Cochabamba, martes 25 de septiembre de 2018

Los mediocres

Sobre Amadeus, la película de 1984 del recientemente fallecido director checo Milos Forman.
| | 22 abr 2018



La primera secuencia arranca vertiginosa con la sinfonía número 25 en G menor de Mozart, en un ritmo propio de un thriller, una historia de suspenso en la Viena de finales del siglo XVIII, el clímax de un crimen que nunca sucedió, atrapante desde el principio. La historia, un gran flashback que se va narrando en secuencias que se alternan, me recuerda, en sus mejores momentos, a los montajes paralelos de Coppola. Edición de música e imagen compiten en intensidad y nos brindan un espectáculo. Amadeus (1984) podría creerse una biopic, pero es, sobre todo, una historia acerca de los sinuosos caminos de la ambición y el hedonismo, enmarcados en los ambivalentes valores de la época, sumamente católica, y al mismo tiempo seducida por lo ilícito, relajados con lo que luego se tildaría de grosero u obsceno en la época victoriana. Un contexto ideal para construir un personaje como el Mozart de Milos Forman.

Forman adapta Amadeus de la obra de teatro homónima de Peter Shaffer, en la que se desarrolla una supuesta rivalidad entre Mozart y el italiano Antonio Salieri, un importante músico de la época, cuya vida se cruzó varias veces con la del aclamado y mítico compositor alemán. Es justamente Salieri quien es el hilo conductor de toda la película. Su relato y sus memorias construyen una especie de ópera cinematográfica sobre la envidia, la ironía de la fe y la virtud. Las obsesiones de Salieri se cocinaban en un extenso monólogo con Dios, que empieza en su niñez y que solo termina en la senilidad. En común tuvieron siempre la intimidad de un lúgubre cuarto de oraciones. Dios, al que promete cosas, al que entrega su vida a cambio de talento y reconocimiento, es quien finalmente pone en su camino a Mozart, su maldición y la suma de sus más intensos deseos. Él es, al mismo tiempo, el objeto de su más grande admiración y también del más grande y descarnado odio. Aquí el contrapunto entre ambos personajes está fina y brillantemente hilado, musical y visualmente, uno y otro personaje resultan ser opuestos, en constante tensión y desequilibrio, aunque, en el fondo, son los demonios que luchan en la cabeza de Salieri, su mundo interior, lo que se nos revela como verdad. La parte biográfica es solo una excusa.

Ese creo que es uno de los aspectos más fascinantes de la historia, no realmente el conocido talento de Mozart, sino la tormentosa relación que tiene un hombre, en este caso Salieri, con sus propias y patéticas pasiones, un Salieri imaginado por Milos Forman y el propio Shaffer, coguionista y autor de la obra de teatro.

Lo que hace atrapante a Amadeus no es solamente la puesta en escena, portentosa, así como su diálogo con la música, sino la capacidad que tuvo Forman de construir a ambos personajes con los que logramos cierta simpatía y empatía. Forman logra que, por algunos momentos, empaticemos con el obsceno, lascivo, escatológico y despreocupado Mozart, y en otros, que entendamos las oscuras razones de Salieri. Esa conexión con los personajes al límite de lo correcto ha sido siempre una característica de Forman, y una de sus grandes virtudes. Los personajes fuera de lugar y sus matices han poblado su filmografía, la revelación de la hipocresía de la sociedad, que sobrevive épocas, y la virtud de la honestidad en lugares políticamente incorrectos.

Pasada la mitad del metraje, las escenas se intercalan en una intensidad que progresa entre la decadencia física de Mozart, la obsesión de Salieri por la muerte de su ídolo y fragmentos de óperas, que finalmente confluyen en un clímax brillante. Una de las escenas más importantes de la película es la de Mozart en su lecho de muerte dictando su “Réquiem” a Salieri. Se dice que el talento es algo innato, se tiene o no se tiene, entre eso están quienes lo buscan toda su vida. El final que elige Forman es una especie de oda a esos que buscan toda su vida. “Mediocres del mundo, los absuelvo”, dice Salieri en el psiquiátrico. No hay nada más terrible que la conciencia, la lucidez de entenderlo todo y aun así no poder cambiar el destino. Forman exploró esos lugares, la humanidad en sus facetas más terribles y a la vez luminosas.

Realizador audiovisual, docente y crítico -

lr.brun.oropeza@gmail.com





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