Cochabamba, martes 25 de septiembre de 2018

Anatomía de la melancolía (In memoriam Milos Forman)

Sobre uno de los ejes de la obra del cineasta estadounidense de origen checo Milos Forman, que falleció el pasado 13 de abril.
| | 22 abr 2018



“Quiero que se me vea en mi forma simple, natural y ordinaria, sin contención ni artificio, pues yo soy el objeto de mi libro” (Montaigne).

Definición del DRAE:

Díscolo, díscola

adjetivo/nombre masculino y femenino

1. Que tiene tendencia a desobedecer y rebelarse contra las normas y órdenes.

Hubo un tiempo feliz en que la ciencia y la literatura eran hermanas. De ese fratris provino Michel de Montaigne, por ejemplo, que inventó el hoy podrido y devastado género del ensayo. Pero es también de esa hermandad que un viejo clérigo y estudioso bibliotecario de Oxford, Robert Burton, pudo concebir una obra monumental que ha vencido los tiempos y las lejanías: Anatomía de la melancolía. En ese bello volumen, Burton, dueño de una eterna depresión melancólica -su malus genius- se saca el clavo con otro clavo -clavum clavo-, y define, precisa, glorifica y eterniza el bello dolor perpetuo de ser un melancólico. La melancolía, dueña de tus humores, depresiones, genialidades y arrebatos, es simplemente otra forma de designar a la locura. Y la locura, lo supo Casandra, es la capacidad de estar donde nadie más habita, ver más allá de las comunes miradas y sufrir, en secreto, la miseria humana de los cuerdos. Milos Forman, como Robert Burton, hizo en cada una de sus películas una anatomía de la melancolía.

Aunque nos pueda resultar atractivo señalar la preferencia de Forman, por retratar en sus películas personajes locos y excéntricos, en realidad la locura habitual de la obra de ese checo que sobrevivió al nazismo y a la Primavera de Praga es más semejante a la de los melancólicos que a la de los orates. En Un vuelo sobre el nido del cucú (horrorosamente llamada en nuestros pagos Atrapado sin salida), nuestro melancólico héroe (divino Jack Nicholson) es un díscolo más que un enajenado. No encaja, no se calla, se subvierte contra el orden corrosivo de la rutina y el hastío del miedo. Es -en su estado melancólico- un detonante del caos y de la liberación fugaz, por ello lo condenan y lo encierran, y por ello después lo van minando despacito, hasta arrancarle el último aliento de su vida, hasta dejarlo a merced de una horrenda ira. Pocos finales tan memorables ha tenido el cine y este es agrio en particular pero, paradójicamente, tan humano y tan ruin que se hace inolvidable.

Y díscolo también es el Woody Harrelson que encarna a Larry Flynt. En El pueblo contra Larry Flynt -no se me ocurre un filme más pertinente para estos perros tiempos que ese-, la locura del personaje radica en su melancólica defensa de la libertad humana. Contra viento y marea, esa figura heroica del derecho al sexo penetra en lo más recóndito de la hipocresía moralista, religiosa y conservadora (ayer los pastores y sacerdotes; hoy, su encarnación viciosa apodada feminismo) tan solo para aplacar sus humores y sus ansias de ser humano libre. Claro, el pueblo, lujurioso de hogueras y pánicos morales, lo va encasillar para siempre con el rótulo de loco, con el epíteto de malo y peligroso. Y, en su lucha particular, titánica, invencible, Larry Flynt se hunde en la melancolía.

Como lo hace Salieri (¡oh magnífico F. Murray Abraham!), que es en realidad el gran personaje de ese colosal testamento cinematográfico llamado Amadeus. Mozart -vaya coincidencia-, díscolo en su vida y díscolo en su música, cae en el fango mortal de su melancolía y dicta su propio “Réquiem”. Pero su asesino y último amigo lo asiste en su caída, lo releva paulatinamente, lo configura en un crescendo mientras ambos escuchan el “Confutatis” que apuñala la vida y se hace música. Salieri es omnisciente y voraz, es superlativo en su odio y su envidia, es minúsculo en su humanidad y paga caro su desprecio. La tristeza, el remordimiento, la locura, lo han devorado y han marcado su derrota. Héroe trágico de un relato puro y vivo de eso que también llamamos la melancolía.

Que es la misma -por cierto- de Andy Kaufman, díscolo protagonista de A man in the moon, encarnado por el también notable díscolo Jim Carrey. El payaso triste por antonomasia, una especie del Garrick de Juan de Dios Peza (por si lo olvidaron, dixit: “¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!/¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,/porque en los seres que el dolor devora,/el alma gime cuando el rostro ríe!”) que, al revolverse en las más ufanas y estrambóticas formas de la risa, se ve envuelto en la configuración social que lo incrimina y le niega el beneficio de la duda. Las constantes depresiones de Kaufman son -ni más ni menos- formas absolutas de la melancolía, locuras -en el fondo- fabricadas por los tontos cuerdos, y el poderoso Milos Forman, supo como nadie transformarlas en películas. No seré yo quien lo compare, pero otro ser antes que él dejó un testimonio imperecedero de la locura melancólica. Se llamaba Cervantes.

Comunicador y docente - xordanov@gmail.com





TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:

MÁS NOTICIAS DE « RAMONA »:

Opinión en Twitter
Opinión en Facebook
Portada Impresa