un escenario de cartón, con armas de cartón, y la muerte acecha a cada paso.

Piggy encuentra una caracola, es el símbolo del poder y la civilización. Ralph sopla con fuerza la caracola, y esta emite un sonido que llama a los demás niños. Así inicia la primera asamblea. Los que tardan son unos niños que pertenecían a un grupo coral. Jack, el jefe, imponente y salvaje, quiere ser cazador y explorar la isla.

William Golding escribió El señor de las moscas como una reflexión sobre la Segunda Guerra Mundial. Se publicó en 1954. Por eso, en la novela existe la desazón de la guerra y se encarna en Piggy, quien, a pesar de ser inteligente y medir sus actos, termina siendo mofa de los niños salvajes, que lo único que quieren es divertirse: eso es la guerra, una diversión de adultos.

A Piggy le quitan sus gafas y lo utilizan para encender una fogata. Para que algún barco nos encuentre, dice Ralph. Pero no miden sus actos. Para los niños, al igual que para los adultos, la vida es un juego. La fogata crece y se come gran parte del bosque. Un niño, con una mancha en el rostro, se queda dentro del incendio. Algunos lo lloran, otros no.

“Sus obras no siguen una línea argumental única y la técnica de composición varía, pero en todas destaca la violencia inherente al ser humano y la respuesta sensata y cívica contra la barbarie y la guerra, mostrando las ambigüedades y fragilidades de la civilización occidental”.

Dice el narrador: “La base de la obra es simple y a la vez terrible: nadie es inocente. Ni siquiera los niños. Especialmente ellos. La naturaleza humana es cruel y ese es el material de base, que no se modifica hasta que la educación, la sociedad y el estilo de vida consiguen pulir con más o menos éxito el salvaje que llevamos dentro. Pero en ocasiones, cuando se da una necesidad extrema, como en la situación de supervivencia libre de todo control y supervisión que se muestra en la novela, la naturaleza más oscura toma el mando, con tanta más facilidad cuanto menor sea la pátina de civilización que se haya ido acumulando sobre la persona”.

Los actos de los hombres siempre tendrán consecuencias, esa es nuestra maldición. Los niños en la isla cada vez se hacen más salvajes. Jack se desune del grupo, se pintarrajea el rostro y se vuelve cazador. Algunos se olvidan de la civilización y no quieren ser rescatados. Ya no les importa crear fogatas, solo comer y cazar. No importa si alguna vez fuiste un amigo, ahora puedes ser una presa.

El señor de las moscas es un nombre para el mal en la cultura judía, y este es uno de los temas principales de la novela, junto con la contraposición entre civilización y barbarie, y la validez de la disciplina, entre otros muchos.

Es una cabeza de cerdo, que está colgada en una lanza. Las moscas revolotean a su alrededor. El olor de la grasa es insoportable, al igual que los muertos en las guerras. Los niños ya no son niños ni son hombres; tal vez sean pura destrucción: la vida es así.

Periodista – zion186@hotmail.com



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