Cochabamba, martes 17 de julio de 2018

Ready Player One: Cuando la nostalgia mató al progreso

Lo nuevo de Steven Spielberg, basado en la novela de Ernest Cline, es entretenimiento del bueno. ¿Podremos por eso obviar sus estereotipos, su indiferencia a la realidad social o su frivolidad?, se pregunta la autora.
| Mireia Mullor | 15 abr 2018



“Un cruce entre Willy Wonka y Matrix”. Así lo definió USA Today, y así coronaba la portada de la edición inglesa de Ready Player One, la novela más exitosa de Ernest Cline, considerada -¿a sí misma?- el “Santo Grial de la cultura pop”: Desde luego, son palabras muy serias en muy pocas frases, y si alguien podía hacerles justicia en la gran pantalla era, precisamente, uno de los creadores de esa cultura popular: Steven Spielberg. La unión del hooligan de los fanboys y el alma mater de los cinéfilos años 80 ha dado como resultado el gran estreno de este fin de semana en las carteleras de todo el mundo. La versión cinematográfica de la historia ha llegado a las salas para que pases cerca de dos horas y media rebuscando referencias en sus dinámicas imágenes. La nostalgia nos ha invadido. Que alguien nos ayude.

Ambientada en el año 2045, Ready Player One cuenta la historia de Wade Watts (Tye Sheridan), un adolescente que, como la mayoría de la humanidad contemporánea, vive dentro de un videojuego llamado OASIS, donde una puede relacionarse, estudiar, leer o hacer vida social. Todo sin moverte del salón de casa. Ese entorno virtual fue creado por James Halliday (Mark Rylance), que tras su muerte hace cinco años dejó uno de los misterios más codiciados del planeta: escondió un Easter Egg dentro de ese OASIS, y son necesarias tres llaves para poder acceder a él. Quien lo haga, herederá toda su fortuna, así como el control del mismo videojuego. Después de un lustro, nadie ha conseguido ni una sola pista. Pero Wade -Parzival, para los amigos virtuales- está a punto de abrir el melón y provocar una intensa carrera a contrarreloj, donde su principal enemigo no son los ‘gunters’, usuarios como él que buscan el tesoro, sino Innovative Online Industries (IOI), una corporación multinacional que quiere controlar el lugar para empezar a imponer sus propias normas (que, desde luego, no incluyen las mil y una referencias a la cultura ochentera y noventera que ahora mismo lo caracteriza).

Sin duda, los fans de los videojuegos se encontrarán muy interpelados en esta película, y, los que no lo sean, podrán disfrutarla igualmente: fuera del mundo gamer, cualquier cinéfilo sabrá reconocer un buen puñado de referencias a la cultura popular y gozarlas como el que más. Las verdaderas preguntas no nacen tanto a raíz de su entretenimiento incontestable, sino más sobre sus personajes y las lecturas de su historia. Aunque innovadora en lo narrativo, en su juego entre dos mundos, Ready Player One peca de ser estereotipada, plana y conservadora, pues, ¿no lo es siempre un poco la nostalgia? Te descubrimos las claves para entender las alabanzas y las críticas a lo último de Spielberg.

La nostalgia y el capitalismo

Toda nostalgia conlleva un poco de conservadurismo. Esto de “antes se vivía mejor”, “antes se hacían mejores películas” o “antes había más capacidad para trascender en la cultura”. Antes de mirar tanto al pasado -y a uno muy concreto e idealizado- quizás debiéramos fijarnos en lo que hay más allá. Si hablamos de cine nerd, ¿cómo puede ser que en 2045 no haya un recuerdo de Kill Bill, El señor de los anillos, Matrix o Mad Max: Furia en la carretera? Extraño, y peligroso: es increíble que James Halliday pudiera borrar toda la cultura precedente para imponer sólo la que él idolatra.

Además, si hablamos de conservadurismo, no es la nostalgia lo único que lo respalda. En un maravilloso ensayo publicado en la revista Presura, Óliver Pérez Latorre asegura que Ready Player One muestra una lucha entre el viejo y el nuevo sistema, pero siempre dentro del mismo parámetro: el capitalismo. Para el autor, IOI -los empresarios que intentan robar el OASIS- es “una representación distópica de una multinacional de rasgos fordistas, donde los empleados se alinean frente a sus terminales de realidad virtual como si se tratara de una cadena de montaje”. Esto es, el viejo capitalismo. Sin embargo, los buscadores del Easter Egg de Halliday “son amantes de la libertad individual (o el juego en pequeños grupos), cultivan con esmero su identidad personal en la red y suplen el enorme potencial de recursos técnicos y laborales de IOI a base de perseverancia, adaptabilidad y creatividad”. Esto es, ese nuevo espíritu del capitalismo “donde el estilo Silicon Valley se ha impuesto”. Pérez Latorre define a la perfección este fenómeno -¿involuntario?- del relato, que sorprendentemente se viste de progresismo: en las últimas escenas del filme, vemos cómo todos los jugadores se unen a Wade en su conquista del mundo virtual, de forma que por un momento podemos pensar que por fin la humanidad está uniendo fuerzas para acabar con las injusticias del mundo. Spoiler: sólo se rebelan por mantener virgen un entorno virtual, y Watts acabará con un ático bien amueblado y su nueva novia sobre sus rodillas.

De hecho, esa mirada nociva al modelo añejo fordista -identificados como “los malos” sin una sola sombra de ambigüedad- es lo único que se cuestiona en esta historia. No hay mirada crítica para absolutamente nada más: ni para Halliday -que se llega a identificar con un Dios, ¿como Cline o como Spielberg?-, ni para los problemas sociales que sufre el mundo real, ni para la propia cultura que se está adorando, ni para el uso instrumental de los personajes femeninos… Sí, Ready Player One es un espectáculo de puro entretenimiento, en el peor sentido de la frase.

Pese a todo, Spielberg

Por mucho que nos guste sacarle los cinco pies al gato, hay algo innegable: Spielberg es un narrador excepcional de historias, y, pese a lo unidimensional que resulta todo en este último filme -irónicamente, tratándose de una película con dos realidades distintas-, son casi dos horas y media de pura adrenalina y disfrute hollywoodense. Es más, el modo en el que el cineasta combina el mundo de OASIS con la realidad es absolutamente deslumbrante. “Es casi como viajar a la tierra de Oz, pero sin necesidad de golpear los talones para volver a Kansas”, explicaba el propio director en una entrevista con El País, y es maravilloso ver cómo, a sus 71 años, es capaz de seguir empujando los límites de la narrativa cinematográfica y mantener intacta su curiosidad por las nuevas realidades tecnológicas.

Spielberg viene de estrenar, apenas hace dos meses, un relato periodístico en Los archivos del Pentágono, que hizo, según cuenta, en el rato libre que le dejó el proyecto de adaptación de la novela de Cline, una producción de tres años. Y es curioso cómo contrasta este drama tenso e idealista con la superficialidad de este último blockbuster, porque lo hace del mismo modo que toda su trayectoria: ¿no es lo mismo que separa Jurassic Park de Inteligencia Artificial? ¿O E.T., el extraterrestre de Encuentros en la tercera fase? Toda la carrera de Spielberg es una combinación ganadora entre lo complejo y lo lúdico, entre la trascendencia y el divertimento. Eso es, precisamente, lo que le convierte en uno de los mejores cineastas de la historia del medio, aunque, en esta ocasión, tenga más mérito el morbo de su propia autorreferencialidad que el interés de un historia como la de Ready Player One.

Periodista y crítica de cine





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