Cochabamba, domingo 23 de septiembre de 2018

José Santos Vargas

Fragmento de la Introducción realizada por Gunnar Mendoza para la edición de 1981 del Diario de un comandante… de José Santos Vargas, recientemente reeditada por la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB). Vargas es uno de los héroes nacionales que aparece en la nueva familia de billetes del Estado Plurinacional.
| Gunnar Medonza | 22 abr 2018



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La guerra de liberación de América contra España tuvo su arranque inicial […] en 1809, y por las condiciones estratégicas excepcionales del país la lucha fue allí más larga y ardua, sucediéndose intermitentemente durante 16 años, con gran predominio de la forma guerrillera, actuada por múltiples partidas populares. Una de ellas tuvo su cronista en aquel guerrillero casi iletrado pero con fibra de escritor e historiador nato que fue apuntando los hechos de la lucha en una de las áreas más inaccesibles y abruptas del inaccesible y abrupto territorio andino americano: el comandante José Santos Vargas en su Diario histórico de todos los sucesos ocurridos en las provincias de Sicasica y Hayopaya durante la Guerra de la Independencia americana desde el año de 1814 hasta el año 1825. Escrito por un comandante del partido de Mohosa, ciudadano José Santos Vargas.

José Santos Vargas tenía esta perspectiva panorámica de su existencia: “Los accidentes de vida que he experimentado en el número de mis días son tantos y de tal calidad que sería un imposible hacer descripción de todos”.

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José Santos dice que nació en la ciudad de Oruro —centro urbano predominantemente minero situado en el borde oriental de la Altiplanicie boliviana— el 28 de octubre de 1796.

Su madre fue doña María Guadalupe Medrano que murió el 14 de agosto de 1802, y esto es todo lo que el hijo dice de ella. Su padre, “un don Blas Mariano Vargas, capitán de caballería, de los ejércitos reales y escribano público, de cabildo, gobierno y guerra de aquel tiempo en dicha villa de Oruro”.

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Blas Mariano Vargas murió el 22 de marzo de 1804.

Huérfano de madre y de padre a los seis y ocho años de edad respectivamente, José Santos quedó al cuidado de su tía abuela doña Gregoria Díaz de Alda (conocida como Condo Goya).

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Con la muerte de la Condo Goya quedó no ya solo, sino a cargo de su tutor, albacea y curador, que a la vez era su maestro en la escuela, ese dómine, don José Jacinto Quevedo, a quien tipifica gráficamente: “siguió educándome, no con aquel amor maternal a que estaba acostumbrado sino más bien con la aspereza de un verdadero escolero antiguo que todo el cariño lo convertía en despotismo”.

[…].

Salida al mundo

En Oruro ya se vivía a la sazón en un clima bélico. Desde 1809 corrían rumores, llegaban emigrados, pasaban prisioneros, entraban y salían tropas realistas y patriotas, y hasta hubo una toma del cuartel por la cholada. La guerra con todo su fragor llegó aquella mañana (16 de noviembre de 1811) en que el legendario insurgente Esteban Arze asaltó con su tropa casi toda irregular de indios cholos a los realistas en la Villa.

Cuando José Santos se escapó de la casa en protesta porque su tutor, al ir a refugiarse con su familia y su servidumbre en una iglesia, lo había encerrado en la casa a él solo, no sospechaba que no iba a volver allí nunca más. Reunido con otros muchachos se fue ante todo a las orillas a ver y “jugar con cuetes”. El impresionante espectáculo del enorme tropel asaltante que huía derrotado horas más tarde estimuló en el muchacho no solo la idea sino la decisión de su propia huida. Luego “confundido entre los derrotados” y siempre “corriendo con ellos” ya estaba a varias leguas de Oruro […].

En su huida recaló en el sistema de Valles que continúa por el oriente a los Valles donde iba a actuar después como guerrillero. En esta área se mantuvo por casi tres años (noviembre de 1811 a septiembre de 1814), actuando a veces como “sirviente doméstico” y a veces como secretario de cartas para sustentarse. Etapa deprimente de su vida, entre la humillación de un estado ínfimo, el anhelo de establecerse bien y el impulso de retornar a Oruro siempre reprimido por el recuerdo aún más deprimente del tutor.

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En el curso de este viaje ingresó por primera vez en el área de los Valles de Hayopaya, en el caserío rural de Oputaña. Sabiendo allí que un hermano suyo, el presbítero doctor Andrés Vargas, residía en el pueblo cercano de Mohosa —que iba a ser dentro de poco tiempo una de las más firmes bases de apoyo de la lucha guerrillera en los Valles— decidió no ir ya a La Paz y quedarse en Oputaña […].

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Por otra parte se encontró con esta gran novedad: su hermano era un cura patriota de convicción férvida, “ciego en esta opinión” y así la incipiente inclinación de José Santos por la libertad desde la escuela recibió de su hermano una elocuente y sólida racionalización. Luego otra novedad aún mayor: Andrés Vargas había llegado al extremo de hacerse cura guerrillero, concurriendo como “capellán” en diversas guerrillas y sufriendo por ello sañudas persecuciones en su persona y sus bienes, a los cuales los realistas aplicaron su táctica favorita del incendio y el saqueo. Y como si todo esto fuese poco, Andrés Vargas, como guerrillero, había llevado, nada menos, un diario.

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Guerrillero

Del encuentro con su hermano, después de dos meses resultó la incorporación de José Santos en la guerrilla en los Valles de Hayopaya, escena final de una etapa de su vida y a la vez escena inicial de otra definitiva en una sucesión de cambios sorprendentes: “aunque mi hermano no quería que me entropase al principio. Después ya aprobó todo lo que hacía”.

José Santos encarece una y otra vez lo decisivo que fue el estímulo recibido de su hermano para adoptar la resolución de incorporarse en la guerrilla: “ya con la seducción de mi hermano a la opinión de la Patria estaba yo anhelando en ella”, “Abracé el partido tan deseado aprovechándome del entusiasmo y seducción de mi hermano”, encarece igualmente la convicción patriótica y desinteresada de su decisión: “deseoso de serlo [patriota], sin saber las ventajas que pudiera producir tal partido” […].

José Santos —tenía 18 años— se entropó en la guerrilla en calidad de soldado distinguido en momentos en que el teniente coronel Buenaventura Zárate, comandante general de los Valles por la Patria, había decretado una insurrección general para la cual se convocaba a la indiada (7 de febrero de 1815), y cinco días después tuvo su bautizo de fuego en un asalto nocturno junto al comandante del pueblo de Mohosa, Eusebio Lira, con quien simpatizó desde el primer momento y bajo cuyas órdenes se hizo formalmente guerrillero. “Yo no quería separarme de la compañía de Lira”.

José Santos guerrillero, antes que procurar una plaza como combatiente propiamente dicho, se las arregló para ubicarse como tambor, esforzándose “a aprender sin que hubiese quién me enseñase”. Él explica esto haciendo ver que así estaba en una posición mejor para llevar su Diario. […].

Quizá no quería precisamente tener que matar, lo que obtenía ocupando la plaza de tambor, aunque aumentasen en cambio las probabilidades de tener que morir, pues en los combates “por la caja que tocaba […] me tanteaban a mí” y “los oficiales del enemigo decían: ‘Tírenle al tambor’”; en más de una oportunidad los disparos del enemigo dirigidos a José Santos le destrozaron la caja y el sombrero, de manera que lejos de darle seguridad su puesto de tambor lo exponía a más peligros.

No fueron estos los únicos peligros de muerte para José Santos. Por no caer prisionero se lanzó una vez “por un bajío bien impinado” y “conforme me caiya me levantaba y corría”; otra vez se lanzó por una quebrada abajo para poder escapar; otra debió ponerse “en las costillas del caballo” para hurtar el cuerpo a las balas que zumbaban en torno; otra tuvo que meterse tres días en el monte “sin comer ni casi dormir”: “Tiros nomás se oiya en todas partes entro del monte”; otra tuvo que meterse nuevamente por seis días en el monte “porque cruzaban partidas de indios [realistas] en busca de los soldados y de todos los patriotas momentáneamente”; durante una persecución, “De día solíamos estar en las lomas más ocultas y cerros nevados, sin tener que abocar, y de noche nomás andábamos ocho leguas, y 10 y 12 y 15 también porque no había lugar que no fuesen nuestros enemigos”; en la acción de Quillacollo (12 de septiembre de 1817) una bala mató a su caballo […].



Historiógrafo, bibliógrafo y archivista (1914-1994)





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