Cochabamba, viernes 20 de julio de 2018

Novelas imposibles

| Bartolomé Leal | 01 abr 2018

Me junto a comer humitas con mi amigo Wilberio Mardones, librero. Nos hallamos en plena temporada. Llega perturbado, gesticulante. Le pregunto qué le acontece. He estado leyendo novelas imposibles, murmura. ¿Mediocres, difíciles, mentirosas?, le pregunto. El adjetivo que has usado, amigo, es bastante impreciso. Balbucea: El libro de Manuel de Cortázar, Terra Nostra de Carlos Fuentes… Se calla esperando mi reacción. No las he leído, replico, para dejarlo explayarse. Su único atractivo, me responde, es que transcurren en París. Bueno, en parte. Son largas como el rosario, envaradas a pesar de sus plúmbeos arranques de humor y ridículas sin atenuantes. Ambas zigzaguean con argumentos inmancables, pasados de moda, izquierdosos al pedo. Destinadas al olvido. A menos que llegue un osado, un despistado como yo y se meta a leerlas. Atraído por la marca de fábrica, bien entendido. ¡Qué bajón, socio!, dramatiza Wilberio.

¿Qué hiciste?, lo animo, me doy cuenta que el compadre anda verboso. Pues seguí hundiéndome en la miseria estética, replica, poniendo los ojos blancos. Agarré otra que nadie lee: Hombres de maíz de Miguel Ángel Asturias. Lo precolombino visto por un progresista latinoamericano de época. El horror, el horror. Recargada, aunque por cierto hermosamente escrita, matiza. Hipnótica a pesar de todo. Mardones luce como víctima de un agravio. Repite varias veces (tiene tendencia al eco): estoy anonadado. Sinónimo de bidé, le digo. Para Leal, se enoja. Esos chistes verdes viejos me deprimen. Pero acabé esos libros, no los abandoné a medio camino. Apuré el cáliz hasta las eses (sic). Repitió eses. ¿Entonces, lo incité, decidiste cambiarte a Tin Tin, Louisa May Alcott o Hugh Hefner? Atrás, Leal, soy un hombre de cultura, no un retrasado ni un patán.

¿Y bien? Pues, continúa Mardones, insistí en explorar abismos narrativos riesgosos aunque debidamente mapeados y me metí a leer Noticias del Imperio de Fernando del Paso. Tampoco conozco ese libraco, dije, discúlpame. Pues te ilustro, amplía Wilberio, había disfrutado Palinuro de México, maravillosa novela, de un romanticismo caliente y barroco, sólo las mujeres mexicanas pueden encenderlo... Lo interrumpo para que se centre. ¡Craso error!, explota. ¿Craso, dijiste?, intervengo. Notable palabreja en honor al gordo Marco Licinio Craso, un general romano invasor derrotado por pendejo. Me temo que calificar tu modesto error de “craso”, me parece una pretensión desmedida, caro Mardones. Bueno, Leal, no jodas, es sólo un lugar común. La novela no se entiende, a menos que uno sea bala en historia mexicana. ¡Vaya sufrimiento!

Pero algo aprendí, agrega. Conseguí una película en blanco y negro titulada Juárez, de 1939, con Paul Muni disfrazado del presidente mexicano. Se cuenta la invasión de México por los franceses y la instalación del efímero imperio comandado por el lamentable Maximiliano de Habsburgo, una decisión extravagante de Napoleón III. Meto mi baza: Benito Juárez lo mandó fusilar, ¿no? Exacto, contesta Mardones. Y, ¿sabes quién hace el papel de la emperatriz Carlota? Ni idea, me veo obligado a reconocer. Pues Bette Davis, jovencita y bella; bella como una madonna de Rosetti. ¿Bella esa bruja?, le discuto. Sí boludo, replica. Mira la película para que te convenzas. Malísima, sólo ella se salva. El emperador es una marioneta empelucada de talla XXL.

Tú no respetas la literatura, Mardones, como típico librero mala leche, le digo. Escucha: estás acostumbrado a leer traducciones y si te encuentras con castellano verdadero te apunas. Estás menoscabando a autores respetables que no se pueden defender. Y que han hecho enormes esfuerzos para escribir sus libros. De paso, estás ofendiendo a sus admiradores/as. Mejor ensáñate con las humitas, a ver si te moderas.

Escritor - bartolome_leal@yahoo.com



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