Cochabamba, viernes 20 de julio de 2018

Hágase un favor y vea Wild Wild Country

Netflix se apuntó un considerable tanto con esta serie documental. Un enhorabuena, porque el tema de las series de ficción está muy competido y en otros ámbitos, como el de los largometrajes de producción propia, no acaban de encontrar la fórmula.
| Emilio de Gorgot Jot Down | 08 abr 2018


La moda de rescatar sucesos noticiosos del pasado para convertirlos en series de televisión nos está dando grandes alegrías. Los años setenta, ochenta y noventa estuvieron repletos de historias increíbles y hemos visto muy buenos programas basados en historias reales. Series dramáticas sobre el juicio de O. J. Simpson (American Crime Story I), la secta apocalíptica de David Koresh (Waco), el asesinato de Gianni Versace(American Crime Story II), por ejemplo. El nivel está siendo bastante alto y eso se aplica también a las series puramente documentales. Recuerden la escalofriante The Keepers, que narraba un caso de abusos sexuales en un colegio católico y que fue sin duda una de las mejores series documentales de los últimos años, aunque con el inconveniente de que la historia contenía momentos tan desagradables que más de un capítulo era capaz de arruinarte el día. En cualquier caso, Netflix se apuntó un considerable tanto. Que bien les viene, porque el tema de las series de ficción está muy competido y en otros ámbitos, como el de los largometrajes de producción propia, no acaban de encontrar la fórmula.

Ahora vuelven a marcar gol con Wild Wild Country, que también va a ganarse un sitio de privilegio entre las series documentales de nuestro tiempo. Por fortuna, no es tan escalofriante. Y al acabar cada episodio no ves el mundo bajo una espesa neblina negra, como sucedía como The Keepers. Más bien, la sensación que te deja es la de estar contemplando una historia tan psicodélica, tan repleta de giros estrambóticos, que si te la contaran en una tertulia de bar pensarías que se la están inventando.

Todo gira en torno a una alocada secta que surgió en la India durante los setenta. Liderada por el gurú Bhagwan Shree Rajneesh, estaba conformada sobre todo por occidentales: hippies en busca del Nirvana y despistados de todo el mundo que, tras sufrir algún tipo de crisis existencial, decidían irse a la comuna para vestirse de rojo, bailar en pelotas y hacer ejercicios espirituales consistentes en gritar, meditar, cantar canciones horteras, sonreír todo el rato con cara de flipe y, por descontado, trabajar para el sostenimiento de la comuna y la imponente colección de Rolls Royce de su líder. Pues bien: en 1981, ante los crecientes problemas de los «rajneeshes» con las autoridades indias, el gurú Bhagwan decidió comprar un enorme terreno en los Estados Unidos para trasladar allí su Hermandad de las Sonrisas y los Abrazos. Y ahí es donde empieza lo bueno.

Donde antes solo había un baldío y con una velocidad himenóptera los rajneeshes construyeron una ciudad, provista de su propia central eléctrica, su sistema de alcantarillado, sus granjas, y ¡hasta su propio aeródromo! Hay que reconocer que, cancioncitas aparte, eran eficientes. Como estaban en mitad de la nada (la nada = Oregón), parecía que deberían haber pasado desapercibidos y que su presencia no debería haber molestado a nadie. Sin embargo, los habitantes de la cercana localidad de Antelope empezaron a sentirse inquietos con la creciente presencia de sectarios vestidos de rojo, naranja o escarlata, que parecían salidos de alguna película de invasiones alienígenas. Antelope era, por hacernos una idea, como un pueblecito perdido en mitad de Castilla, pero a lo yanqui. Tenía apenas medio centenar de pobladores, casi todos ellos jubilados conservadores y cristianos cuya idea de un retiro pacífico chocaba con la llegada de un contingente de melenudos que, según se decía, mantenían sexo de manera indiscriminada (¡el horror!) y cometían todo tipo de impiedades en su maléfica comuna.

Y claro, desde el momento en que los periodistas descubrieron esta insólita historia, la cosa se salió de madre. Las televisiones locales primero, y las de todo el país después, empezaron a cubrir el surrealista conflicto entre los rajneeshes y los jubilados de Antelope. Los medios de derechas, sobre todo, denunciaban las escandalosas costumbres de la nueva Sodoma. Y los sectarios, a su vez, se defendían convirtiendo su comuna en un verdadero municipio, algo que la ley estadounidense permite a partir de varios miles de habitantes. Después usaron sus fondos para comprar edificios en Antelope, y su superioridad numérica para ganar las elecciones municipales. Los lugareños no recibieron con mucho agrado las medidas del nuevo consistorio, como la de renombrar el pueblo como Rajneeshpuram, la de vestir a la policía local de rosa (¡!) o la de empezar a enseñar sus ideas en el colegio público.

Convertido el hecho en noticia nacional, políticos oportunistas e instituciones escleróticas empezaron a buscar la manera de deshacerse de los rajneeshes, quienes respondían con actitudes cada vez más parecidas a los simpáticos métodos de las SA. Amor y amistad a raudales. La escalada de tensiones y desparrames legales, narrada con mucho detalle durante los seis episodios del documental, es increíblemente hipnótica. Hilarante en algunos momentos, retorcida en otros, y siempre de un portentoso surrealismo. No desvelaré más porque creo que es mejor que vea usted la serie sin tener mucha más idea de cómo evoluciona el asunto; solo diré que cada capítulo es más absorbente que el anterior y siempre lo deja a uno felizmente estupefacto. Al final de la serie uno tiene la sensación de estar viendo una historia concebida por un grupo de guionistas que hayan estado merendando galletas de marihuana. Pero no, fue real, todo lo que vemos en pantalla sucedió. Y eso es fascinante (…).

Crítico



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