Cochabamba, sábado 20 de octubre de 2018

Mi abreviada historia del cine portátil de Milos Forman

Un repaso personal de algunas de las películas más conocidas y celebradas del cineasta de origen checo, que falleció el pasado 13 de abril. Su obra es vista desde los videoclubes que acogieron las copias en VHS de cintas como Alguien voló sobre el nido del cuco, Amadeus o The people vs. Larry Flynt.
| Santiago Espinoza A. | 22 abr 2018



No puedo hablar de Milos Forman si no en primera persona. Mi relación con su cine está atravesada por algunos episodios clave de mi educación sentimental. Y no menos importante, mi relación con su cine es la historia de mi relación con el video y los videoclubes que, durante gran parte parte de mi niñez, adolescencia y juventud, fueron mi primer hogar. En fin, que del cine de Forman solo puedo contar una abreviada historia de sus películas que vi en el formato portátil del VHS, pero que siempre me depararon experiencias gigantes, inabarcables, infinitas, tan grandes como solo el cine puede serlo.

Errols Videoclub, mediados de los 90 

Pocos rituales familiares he llegado a apreciar -y extrañar- tanto como ir a alquilar películas a un videoclub. Aunque no siempre íbamos todos, las veces que sí convencía a mis padres y mi hermana de perdernos en esos pasillos y anaqueles poblados de alucinantes cajas de VHS, me sentía genuinamente orgulloso de ser parte de ese cuarteto hosco que era y es aún mi familia. Si de paso dábamos con una cinta cuyo visionado fuera capaz de juntarnos espontáneamente por unas horas más, la experiencia ya podía asegurarse un lugar en mi memoria sentimental. Así ocurrió con Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, Milos Forman, 1975), una película que me marcaría para siempre.

A más de 20 años de haberla visto por primera vez, aún puedo sentir las réplicas del temblor que me provocó entonces la historia de Randle McMurphy (el papel definitivo para enamorarse de Jack Nicholson), un delincuente de poca monta que para evitar la cárcel se interna en un hospital psiquiátrico, donde, no pudiendo ser doblegado su espíritu libertario-libertino, se enfrenta a una enfermera macabra (Louise Fletcher) hasta emancipar a sus compañeros del manicomio.

Mentiría si dijera que, siendo aún un niño, comprendí plenamente el significado de ese filme (basado en la novela homónima de Ken Kesey y también conocido como Atrapado sin salida), pero sí intuí en ese momento que me estaba diciendo algo importante, algo a lo que debería prestar atención, algo que me acompañaría por el resto de mis días. Con el tiempo comprendí que la de McMurphy era la épica de un hombre que –como pocos, los menos, los que importan, los que cambian las cosas- le ha perdido el miedo a la libertad.

Y con el tiempo comprendí también que la libertad puede manifestarse de las formas más impensables. Puede estar en un ladronzuelo alegre que a fin de evitar la prisión se hace pasar por loco. O en un indio norteamericano mudo que, antes de soportar la domesticación de un hombre libre, prefiere ahogarlo con una almohada. O –si se nos permite la insolencia- en un cinéfilo nostálgico que persiste en cazar películas –ahora piratas y en DVD- con la esperanza de descubrir una nueva encarnación de Randle McMurphy que le devuelva a la plenitud familiar de su infancia y, acaso más importante, le recuerde el valor de perderle el miedo a la libertad.

Video club Euforia, finales de los 90

Buena parte de mi (mala) educación sexual de la debo al cine. Como tantos otros contemporáneos y de generaciones precedentes y posteriores, las primeras imágenes explícitas del cuerpo femenino y del sexo las conseguí clandestinamente de las Playboy, Penthouse, Hustler y otras revistas de menor estofa que dormían debajo del colchón de la cama de mis padres. Las siguientes imágenes fueron en movimiento, claro, y las descubrí, nuevamente sin autorización, en los casetes de VHS que alquilaba mi papá de los videoclubes en los que se había inscrito poco después de comprarnos tele a colores y reproductor de VHS para ver y grabar el Mundial de EEUU 94. Sin embargo, no fueron películas pornográficas o siquiera estrictamente eróticas las que me descubrieron entonces las inimaginables formas en que los cuerpos desnudos podían exhibirse y acoplarse. Eran cintas argumentales –gringas o europeas, por lo general- con hombres y mujeres calatos que solían tener sexo. Cintas que, por eso mismo, me estaban vetadas. Cintas como Kika, de Almodóvar, Danza con lobos, de Kevin Costner o The people vs. Larry Flynt (1996), de Forman, que acabé viendo en las horas en que mis progenitores no estaban pendientes de la suerte que corrían los videos que alquilaban.

La portada del VHS de The people vs. Larry Flynt era, de por sí, una invitación a la transgresión: las piernas, el pubis y la cintura de una mujer apenas cubiertas por un bikini y por el cuerpo deminuto de un hombre desnudo, empleando la bandera estadounidese de taparrabos. Lo que contenía adentro de la caja era aún más transgresor: la historia de un hombre que llevó la revolución sexual en los EEUU a los medios impresos, sin la arrogancia dandy de Hugh Hefner y con una rabia principista más propia del punk que de la contracultura. Tratándose del fundador de Hustler, en el filme abundaban los denudos y las escenas de sexo, entre ellas algunas con la -que tiempo después conocería y detestaría como- viuda de Kurt Cobain, Coutney Love. Sin embargo, más allá de la Love y su bocota, si alguna figura se me quedó de esa película –amén de los desnudos- fue la del incombustible Larry encarnado por Woody Harrelson, ese actor estadounidense dueño de un talento proporcional a su nariz y que, también al igual que ella, parece seguir creciendo sin fin con el paso de los años. (Tampoco pasaba desapercibido un jovencísimo Edward Norton, otro intérprete que prometía, pero que, a diferencia de -la nariz de- Harrelson, ha ido desapareciendo.)

Solo años después caería en cuenta de que el director de The people vs. Larry Flynt era el mismo que no mucho antes ya me había enseñado algo, y no poco, de la vida, en Alguien voló sobre el nido del cuco. De su biopic de Flynt recordaría siempre que las revoluciones, incluidas las sexuales, desde luego, suelen ser cosa de locos intransigentes que nadan a contracorriente y le ponen el pecho a todo lo que intente doblegarlos. Y con el tiempo me incubó, también, la sospecha de que las revoluciones demandan combates contra los modos establecidos de ejercer la libertad sobre nuestros cuerpos y de su representación.



Videoclub sin nombre, finales de los 90

Mientras que a la música llegué casi por obligación, al cine lo hice por amor. Hice el colegio en un instituto donde debía aprender a leer y tocar música, por más escaso talento que tuviera. En cambio, caí en el cine como mero espectador, sin necesidad de cultivar talento alguno, a más de entrenar mi memoria con títulos de películas y nombres de directores, actores y premios. Sin embargo, hubo un momento en que el cine supo reconcilarme con la música, al menos con la llamada música clásica. Como yo, mis dos mejores amigos estudiaban violin; pero, a diferencia mía, ellos sí tenían talento para el instrumento de cuatro cuerdas. Si yo podía aportar algo al triunvirato de violinistas era cierta cultura cinéfila en torno a películas sobre música y músicos. En nuestro particular santuario de músicos compositores ocupaba un lugar central Mozart. Y cómo no: era el niño prodigio, el del oído perfecto, el chico que tocaba el piano a la perfección con los ojos vendados, el adolescente que componía sinfonías con la facilidad con que otros cometen travesuras…

Justo en esos años, finales de los 90, tuvimos la primera oportunidad de tocar Mozart en orquesta, cabalmente, su Sinfonía 40. Para consagrar nuestra veneración por el austríaco solo nos restaba ver la biopic de la que tanto habíamos escuchado hablar, pero que no hallábamos en los videoclubes que frecuentaba con los carnets de mis padres. Ya casi habíamos perdido la esperanza de ver Amadeus (Milos Forman, 1984), cuando alguno de nosotros –no recuerdo bien quién- dio con un peregrino videoclub que tenía una copia del filme que en su año había arrasado con los Oscar (major película, actor, director y otros cinco). Lo alquilamos y, para honrar el culto, organizamos nuestro pequeño ritual: nos fuimos a mi casa, nos acomodamos sobre una frazada en el piso y lo vimos en un mutismo total que solo se rompería una vez pasados los 158 minutos del metraje.

Amadeus nos dejó extasiados, entre eufóricos y conmovidos. No solo nos ratificó que W.A. Mozart había sido acaso el mayor prodigio en la historia de la música, sino que había sabido capear una vida que prometía ser tormentosa con lo único que tenía: el disfrute genuino de su talento para hacer música. A contramano de lo que nos enseñaban en el colegio, la cinta nos decía –o al menos sentía que me lo decía a mí, que era el menos talentoso- que hacerse músico no era un camino meramente empedrado de padecimientos para alcanzar la excelencia o una competencia sin cuartel para dejar atrás a todo el que podría ensayar más y tocar mejor que uno. La música podia ser un juego, un divertimento capaz de provocar placer. La genialidad y el virtuosismo no debían ser martirios, no podían solo deparar sufrimiento, sino que podían experimentarse con una fruición lúdica e infantil. Y para Mozart, que nunca había dejado de ser un niño que jugaba a hacer música, ni siquiera cuando estaba ya convertido en el compositor más celebrado del clasicismo, jugar era la más efectiva manera de enfrentar la genialidad desbordada con que había nacido. Y eso no podia ser menos que visto como una cosa de locos, algo fuera de toda razón. Amadeus componía, tocaba, jugaba y se volvía loco. Porque jugar es cosa de locos, divertirse es cosa de locos, disfrutar de las virtudes es cosa de locos, crear es cosa de locos.

Omni Videoclub, principios de los 2.000

Cuando descubrí Hair (1979) en el último videoclub al que mi viejo se había inscrito, ese al que tanto había esperado entrar por años, yo era ya un universitario con bastante más ego que el adolescente que se robaba las películas alquiladas por sus mayores. Estaba consciente de quién era Milos Forman, conocía algunas de sus películas e, internet mediante, sabía de las otras que había hecho y aún no había visto. Si hasta me había enterado de que mi película favorita de él, y una de mis favoritas de toda la vida, estaba basada en un libro. Quizá por ese exceso de confianza en mí mismo llegué algo escéptico a su version del popular musical antibelicista que hizo a finales de los 70. Aun así, reconozco que le debo un par de cosas inapreciables a esa cinta: contribuyó a un enamoramiento desmedido por la ciudad de Nueva York y me concilió con el cine musical, que entonces no toleraba. Su canción principal, “Aquarius”, se me pegó como un parásito dulce e indoloro y, aún hoy, sin mayor esfuerzo, puedo tararear su estribillo. Pueden acusarme de ñoño-romántico-pseudo-hippie-trasnochado, pero sigo soñando con el día en que iré a corretear y dar volteretas por Central Park, cantando, aun para mis adentros: “This is the downing of the age of Aquarius…”. (Aunque, si me lo proponen, tampoco me rehusaría a quemar mi libreta de servicio militar orgullosamente auxiliar para gritar: “Let the sunshine, let the sunshine in/ The sunshine in…”).

Video club Euforia, principios de los 2.000

Si vuelvo al Euforia es por dos razones. La primera es porque no se trata de la misma tienda de alquiler de donde mi padre se prestó The people vs. Larry Flynt, que estaba en la Oblitas, casi frente al estadio Félix Capriles, sino de la que se hallaba en la avenida América, a pocos pasos de la Villarroel. La segunda es porque la cinta que alquilé de esa tienda, Man of the moon (1999), fue la última que vi de Forman en VHS en los años en que el VCD y el DVD hacían su depredador ingreso al mercado de consumo doméstico de cine. Eso sin contar que se trata de una cinta excepcional, tremebunda, la que ha merecido la más lograda performance del hoy malogrado Jim Carrey (olvídense de Eternal sunshine… y The Truman show). No por nada hay un documental (disponible en Netflix) que revela la obsesión con que el actor canadiense se metió en la piel del comediante Andy Kaufman, al punto de quedar seriamente dañado. Man of the moon es otra inmersión de Forman en el mundo de la genialidad desbordada que linda y hasta trasciende la locura. Lo que hacen Kaufman y Carrey es de una radicalidad creativa que fascina a la vez que inquieta, que provoca risa así como conmoción, que cabe aplaudir y maldecir. La cinta expone los excesos a los que el ejercicio creativo puede conducir cuando está tan confudido con la experiencia vital, como lo estaba en esos dos intérpretes, que no dudaban en poner su vida al servicio del arte y nunca al revés.

Puesto pirata cualquiera, mediados de los 2.000

No recuerdo bien de qué puesto pirata compré Goya’s Ghost (Los fantasmas de Goya, 2006), la última película que hizo Milos Forman. Lo que recuerdo es que ni su compra ni su visionado me dejaron algún poso emocional. Mal haría en renegar de la piratería de cine, una práctica que vengo celebrando y promoviendo desde hace tanto, pero en este caso reconozco que despojó a mi relación con el cine de Forman de esa mística romanticona que la arropaba desde el momento mismo en que nos encontramos y que no hizo más que afianzarse con el paso de los años y de los videoclubes. Tampoco ayudó que el filme no fuera uno de los más afortunados de su director. Como fuere, aún no he renunciado a encontrar las restantes cintas del checo, en especial las de sus primeros años.

Puede que el VHS y los videoclubes estén ya muertos. Y ahora también, el maestro Milos Forman. Pero, su cine, el visto, no deja de reverberar. Mientras que el no visto, como la locura y la libertad, amenaza con explotar en cualquier momento y saltar a nuestras vidas hasta confundirse con ellas.

Periodista – santi.espinoza@gmail.com





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