Cochabamba, martes 21 de agosto de 2018

A simple kind of man

|  Miranda Bascopé | 15 abr 2018



Quizás el aroma más seductor con el que la cotidianeidad te conquista es sin duda aquel que te hace olvidar tu propia caducidad. Tanto es así, que justamente su misma ausencia centrifuga una serie de sensaciones que van desde el terror absoluto a la libertad más plena. Lastimosamente, son pocos los que llegan, o más bien se atreven, a alcanzar el último grado de esta escala. Llega la asfixia de un mundo sin seguridades y automáticamente dicho terror bloquea cualquier anhelo o voluntad de correr el velo que nos permitiría alcanzar algo más.

Ante nuestra caducidad, Borges nos dice que, en última instancia, solo la vida existe. Y añade: “/El espacio y el tiempo son formas suyas, /son instrumentos mágicos del alma, /y cuando ésta se apague, /se apagarán con ella el espacio, el tiempo y la muerte, /como al cesar la luz/ caduca el simulacro de los espejos/ que ya la tarde fue apagando./”. Lo triste es cuando dichos instrumentos del alma son aplastados por la rutina, son silenciados a la fuerza por nuestros propios miedos, extremadamente patentes pero en realidad ingenuamente ilusos. Tristeza que solo a veces, y solo a veces nos hace cuestionar lo continuamente negado. ¿Dónde se fue el tiempo? ¿Dónde se fue mi historia? Y así, uno parpadea y tiene 80 años.

Una baratija, tal vez. Sin embargo, es justamente esa simplicidad la que asusta. Es esa inminencia de finitud la que aterroriza. ¿Hay algo más claro que eso? Saber que solo es cuestión de tiempo y que esta maravillosa ilusión de espejos en la que estamos inmersos, un día acabará. Hoy, mañana, en una semana o en 60 años, todo terminará. ¿Eso no bastaría para reconocer la mayúscula estupidez a todos los niveles bajo la cual insistimos en vivir o más bien padecer? Evidentemente no, no basta. La cuestión se comprende pero “no cae”. Se la entiende, pero nuestras “tripas” nunca la asumen… hasta que ya es demasiado tarde. Excepto para algunos pocos.

Decía unos pocos, porque existen. Y los que en verdad lo comprenden, a veces incluso sin saberlos ellos mismos, son aquellos alejados de todo ideal romántico al respecto o idealización artificial a lo Into the wild. Tuve la dicha de toparme con alguien así. Y la alegría de dicho encuentro no sólo es más verdadera debido a que viene acompaña de una sana envidia. Envidia que te permite ver el camino de una manera meridianamente clara pero obtusa al mismo tiempo.

Su nombre era Roberto Manzanedo y era de Burgos (Norte de España). No recuerdo haberle preguntado su edad, pero calculo que tenía unos 43 años. Y más que dedicarle una crónica, deseo reflejar la influencia de su apostolado no buscado, no deseado pero inconscientemente ejercido. Un poema vívido del verdadero sentido que debería tener nuestra efímera existencia. Lo conocí gracias a Artur, un hermano del alma que viajaba por Sudamérica y se lo topó a orillas del Salar de Uyuni. Nada de más, aparentemente. Sin embargo, se trataba de un viajero que básicamente recorría el mundo en una bicicleta común y corriente. Nada de equipos sofisticados o enjambres de dispositivos. Simplemente él, unas mochilas y su bicicleta.

Roberto había empezado este viaje en el África subsahariana tomando rumbo sur hasta llegar a Sudáfrica. De allí, partió para Río de Janeiro, desde donde pretendía recorrer toda Sudamérica. De Río, tomo rumbo sur por Brasil y Uruguay. Posteriormente, estuvo en Argentina, Chile y, claro, Bolivia, hasta llegar eventualmente a Cochabamba. Gracias a la omnipresencia del Whatsapp, Artur lo contactó y nos encontramos en uno de los innúmeros hostales de la España. Después de los reencuentros y las presentaciones nos dirigimos a uno de los tantos boliches de la zona, Macacos si mal no recuerdo.

En el boliche, pedimos un par de cervezas y después de un buen rato de charla leve comenzaron las preguntas y, por supuesto, LA pregunta: ¿Por qué? Roberto habló de su vida tranquila y “normal”, trabajando en una fábrica de la Volkswagen primero en Brasil y ahora en España. Nos habló, “desde las fotos de su celular”, de los inmensos golpes de cruda realidad que recibió en África. Pero, al mismo tiempo, nos habló de la inmensa dicha que pudo ver en los ojos de ese pueblo, carente de las necesidades que tanto nos gusta crear y padecer. En fin, un cúmulo de experiencias y sensaciones que des-entraban tu cerebro de su pesadez lastrada día a día con lingotes de rutina y mismidad.

Creo que lo mágico de un viaje sin destino, es decir, de un viaje que se hace por el mismo goce de andar el camino, es que todo tu entorno adquiere sabor nuevamente. Muchas veces uno se pierde en el reflejo de su ritualidad y paradójicamente se reconoce en el desorden caótico y vaporoso de lo incierto. Fumar un cigarro, regar una planta, atender el teléfono o limpiar la caca de tu perro son “mantras” intrascendentes que, en su inconciencia diaria, dopan y nublan nuestros colores y nuestros olores. Pero cuando lo oscuro, desconocido e incontrolable te atropella, el claror de las cosas vuelve a sorprenderte y llenarte de gozo. El goce de lo más simple y la absorción de lo más puro. Y así, el delicioso sonido de un encendedor provocando la chispa que detona los aromas de un cigarro ya no se esfuma en una nube de ruido sin sonidos y el embriagador olor a tierra mojada aparece otra vez.

Dedicado a Roberto, un hombre que, como dicen los genios de Lynyrd Skynyrd, “se toma su tiempo y no vive demasiado deprisa” y que por sobre todas las cosas decidió ser “a simple kind of man”.

Músico y Filósofo - christian_mirandab@yahoo.com



TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:

MÁS NOTICIAS DE « RAMONA »:

Opinión en Twitter
Opinión en Facebook
Portada Impresa