Cochabamba, martes 25 de septiembre de 2018

Milos Forman desatado

Un perfil de la vida y la obra del cineasta checo, que estuvo marcada por el nazismo, el estalinismo, la libertad que encontró en el cine y la locura a la que consagró su filmografía.
| Alba Balderrama | 22 abr 2018



Intentamos mantenernos cuerdos. Conservar la razón, como la carne, el pan, la fruta. Lo intentamos con las relaciones: un candado en algún puente de la ciudad. Lo intentamos todo, hasta que en 1963, en forma de cine, llegó Milos Forman desatado. Él sabía que no hay vida dentro de una lata de conservas. Sabía que todo estaba perdido, que perder la cordura es un camino a la imaginación y la libertad. La perdieron, en medidas desiguales, todos sus personajes y en torrencial medida él mismo en sus películas.

El primero de esos personajes fue el joven y tímido trombonista Vláda que, enrolado en una banda de música de aficionados de un pequeño pueblo, inventa maneras de no asistir con la banda a un prestigioso festival de música popular al que su autoritario director los obliga a ir y participar. Vláda sabe que esa banda no es más que eso, una banda desafinada y pequeña, que el concurso ya está perdido, pero, además, que es más importante ir a ver una carrera de motos que ocurrirá el mismo día del concurso. A sus 31 años, en 1963, Milos Forman realizó esta su primera película, Ensayo, que marcaría el imperioso intento, en él y sus personajes, de escapar a las normas, a los regímenes, a los directores de bandas y de cine. A las botas negras amaestradas en cuarteles para mantener fresca, como la carne, una ideología. Escapar a todo lo que nos ata y persigue.

Lo perseguía una bruja. Pocos días antes de que la Gestapo llegara a su vida por segunda vez para llevarse, ahora, a su madre, a Milos Forman lo perseguía una bruja en un sueño. El sueño es algo así: “Estoy parado detrás de la puerta de mi casa en Cáslav, mirando a una bruja. Es vieja y tiene garras por manos y verrugas cancerosas en su cara, es harapienta y huele a pis. Es bastante asquerosa, está en la pared del jardín, unos treinta pasos lejos y no le tengo miedo. Ella me mira directo a los ojos pero yo tengo una mano en la perilla de la puerta y puedo fácilmente cerrarle la puerta en la verrugosa cara si tengo que hacerlo. Escucho adentro las voces de mi padre y mi madre y mi hermano mayor hablando y riendo en la cocina detrás de mí. Me siento seguro en la casa, tan seguro que le saco la lengua a la bruja con gestos burlones. Me aseguro de sujetarme fuerte a la perilla. De pronto la bruja se abalanza volando hacia mí como si una fuerza astronómica la succionara desde la puerta, me agarra y el suelo se abre cayendo al fondo de la tierra, no puedo gritar, porque la bruja me aprieta, no puedo respirar y mis músculos están paralizados por el horror, y nos vamos abajo, abajo, abajo”. Así recuerda los días previos a perder algo más en su libro de memorias Turnaround. Días después, con sus pijamas sudados por la fiebre, esperaba a que su madre le trajera su medicina, pero solo escuchó muebles cayendo en estrépito y las pisadas pesadas de las botas de los hombres que se llevaban el sonido ligero de las pisadas de su madre. Tenía ocho años.

Aprendió temprano a perder. Lo perdió todo. A esa edad, todo son tus padres, tu casa, tu ciudad. Milos Forman nació en un pequeño pueblo llamado Cáslav en un país que suena como un chasquido, Checoslovaquia y para cuando apareció Hitler, en un abrir y cerrar de ojos, la ciudad y el país estaban ya perdidos. Uno a uno, fueron desapareciendo en campos de concentración su padre, su madre, sus amigos y vecinos. Creció en un internado escapando de los nazis, luego tuvo que abandonar su ciudad y llegó a Praga escapando de los comunistas; allí se enroló en la Academia de Cine de Praga (F.A.M.U.) que estaba infestada de buzos y de doctrinas del Stalinismo que ya estaba causando estragos en el país. Pero ahí, con otros jóvenes, encontró en las lecturas y jóvenes profesores (como uno llamado Milan Kundera que lo impresionó cuando les dio a leer un sensual y escandaloso libro Las amistades peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos) maneras de capear la tormenta política, la persecución y la censura. Con la conciencia de que no hay maneras de ganar en la vida real, el cine y los libros fueron, para él y sus camaradas, maneras de ganar y de escapar a la paranoia del orden, de los uniformes militares, de los uniformes de doctores y enfermeras, de las masas violentas y las reglas. El cine fue la manera de escapar al orden y permanecer de una pieza, fuerte y sano.

Pero, las crisis y las enfermedades llegan siempre. A finales de los años 50, Milos Forman, que era un hipocondríaco acabado, tuvo una crisis nerviosa, que en Checoslovaquia era, en ese entonces, una de las condiciones médicas de moda porque las personas sensibles que tenían problemas con la Seguridad del Estado las usaban para salir de sus predicamentos. “Una crisis nerviosa te absolvía de la responsabilidad de tus acciones”, recuerda. Así que lo internaron y drogaron con algo parecido al Valium en un hospital llamado Katerinky, donde había un ala grande de enfermedades mentales. Una vez a la semana lo inyectaban con esa droga y se sentía maravillosamente. Luego recordaría: “Allí descubrí la banalidad de la locura”. Los locos allá no eran como esos seres despeinados que andan golpeándose sus cabezas en cada pared que encuentran, “eran gente tratando de ser normales solo que no lo lograban por alguna razón. En esas épocas, la banalidad impregnaba todo, incluso la enfermedad”.

No había modo de que no lo recordara, de que no hablara de ello, de la banalidad de la locura. En 1975, Milos Forman estrenó One Flew over the Cuckoo’s Nest, o su extraña traducción al español, Atrapado sin salida. Así aparece Randle McMurphy (Jack Nicholson de los setenta, prendido en fuego), otro de los grandes personajes de Milos Forman, que acude a la locura como un acto de imaginación y de rebelión contra un sistema sádico. McMurphy es alguien normal, o intentando ser normal, que termina en un manicomio. Es un estafador condenado que se hace pasar por loco para evitar que lo metan en la cárcel por haber abusado de una menor de edad. Pero conforme pasan los días en el manicomio, se da cuenta de que el acoso hospitalario es mucho peor que cualquier prisión. Su lucha es no contra la enfermedad o la “locura”, es contra la sádica Mildred Ratched, una enfermera que manda en el recinto. Es la lucha contra el poder totalitario, contra el absurdo del poder absoluto. Las pesadas botas negras son ahora tendenciosas botas blancas.

Como los uniformes, absurdos en sí, feos y grotescos, en la sensibilidad de este hombre que ha sobrevivido a todos los regímenes a lo largo de su vida, su mirada siempre ha ido afilándose como un dardo hacia la institución que confeccionaba y diseñaba el uniforme para emparejar a los individuos, para volverlos crueles y esclavos. En una entrevista cuenta que “cuando los nazis y comunistas llegaron a Checoslovaquia, declararon la guerra a los pornógrafos y pervertidos. Todos aplaudieron: ¿quién quiere pervertidos corriendo por las calles? Pero luego, de pronto, Jesucristo era un pervertido, Shakespeare era un pervertido, Hemingway era un pervertido. Siempre se empieza con los pornógrafos para abrir la puerta un poquito, pero luego la puerta se abre totalmente para toda clase de persecución”.

Un pornógrafo es precisamente otro de los personajes de Milos que se salió del nido confortable y correcto que la sociedad monta para cada uno de nosotros sin que nos demos cuenta. El hermoso, sensual, pervertido, sucio y arrojado Larry Flynt. El amante con poder que cualquier mujer quisiera muy secretamente y el hombre exitoso, digno y vulgar que cualquier hombre muy secretamente quisiera ser es interpretado por un joven y talentosísimo Woody Harrelson en la película The people Vs. Larry Flynt o, en español, Larry Flint: el nombre del escándalo. La película cuenta la vida del magnate de la industria pornográfica norteamericana y su ascenso de administrador de club nocturno a editor de la revista para hombres Hustler. De un hombre pobre a uno indecentemente rico, de un hombre que abre la puerta de la sociedad conservadora un poco, elegantemente, como para que un fulminante rayo de luz los despoje de sus ropas, sus uniformes, y los deje desnudos, abiertos al placer sin culpa. Larry Flynt es sobre todo un personaje digno. En una de sus declaraciones en la corte les espeta a los uniformados de jurado y jueces: “¿Saben? A los políticos y a los demagogos les encanta decir que el material explícitamente sexual corrompe a la juventud de nuestro país, y sin embargo, mienten, engañan y montan guerras sacrílegas. Miradles. Se llaman hombres y son ovejas de un rebaño. Yo creo que la verdadera obscenidad consiste en educar a nuestros jóvenes haciéndoles creer que el sexo es malo, y sucio, y feo, y que por el contrario es heroico ir a derramar entrañas y sangre del modo más espantoso en nombre de la humanidad. Con tantos tabúes sobre el sexo no me extraña que tengamos los problemas que tenemos. No me extraña que seamos irascibles, violentos, genocidas, pero ahora háganse esta pregunta: ¿Qué es más obsceno, el sexo o la guerra?”.

Preguntas así guiaron el cine de Milos Forman y a los que lo amamos desde el primer encuadre. Por preguntas de ese calibre demostró lo que se dice a modo de educación popular: no se mide a una persona por las respuestas que tenga, sino por las preguntas que se hace. Intentamos mantenernos cuerdos. Tener todas las respuestas. Desde que llegó, en 1963, en forma de cine, Milos Forman tenía una sola respuesta: en la cordura, en la ideología, en lo establecido se anida una guerra perdida. Si todo está perdido, solo queda ir abajo, abajo, abajo y hacer preguntas a los locos, a los drogados, a los pornógrafos, a los genios, a los envidiosos, a los atormentados, a los enlistados, a los jóvenes enamorados, a los delincuentes, a los enfermos, a los idealistas. En resumen, a los sin botas ni uniforme.

Productora y gestora cultural - albita35mm@gmail.com





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