Cochabamba, sábado 21 de abril de 2018

Una antología injusta

Una de las colecciones de cuentos bolivianos más importantes publicada por la Biblioteca del Bicentenario encuentra en el autor una voz disonante. Compartimos los puntilleos en los que detalla sus observaciones.
| Freddy Zárate | 01 abr 2018



Lo injusto no cuenta solamente para aquellos que reciben menos de lo que merecen, sino también para aquellos a quienes se les atribuye más de lo debido. Esta arbitrariedad de la (in)justicia en el campo de las letras, puede ser advertida en la Antología del cuento boliviano (BBB, 2016), compilada por Manuel Vargas Severiche. En esta publicitada antología abunda una selección de pésimos relatos en donde se olvidaron –premeditadamente o por desconocimiento– cuentos y cuentistas de gran valía. Entre los autores ninguneados por el antologador están algunos que sólo escribieron y publicaron libros sobre este tópico, que lamentablemente no figuran en esta compilación; como los cuentistas Gastón Suárez, Alberto Portugal, Alfredo Medrano, entre otros. Por cierto, causará sorpresa –a más de uno– ver incluido en esta antología al pintor Juan Conitzer Bedregal, con un pésimo amago de cuento intitulado “Venus”.

Entre los autores antologados, seguramente muchos muertos se revuelcan en sus tumbas por el cuento elegido. Por ejemplo, “El ponguito de Curawara” de Néstor Taboada Terán o “La Chingola” de René Bascopé Aspiazu. En muchos casos, el relato seleccionado no es de los mejores que el autor haya publicado; otros autores deben estar más que felices porque eligieron lo mejor que han podido producir en este género literario: “Crónica secreta de la guerra del Pacífico” de Germán Araúz o “Dochera” de Edmundo Paz Soldán.

Por otro lado, puede que los editores –o tal vez el propio antologador– haya exigido que la antología fuera políticamente correcta, es decir, sin groserías ni confrontaciones eróticas, la cual hizo que se perdiera valiosos cuentos de nuestro copioso acervo literario. Este hecho solo consiguió disipar el objetivo inmediato y fundamental de toda antología, que es el dejar hablar lo más larga y sinceramente posible a cada uno de los autores en ella incluidos.

Otro aspecto llamativo de esta compilación es la conformidad de los miembros del Comité Asesor, que al inicio se mostraron neutrales, cuya “labor fue la culminación de un largo trabajo de intercambio de información y puntos de vista (…), mediante una serie de correos electrónicos grupales en los que se sugirieron criterios de inclusión y exclusión de autores y textos a partir de una propuesta inicial del antologador (…). El conjunto de las obras seleccionadas, en criterio de todos los que suscriben este documento, constituye una importante y amplia muestra de lo mejor de la producción de autores bolivianas y bolivianos en lo que se refiere a cuento y relato breve”, indica el acta de dicha antología. Pero este profesionalismo y sacrificio desinteresado se diluyó cuando algunos miembros del Comité Asesor sugirieron su propio cuento, y por supuesto, el relato propuesto fue aprobado para su publicación por el mismo Comité sin el menor reparo.

Pasando por alto esta pequeña salvedad ética, el proyecto de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia se publicitó con mucha pomposidad, pero en los hechos esta Antología del cuento boliviano demuestra un trabajo poco cuidadoso al encontrarse terribles y claros errores de datos relativos a los autores y relatos citados por el antologista. Por ejemplo, Manuel Vargas afirma que el relato “La Miski Simi” de Adolfo Costa du Rels apareció en libro El embrujo del oro (Viau, Buenos Aires, 1948); pero en realidad, el cuento se publicó por primera vez en el año de 1921, en el libro de cuentos El traje de arlequín (en coautoría con Alberto Ostria Gutiérrez).

Además, uno puede percatarse de los primeros traspiés de esta antología al inicio mismo del libro. En el índice del texto recae pesadamente la palabra “por…”, “por…”, “por…”, donde se hace mención al cuento y posteriormente al autor. Cabe preguntar a los señores que figuran bajo el epíteto de “antologador”, “cuidado de edición” y “gestión editorial”: ¿Cuál es la necesidad imperiosa de repetir tanto esta palabra? Esto sólo provoca un mal gusto para el lector.

Con estos detalles mencionados, este libro tiene un gran mérito; nos enseña a no confiar en las antologías, aunque estas tengan una lujosa presentación (tapa dura y blanda) e ilustraciones inmejorables de Alejandro Salazar (Al-Azar). Este hecho puede ser dilucidado en la solapa del libro, en donde está la fotografía del compilador sonriendo ampliamente, es como si estuviera satisfecho de su voluminosa avería.

Sobre la publicación

“En esta antología podemos encontrar cuentos de la época colonial y del futuro, de la mina y el campo y sus mitos, de las ciudades y sus lenguajes, de la selva y el hombre, de la vida cotidiana y de hechos históricos que conmovieron alaís. Fantasía, humor, seriedad y juego. También sabemos que la extrañeza de caminos y de personajes, de mundos lejanos o inexistentes, no son otra cosa que la interioridad de nosotros mismos.

Deseo que después de la lectura de esta antología, la lectora y el lector tengan no solo una experiencia de goce estético, sino también una idea de lo que es este país, más allá de postales y de lugares comunes. Planteo el cuento como forma de goce, conocimiento y experiencia de vida, como una puerta para iniciar esta aventura: conocer una literatura como la boliviana, casi clandestina frente al mundo, y por eso mismo subyugante”. (Manuel Vargas)



Literato - freddy_zarate@yahoo.de





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