Cochabamba, viernes 20 de abril de 2018

Eugenia, a través de las montañas

Una crítica del más reciente largometraje de Martín Boulocq, que se estrena comercialmente en Cochabamba y otras ciudades del país este jueves 19.
| Luis Brun | 15 abr 2018



Eugenia atraviesa un paisaje accidentado, idílico en algún momento, extraño y árido ahora. Las serranías atravesadas por ríos, valles que se agolpan y aplanan como el fondo difuso de un lienzo, ese paisaje del sur que ha fascinado a Martín Boulocq por varios años, sirve como una especie de continuidad en su cine, al menos en el espacio, con personajes encerrados en coches que no avanzan y frente a caminos truncados. La nueva película de Boulocq empieza con una contundencia visual inquietante, conmovedora más por lo que esconde que por lo revelado, una constante en la puesta en escena del director cochabambino. Los minutos avanzan y poco a poco se va configurando una historia, un personaje, se va abriendo una realidad a través de una puesta en escena que, en Los Viejos (2011), su segundo largometraje, se había reusado a la levedad, en Eugenia (2017) fluye y hasta se disuelve y vuelve a surgir, más o menos como en Lo más bonito y mis mejores años (2005). En común, ambas películas tienen a Cochabamba, que presta su atmósfera, algo entre melancólica, sosegada e enigmática: no pasa nada y pasa todo.

Considero a Eugenia como un paso importante en la filmografía de Boulocq, película mucho más accesible y al mismo tiempo madura, afinada en los ritmos y con una suerte de ironía inteligente en la que se sustenta su lado cómico. Si hay algo que es constante desde el inicio de la obra del director, es la honestidad, esa necesidad de abundar en su mundo, de leer su entorno, de ver la realidad a través de un espectro social y cultural que le es familiar, eso, que en algún caso podría considerarse limitante, es sin duda una estrategia discursiva muy fuerte, efectiva y que finalmente da sentido a una obra muy intimista y al mismo tiempo reflexiva sobre nuestra realidad. En Eugenia el contexto de la Bolivia del “proceso de cambio” es parte del relato y, de manera muy sutil y elegante en algunos casos, y en otros de manera más obvia, va irrumpiendo en la intimidad de los personajes, a través de las pantallas de TV, en los letreros, en las ventanas de los taxis, en las conversaciones más triviales. Nuevamente, no pasa nada y pasa todo, porque ese es el espacio natural de los personajes, en este caso, no es el extremo cáustico y descarnado que configura el imaginario de las periferias o la pobreza, o el pálido retrato de la decadente élite, en cambio, es ese espacio de grises que a veces se rehúsa a explorar en nuestro cine. Si hay una forma de aproximarse a la llamada “clase media”, tan de moda hoy, es a través del cine de Boulocq. Lo que revela, entonces, es igual o más importante, porque al moverse entre los grises y evitar los extremos descubre, explora y llega más lejos.

Un tema, inevitable de analizar en Eugenia, es la figura de la mujer y la feminidad. El director no ha sido demagógico al abordar el tema en las entrevistas que ha dado, la película va más o menos en ese tono. Los elementos narrativos se van acoplando sin sentirse forzados; el personaje de Eugenia evoluciona creíble, honesto y sin trampas. Sobre ella recae esta figura de la mujer a contracorriente, amenazada por enemigos visibles e invisibles, lindando peligrosamente con la victimización, algo que en el tratamiento de la película se va esquivando en la medida de lo posible, plateando matices: Eugenia dice sobre su divorcio “no es empezar de cero, hay que seguir no más”, intentando relativizar algo que, inevitablemente, es difícil de sobrellevar; mientras tanto, en el televisor María Galindo, activista, dice enfáticamente, “el divorcio es una victoria de las mujeres”. Finalmente, Boulocq evita el dogmatismo y se inclina por lo más fuerte y cinematográfico, la feminidad. Una visión fémina que ha sido construida entre el director y la actriz, Andrea Camponovo, sumamente generosa con su personaje y con la historia. Su participación en la película, que va más allá de la interpretación, es clave para definir los mejores momentos de la película, en los que se desnuda realidades como la de un mundo masculino aún prepotente, pero ya en franca decadencia; por otro lado, la caricatura de un artista pretensioso de ciudad pequeña o los pincelazos de otra historia, la de Tania “la guerrillera”, que al final sirve como pieza dentro de esa búsqueda de una identidad a partir de la crisis que sufre Eugenia, todo eso en torno a los fragmentos que queda de una familia. Por ahí también se intentan plantear otros tópicos como la violencia de género o la diversidad sexual, aunque, el último más que el primero, quedan a medio camino.

Estos, que podríamos denominar cabos sueltos, nos indican que estamos ante una película hecha de momentos más que de una macrohistoria estructurada, estos momentos tienen una peculiaridad o extrañeza que contribuyen a generar una atmósfera, sensaciones y texturas. Esta forma de contar responde a un estilo de producción característico de Boulocq desde su primera película, un estilo de rodaje extendido, cuasi documental, en el que se construye en base a una idea ficcional, pero con pedazos muy íntimos, reales, extractados de las propias vivencias del director, de sus actores o de cualquier miembro del equipo. Estas historias se van solapando y generando sentido sobre la marcha, en montajes previos, mientras se graba en fines de semana o días especiales, cual reunión de amigos que se dan tiempo para charlar y ponerse al día. Evidentemente, el modelo de producción influye en el resultado final de la película. Por un lado, se hace frágil en la narración, no por débil, sino porque llega al público de a poco, sutil, tal vez con detalles que al principio parecen intranscendentes. Se cuestiona y exige al público, sí, pero el golpe no es contundente. Por otro lado, esta lógica de producción y apuesta cinematográfica potencian a la película en la interpretación de sus actores y en el ritmo dramático de cada escena, los actores y sus personajes son afines, casi alter-egos; el texto del guion no existe o es bastante flexible, logrando actuaciones fluidas y creíbles. Importante revelación: una de las falencias más grandes en el cine boliviano, los diálogos acartonados, recitados o cantados, la sobreactuación y demás males parece que pueden superarse.

Las películas de Boulocq son nuevamente necesarias, a más de 12 años de su primer largo, que, aunque de escasa difusión, ha influido bastante en las nuevas generaciones de cineastas. Son necesarias porque nos dicen que aún hay miles de historias que no hemos contado de nuestro país, que hay formas distintas de producir películas y concebirlas. También nos dice que es posible superar nuestras obsesiones simbólicas de origen, hablar desde otros espacios, desde otras voces y buscar nuevas obsesiones. Eugenia, como muchos de los personajes ficcionales y documentales en nuestro cine, busca, viaja, cuestiona su identidad, pero, en este caso, ella opta por otros caminos para enfrentar esas problemáticas, se plantea otras preguntas, abraza su desarraigo, sus heridas, la podemos ver a través de las montañas, esas que son como un fetiche en nuestro cine, la vemos atravesar los riscos por el borde del precipicio, porque hay que seguir no más, hay que romper, trastocar y seguir.

Realizador y crítico audiovisual - lr.brun.oropeza@gmail.com





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