Cochabamba, jueves 13 de diciembre de 2018

Martín Boulocq nunca será Eugenia

Tras una seguidilla de comentarios favorables al reciente estreno del cochabambino Martín Boulocq, surgen voces disonantes que compartimos a continuación.
| Mijail Miranda Zapata | 29 abr 2018



Los largometrajes de Martín Boulocq (Cochabamba, 1980) han estado habitados siempre por una fuerte veta política e histórica. Aunque siempre subrepticiamente. Era un murmullo velado que apenas asomaba a la superficie a través de ecos siempre poéticos e intuitivos. Con ambos filmes, Lo más bonito y mis mejores años y Los viejos, supo retratar el tiempo, su contexto, memorias y búsquedas.

En su opera prima, dejó sentado el reflejo languidecente de una transición, no solo de una forma casi testimonial respecto a la época, sino también discursiva y, sobretodo, estética. Con mayor sobriedad, aunque con los mismos gestos técnicos y narrativos, en su segunda película Boulocq ahondó todavía más en esa búsqueda identitaria que marcó su debut. Y en esa reflexión sobre la identidad nacional, de clase, de generación, también atisbaba su consolidación como autor, una mirada particular del mundo a través de la cámara.

Lamentablemente, toda esa evolución, y la implícita expectativa que nos generaba su último estreno, parece caer por la borda en Eugenia. Quizás el origen del embarrancamiento sea salir de su particularidad, esa perceptible introspección de sus obras previas, para centrarse en la experiencia del otro, o la otra. La alteridad en Boulocq, como cineasta, parece ser, de momento, una imposibilidad creativa.

En su último ensayo fílmico, el cochabambino propone retratar la vida de un personaje quebrado, atravesado por los fracasos y sostenido inexplicablemente por una caótica estructura familiar. La estrategia parece ser la misma de antes. Sin embargo, en esta ocasión tenemos a una protagonista. Un detalle no menor, considerando que discursivamente la película se sitúa en una trinchera, bastante cómoda y convencional, dentro los debates de género contemporáneos. Es decir, estamos ante una película con problemáticas feministas hecha por un hombre, desde sus sesgos y prejuicios, por más que se apueste a lo contrario. Quizás este sea el error primigenio.

El dispositivo fragmentario y evocador que construye el tempo narrativo característico en la filmografía anterior de Boulocq, en este caso no alcanza la belleza lírica que se desperdigaba en Los viejos -en parte gracias a la monumental labor fotográfica de Daniela Cajías-, ni la entrañable frescura e ironía que se desprendía de Lo más bonito…. En cambio, tenemos una sustancia amorfa que nunca termina de cuajar en cuanto relato y que abunda penosamente sobre tópicos y panfletos innecesarios.

La historia de Eugenia, es la de una mujer que deja su ciudad luego de una separación amorosa, desatada por un hecho de violencia de género. Una violación, una golpiza, un intento de feminicidio, la elección queda a gusto del espectador. En tanto planteamiento retórico, a pesar de su tono estereotipado, desde una fotografía en blanco y negro, apostando por el sobreencuadre y coqueteando con el documental, en los minutos iniciales no parece, Eugenia no parece merecer una crítica sañuda.

No obstante, inmediatamente sobreviene una ola de actuaciones irregulares, referencias innecesarias y forzadas al feminismo local y universal, una experiencia onírica bordeando la docuficción y un ejercicio metacinematográfico con una hilaridad forzada, que no hacen más que sugerir la urgente pregunta de ¿qué pasó con el Boulocq de hace tan solo tres años?

Si antes las reflexiones eran planteadas soterradas dentro una narración en la que no parecía suceder nada, ahora Boulocq satura la pantalla con alegorías innecesarias, por obvias, que le quitan la fuerza poética evocadora que había construído previamente.

Esta esquizofrenia en la que se sume la historia, es también perceptible en una fotografía que se debate y tensiona entre un desenfado propenso a caer en el hiperrealismo y un preciosismo exacerbado por la monocromía. El resultado, un glitch visual incómodo y persistente que hace aún más perceptibles las disonancias en la travesía vital de Eugenia.

En su afán por abordar una temática urgente, Boulocq ha perdido la mira y ofrece un producto con un feminismo enlatado, acorde a la agenda institucional implantada en los 90, que poco o nada dialoga con las rebeldías y voces más actuales. No importa cuantas veces pongan a María Galindo o Simone de Beauvoir, hay algo que no cuadra.

O puede que, como dice el reputado crítico y académico Mauricio Souza, desde la plebe inculta, “desde una ignorancia segura de sí misma”, tengamos “las limitaciones de una sensibilidad atrofiada”, y seamos incapaces de traducir este complejo artefacto audiovisual.

Tal vez otra hubiera sido la historia si Eugenia hubiera sido dirigida por la actriz Andrea Camponovo. Nunca lo sabremos.

Periodista - muywaso.com





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