Cochabamba, domingo 27 de mayo de 2018

Linton Guzmán, el guardián del convento Santa Teresa

Pura vocación. A muy temprana edad, descubrió su fe a los pies de la Virgen del Carmen, entronizada en esa iglesia. Tras varias décadas de ardua labor, se consolida su acción como protector de este lugar religioso.
TEXTOS. jimena nÚÑez larraín/// FOTOs. MIJAEL RIVERA, osvaldO chacón, familia GUZMán/// | | 22 abr 2018



Devoción y entrega

26 años de servicio a la iglesia

Consagrado a los votos sacerdotales de pobreza, castidad y obediencia, este párroco llevó adelante la restauración del convento

de Santa Teresa, en sus dos fases.

Ahora, se prepara para implementar el armado de las salas del museo.

El padre Linton, ahora con 58 años de vida, se entregó a la Orden de los Carmelitas Descalzos en 1992.

Este religioso confiesa que su inspi-ración y fiel protectora siempre fue

la Virgen del Carmen; por eso, cada vez que ingresa a la iglesia del convento y tiene en frente a la imagen mariana, la mira con gratitud y devoción, la contempla por unos breves segundos y hace la señal de la cruz, para proseguir su camino hacia la sacristía, ubicada a pocos pasos del altar, en el lado derecho.

Es allí donde el padre comienza a compartir fragmentos de su vida

y a explicar la conexión que siente

con esa imagen, a la cual considera artífice de que llegara a proclamar

sus votos sacerdotales.

Gracias a su devoción, el párroco

se animó a encarar la restauración del convento Santa Teresa, en sus dos etapas; la primera intervención finalizó en marzo de 2015, y hace unos días se entregó la segunda fase.

Una obra en la que el padre Linton

se hizo cargo de más de un millón

de dólares, donados por la Embajada de Estados Unidos en Bolivia, la Orden Internacional de Carmelitas Descalzos y los fieles devotos.

“Mi labor fue velar y administrar todo el dinero que ingresó, ya que todo tenía que ser en beneficio de la casa de la Virgencita”, asegura el padre.

CAMINO A LA VIDA SACERDOTAL

Linton Guzmán Tórrez nació en 1959, en Potosí. Es hijo de Vitaliano Guzmán

y Vidma Tórrez. Él es el cuarto hijo

de ocho hermanos: María Luz, Julia, María, Linton, Raúl, Virginia, Luis y Edith. La familia Guzmán Tórrez dejó Potosí, tras la jubilación de las minas de su padre en 1962, y se trasladó a Cochabamba.

“Con los beneficios sociales de mi

padre, compramos un terreno en Villa Busch, cerca a la zona del Hipódromo, y ahí comenzamos a construir nuestro hogar; también hacíamos producir el terreno con papa, choclo, haba y otros”, recuerda el religioso.

Según Linton, vivió una bonita niñez, hasta que falleció su padre, cuando

se vio en la necesidad de ingresar

al mundo laboral, con solo 12 años.

“Mi primer trabajo fue en una fábrica de botones, propiedad de la familia

Heresi. Ese dinerito ayudó económicamente en casa”, recuerda.



Virgencita DEL CARMEN

Desde ese momento, el joven impetuoso aprendió a estudiar y a tener más obligaciones. Paralelamente

y, poco a poco, la llama religiosa

comenzó a avivarse dentro de él.

“Cuando era pequeño y mis familia-res me preguntaban qué quería ser

de grande, siempre respondía que deseaba ser curita”, recuerda el párroco. Deseo que fue tomando más forma cuando su familia recibió la visita de su tía -que era monja y estaba interna en el convento Santa Teresa-. “Al verla, con una carita de ángel, me di cuenta de que yo estaba convencido de lo que quería hacer”, acota.

Los últimos años del bachillerato, Linton combinó el estudio, el trabajo y su creciente vocación de fe. Por ello, comenzó a catequizar a lado de un grupo de misioneros, que viajaba los fines

de semana hasta la zona de Illataku, en Quillacollo, para preparar a los niños y jóvenes para hacer la primera comunión o confirmación.

Pero nunca se alejó del Convento y, de tiempo en tiempo, ingresaba a la iglesia y se quedaba meditando. “Desde un principio venía a esta iglesia a rezar a los pies de la virgencita, para pedirle que ilumine el camino de mi fe, y así fue”, afirma Guzmán.

A los 18 años consolidó su vocación. Durante un par de años el aspirante a sacerdote dejó sus estudios para dedicarse solo a trabajar, pero luego retomó su formación.

En 1982 terminó sus estudios, a la edad de 21 años, del colegio Abaroa. Ese fue el momento en que decidió

seguir su vocación e ingresar como postulante a la orden Mariana.

A partir de ese momento, el futuro

sacerdote comenzó a buscar su propio carisma, es decir una congregación que llene sus expectativas y nuevamente la Virgen del Carmen lo atrajo hacia ella y pronto se dio cuenta que le gustaba la orden de los Carmelos.

En 1987 tomó los primeros votos:

de pobreza, castidad y obediencia.

Abrazó el nombre religioso de Linton Guzmán Tórrez de la Cruz.

“Mi primera celebración eucarística fue en la iglesia de mi patrona y fue

un momento muy emotivo”, recuerda el padre Linton.

Posteriormente, ingresó a la Universidad Católica Boliviana, a la carrera de Filosofía y Teología. Durante muchos años, Guzmán residió en la parroquia de San Antonio y también en el convento de padres Carmelitas en la América, hasta que fue enviado como diácono a La Paz, donde trabajó por muy poco tiempo.

Retornó a Cochabamba para reincorporarse a la parroquia de San Antonio. Entre los muchos cargos que ocupó están: superior, formador, responsable de la delegación provincial y asistente de la federación de la orden de las Madres Carmelitas Descalzas de Bolivia.

Tras más de dos décadas de dedicación hacia su carisma, el año pasado el padre cumplió 25 años de vida sacerdotal, y tuvo la suerte de celebrarlos en la iglesia que vio florecer, crecer y fortalcecer su fe, siempre a los pies de la Virgen del Carmen.



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