Cochabamba, martes 23 de octubre de 2018
Lecturas sutiles:

De la música, la anécdota es ilustrativa

| ROBERTO CUEVA psicoanalista | 18 mar 2018



La niña, que por su muy corta edad apenas conoce algunas pocas palabras, logra articular correctamente una pregunta: “Papá, ¿por qué esta música da miedo?”.

El padre, que está escuchando alguna pieza musical de Béla Bartók, ordena mentalmente un pequeño argumento para transmitir en forma clara, como respuesta, que ella, su hija, ha hecho una asociación de ese tipo de música con todas las películas de terror que ha visto en tantos años de… Se da cuenta inmediatamente de la insensatez de esa virtual respuesta: su hija jamás vio una película de terror.

Es un hecho: la música produce concretamente miedo.

El miedo como sensación, como afecto, es provocado en el cuerpo.

¡Qué misterioso objeto (que el psicoanálisis postula en su dimensión libidinal) es ese que encuentra en el cuerpo una caja de resonancia que lo amplifica y modula a través de los afectos! Y esto por fuera de toda dimensión de sentido: no se trata de argumentos, de historias, de escenarios fantasiosos; solo de ondas sonoras.

“Solo escucho música nacional porque, como no hablo inglés, no entiendo las letras de las canciones del extranjero”, me contó haber escuchado un músico. “Tanto mejor -le respondía a su interlocutor imaginario- ¡La música más conmueve en la

medida en que se renuncia al sentido, al mundo de los significados!”.

¿Qué oscuro resorte activan las estridencias, los

silencios circulares, los sonidos desacompasados,

la presencia opresiva de un acorde que se sostiene de manera demasiado prolongadaasta el momento en que el clima se descomprime por aparición de un nuevo acorde?

¡Qué confusión, qué zozobra, qué relámpago

de goce puede producirse al encontrar un acorde (diferente, ligeramente disminuido, aumentado,

alterado) en el lugar en que se esperaba otro, ése otro que exige “el motivo”, o “el tema”, o “el sujeto”!

(empleo estos tres términos en su sentido literalmente musical).

Evidentemente el psicoanálisis algo tiene para decir sobre este objeto a partir de los campos del principio del placer y su más allá.

¿Habremos de homologar la inquietud, el desasosiego que producen la pérdida del motivo (insisto: en sentido musical) a las vacilaciones del sentido que produce el advenimiento de la angustia

neurótica?

¿Estaremos dispuestos a aceptar una dimensión

originaria, constitutiva del sujeto, traumática

(por definición) de lo invocante, trauma respecto del cual toda nuestra relación con lo sonoro no

es sino elaboración secundaria?

El motivo… motiva. Y si desde la noche de los tiempos los ejércitos utilizaron orquestas “en vivo”

para producir en

los combatientes un coraje que

les permita hacer frente al terror

ominoso

de la batalla (hay referencias musicales incluso

en rivalidades narradas en el Antiguo Testamento), en nuestros días encontramos una estructura

homóloga en gimnasios, canchas de fútbol, actos políticos…

Desde el arrullo materno de los primeros días

de la vida, los sonajeros, las primerísimas y simples melodías, pasando por los gemidos del goce sexual, hasta los últimos ronroneos percibidos ante el fin,

la música nos toca.

NOTA: Para cualquier consulta o comentario

sobre la columna, contactarse con Claudia

Méndez Del Carpio, al correo electrónico

claudiamen@hotmail.com

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