Cochabamba, viernes 20 de julio de 2018

Jorge Suárez: Un panegírico del lenguaje

La Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB) continúa ofreciendo tributo a las mentes y títulos más importantes de la bibliografía boliviana, a lo largo de la historia. Esta vez llega el turno del escritor paceño Jorge Suárez. A continuación un fragmento de un texto dedicado a su Obra Reunida.
| Oscar Díaz Arnau | 25 mar 2018


Veinte años después de él, Jorge Suárez está más presente que nunca en Sucre, la última ciudad que eligió para hacer lo que le gustaba: periodismo y literatura, trabajando en un diario, el Correo del Sur, y compartiendo con alumnos en un taller de cuento, el de la Universidad Andina.

Por esos caprichos de la reminiscencia o del dejà vu, nos reunimos hoy en este ambiente varios de los que fuimos convocados hace 20 años, en 1998, en el recordado Hacheh, para hablar del viejo Suárez. Y lo hacemos con el magnífico pretexto de su “Obra Reunida” por la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB), que además de los libros del periodista y escritor paceño está provista de la minuciosidad de un “auscultor” —más que un editor— el filólogo y crítico literario Luis H. Antezana.

El ‘Cachín’, amigo personal de Suárez pero jamás transigente con él en su labor exploratoria, nos obsequia un estudio introductorio que, se nota, va más allá de la introducción y lleva su sello y firma. Un lujo para sus lectores: dos maestros que se juntan de nuevo en esta Obra Reunida que a su vez es parte de la colección de 200 obras fundamentales del país y que se condice con el prolijo trabajo de ‘Don Jorge’, como lo mentamos todavía en el periódico de Sucre, en un merecido premio a su aporte a la jerarquización de la literatura nacional.

La mía, como seguramente vienen adivinando, es una opinión que está mediada por el afecto. A Suárez lo conocí en sus amenas clases de narrativa, pero aún más en los cafés posteriores en los que compartía sus anécdotas de Chile, Perú, México, Cuba, Europa, Argentina o Bolivia. Un día me preguntó qué estudiaba y antes de que alcanzara a responderle “Comunicación Social”, soltó una risotada de cincuenta metros que casi despeluca a un imperecedero en la plaza 25 de Mayo. Fiel a una tradición de escritores que poblaban las redacciones descreía, más que desconfiaba, de la formación de periodistas en universidades y me llevó de una oreja al Correo del Sur, más que un trabajo, una escuela.

Don Jorge tenía una personalidad arrolladora que, por supuesto, intimidaba. Sobre todo a los jóvenes, que nos sentíamos legítimamente pequeños ante su figura —en apariencia baja y encorvada pero en verdad infinita como sus sonetos producto de una cultura que daba para cafés y después whiskies y otra ronda de cafés y más whiskies interminables.

“¡Oye!”, te decía al cabo de cada recitación de memoria, como esperando tu asentimiento para su ejemplo de algún autor. “¡Oye!”, subiendo y bajando la cabeza, pensativo. Era una de sus características, la del hombre maduro que cavila cepillándose invariablemente la cabeza con los dedos, siempre y cuando no hiciera bromas. Me equivoco: él no bromeaba, en realidad embromaba, se escarnecía a gusto con un ingenio festivo que no tuvo recambio. Ahora mismo está riéndose de esta caricatura de presentación; así era el viejo Suárez…

Alguien viajado, leído y generalmente bien acompañado como él había acumulado suficiente vida como para entender que debía transitar su destino con humor, a pesar de todo lo que rumiaba contra la Bolivia displicente de los años 90. Y transitaba literalmente caminando solo por la plaza para después tomar la Arenales, mirada perdida en el suelo hasta llegar al Correo del Sur y comenzar a hacer de las suyas. Y las suyas eran, en lo habitual, genialidades. Encuentro una doble habilidad en Jorge Suárez: la primera, para encarar la siempre difícil página en blanco desde la literatura, y la segunda, para moverse en las lides de la política desde el periodismo. Sorteaba con inteligencia las vicisitudes propias del director de medio de prensa respecto de políticos cabreados; es que a algunos los tenía fastidiados con “La Gran Siete” y sus fulminantes epitafios, ácida manera de despedir a los vivos antes de tiempo.

Yo, que me vuelvo ingenuo nada más que por darle motivos para que siga riéndose de esta pegatina de palabras, digo que él era un ‘maledicente bueno’ (como si los maledicentes pudieran ser buenos). La suya de última no sería maledicencia “buena” pero sí festejada y, por su buena fama de escribiente de dedicatorias póstumas a deshora, algunos políticos y escritores deseaban con todo su engreimiento el honor de aparecer muertos por él en el saleroso obituario del periódico. Otros, más alimonados, lo odiaban a muerte y no sin razón. Suárez no podía con su genio: tenía que burlarse de la pálida política nuestra de cada día. ¡Y no solo de la política!, también de cuestiones más peliagudas (que las hay, aunque no lo crean), por ejemplo de algún relato bíblico, faltándole el respeto con la picardía de su pluma en ese endemoniado tono suyo que parece no decidirse entre la socarronería y la candidez.

Pero de su humor corrosivo no se salvaban ni sus amigos; es más, ellos constituían su blanco preferido. El siguiente epitafio se lo dedicó a un egregio colega, otro chancero que para su fortuna ni siquiera está en preembarque, ciclista popular en Cochabamba, el Ojo de Vidrio: “De un premio que no ganó / Ramón Rocha se fue al cielo / Dios le dé el premio consuelo / que Guttentag le negó”. El libro de libros que presentamos es la sublimación del humor en su vertiente más seria: la ironía —aunque para el caso que nos convoca mejor debamos hablar de la sátira. Sátira que Suárez inauguraría a la sorprendente madurez de sus 21 años, en 1953, junto a Félix Rospigliosi, con “¡Hoy!, fricasé (soneticidios)”, un verdadero súmmum de la travesura cómplice hecha literatura en Bolivia.

Antezana y la BBB no incluyen la faceta periodística del autor, con una sola excepción. En Los melodramas auténticos de políticos idénticos (1960), Suárez destroza con destreza a varios políticos de su tiempo advirtiendo severa y, cómo no, jocosamente de entrada que “todos los personajes citados en este libro son absolutamente revolucionarios. Cualquier semejanza con la realidad es una verdadera vergüenza”. Esta salvedad periodística en la obra literaria reunida es explicada por Cachín como una muestra del “puente” del humor que el escritor tiende entre el periodismo y la literatura. Nunca dejó de hacer literatura en el periodismo; para él era imposible separar estas dos actividades. “Oficios”, diría García Márquez. La literatura EN el periodismo es una de las mayores contribuciones de Suárez. Otra, su docencia que, según nos ha contado su hija Mirella, disfrutó como nada en Santa Cruz y en Sucre. En la capital alternó su trabajo en Correo del Sur con la escritura de su última novela, “Las realidades y los símbolos”, publicada póstumamente en 2001 e incluida en la Obra Reunida.

El otro gallo, ese vibrante relato poético de bandolero, lo consagra como notable narrador, de acuerdo con el recuento de Antezana. Se trata del surgimiento de su narrativa en prosa luego de sus acendrados versos en libros, algunos con mayor repercusión que otros pero todos con nombre propio. Destacan los preciosos Sonetos con infinito, la musical Sinfonía del tiempo inmóvil y otros poemas de amor, y los poemas largos Elegía a un recién nacido y Serenata, que en su segunda versión recoge los tercetos de Oda al Padre Yunga.

Para los amantes de la poesía, en la Obra Reunida encontrarán una joyita que en el original de Sinfonía del tiempo inmóvil… aparece como curiosa solapa donde Suárez habla de la falibilidad del poeta y también del porqué de su ambivalencia con el verso clásico y libre; no, para que ustedes mismos descubran las respuestas a estas dos cuestiones vitales en el escritor, esta vez no lo voy a “spoilear”, como dicen con anglicista complacencia los nuevos adictos a la caja boba, el Netflix.

Escrupuloso pese a su estilo de bohemio empedernido. Riguroso, tan distinto a la mayoría que con soberano desdén por el oficio parecieran querer sacarse de encima los textos periodísticos. Un productor de belleza era/es, un artista cabal, el viejo Suárez. Veinte años después lo tengo mágico y magnético con sus versos y citas filtrándoseles por los entresijos de la memoria. Con la lectura de los clásicos, con la disección de nuestros textos, con las discusiones colectivas para, entre todos, impulsarnos a dejar los cuentos ojalá limpios de paja y trigo. Nos hacemos críticas que yo siento honestas, y a veces él no tiene contemplaciones con alguno de nosotros, pero… ¡¿qué sentido tendría el taller de no ser así?! Entonces surge la enseñanza más grande de todas, esa que el maestro se esfuerza en remarcar incluso con el mudo ejemplo de su literatura y que despunta cuajado de flor, como los tajibos, en El otro gallo; esa enseñanza que llamo un “panegírico del lenguaje”.

Con estas palabras, felicito y agradezco a la BBB por hacer justicia con Jorge Suárez.



Periodista



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