Cochabamba, lunes 24 de septiembre de 2018
[El Nido del Cuervo]

Gehena

| Rodrigo Beltran Galdo | 25 mar 2018

Tales of Mystery and Imagination

Palabra de origen judío que hacía referencia a un valle al sur de Jerusalén, Valle de Hinón, dónde antiguos habitantes de la zona solían ofrecer a personas, a veces niños, en sacrificio para adorar al dios Moloch, otras fuentes dicen que a Baal; con el tiempo esa práctica fue prohibida y el valle paso ser usado como el lugar dónde los desperdicios de la ciudad eran incinerados. Con el cristianismo, el término pasó a considerarse como un metafórico “lago de fuego”, lugar de tormento donde el fuego siempre encendido quemaba las almas de los pecadores. Es por este último sentido que se lo asocia con el infierno. Casi dos milenios después de que esa palabra adquirió su significado final un escritor norteamericano llamado Conrad Aiken decidió bautizar uno de sus cuentos de esa manera.

Cuando compre este libro que contiene muchos de los cuentos de Aiken no le di mucho crédito, la portada era algo sosa, no conocía al autor y no fue muy caro de adquirir: en fin, no pensé que pudiera tratarse de algo genial. Últimamente he comenzado a apreciar este hábito de equivocarme al juzgar un libro por la portada. Los cuentos eran increíbles, cada uno más implacable que el anterior como las balas de una ametralladora directas a la mente o al corazón o donde quiera que Aiken apuntara: un francotirador. Por algún tiempo pensé en este autor como un Borges norteamericano, hay una predilección de ambos por los temas metafísicos, pero fue una apreciación prematura: Borges es Borges…y Aiken es Aiken. Su estilo, muy norteamericano, se concentra mucho en los detalles, las pequeñas marcas, gestos y movimientos que con gran maestría son narrados, a tal punto que da la sensación de estar presentes en el momento en que ocurre. Tiempo después, mientras leía “El incendio de un sueño”, fue una sorpresa agradable enterarme que Bukowski también lo menciona junto a otros que le influyeron.

De la abundancia de cuentos reunidos para esta antología, escogí uno, Gehena, mi favorito, por sobre todos y convertí a Aiken en uno de mis autores favoritos por sobre otros. Esta historia en particular narra el momento en que un hombre que pudo apellidar “o Hernández o Gómez o López o cualquiera que fuese su nombre” está a punto de perder su conciencia y es porque este hombre descubre cuáles son los límites de la conciencia. Cuando hablamos de límites no debemos pensar tanto en el alcance que tiene nuestra conciencia, sino que debemos pensar en sus dimensiones. ¿Con qué limita nuestra conciencia? ¿Qué forma tiene? Porque los límites son lo que separa una cosa de otra, como los límites de una pintura la separan de la realidad.

Este hombre que un día se estaba lavando los dientes o tomando café o simplemente fumando un cigarrillo, pensaba, contemplando sus propias memorias, sus propios pensamientos, y de repente el horror, el mismo que tendría cualquiera si un día La Tierra deja de ser redonda, ningún lugar a donde ir, solo el abismo frente a uno y el deseo de saltar para saber que hay más allá. “[…] estoy solo en un mundo en el que el único principio válido es el horror”. Y así, imitando el gesto filosófico primigenio, estirando “la mano, con un movimiento heroicamente destructor, hacia esa chispa de conciencia, aun a riesgo de destruirla”, el personaje cuestiona la validez de su conciencia, lo accidental de su creación y de su posible destrucción, cuán fácil sería reemplazarla por la locura y cómo el mundo se construiría a imagen y semejanza de esa nueva mirada; paso a paso, los muros de un infierno personal se proyecta en todas direcciones y logran que el mundo se vea bajo una luz diferente dónde todos los demonios que la habitan solo responden al nombre de Hernández, o de quién sea.

Es muy simple, en realidad. Todas las cosas en el mundo, incluso nuestra conciencia, son accidentes, errores, cosas que no siguieron el curso “regulado” de las cosas. Y la creación, esa acción de la que nace toda la realidad, ocurre gracias a la destrucción de la norma. La duda, la posibilidad de ser o de no ser, esa chispa de luz cuyas ondas se expanden a todas partes y por la que ya nada es igual, ese “error” en nuestro pensar, es lo que nos hace grandiosos.



Escritor-chuletonpicante@gmail.com



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