Cochabamba, viernes 20 de julio de 2018

Chaco

| Bartolomé Leal | 18 mar 2018

El spaghetti western (SW) es algo más que un género repetitivo o paródico del original gringo. Aquél según se dice tan alabado por Borges. El western clásico no muestra demasiada violencia ni sexo y por lo general hace una épica del despojo de los territorios indígenas, los “pieles rojas”, por parte de heroicos colonizadores amparados por la ley. La ley de las balas sobre todo, aunque también la divina, o sea la cristiana. Hay unos pocos western contestatarios, por cierto, suelen ser los más interesantes. Pero la mayoría son pacatos, edificantes e hipócritas. Paternalismo y mística colonizadora son su ideología. La aniquilación de los pieles rojas, por sus costumbres salvajes y sus creencias paganas, se convierte en hazaña. Bandidos y malvados son castigados a veces, con triunfo para la moral invasora y siempre derrota territorial para los indios. Finales felices, claro, es un género de entretención.

En este marco, el SW nace como un bastardo del anterior, con sus logros y defectos; pero, importante, sin la carga patriotera. Rompe los esquemas complacientes. Es un ejemplo de cine dentro del cine ya que mima los tics de los originales. Es una reescritura. Es por otra parte un desafío a la otra vertiente del peor cine gringo: la lectura hollywoodense de la historia, sean el imperio romano, el Egipto de los faraones, la Grecia antigua, las invasiones bárbaras, el medioevo, el renacimiento... La Biblia misma, por añadidura. Todo se vuelve, a la postre, en una elegía de la cultura gringa.

El SW se alimenta del western original en clave humorística y satírica, aunque también rompiendo el marco ideológico. Llega un momento en que comienza a autocitarse, a fagocitarse. Lo cual no siempre alcanza un mínimo nivel estético y la basura predomina. A veces se logran resultados dignos de mención. Un ejemplo extremo es Los Cuatro del Apocalipisis (1975), un título irónico para un SW tardío, realizado por Lucio Fulci, conocido sobre todo por sus notables aportes al cine de horror. Fiel a su estilo truculento, introduce a un tercio del avance de la película, que tiene un desarrollo interesante y engañosamente convencional (un cuarteto que huye de unos pandilleros asesinos y su aliado el sheriff), a un personaje insólito. Su nombre: Chaco.

Los cuatro, que no son jinetes sino que van de a pie, son un jugador de cartas tramposo, una prostituta embarazada, un negro que está obsesionado con los muertos y un borracho irredimible (personificado por Michael J. Pollard), que si algo muestran en sus comportamientos es incoherencia, lo que hace saltar al espectador de su sillón con cada parlamento. Pues van lo más bien huyendo por el desierto, moderadamente organizados a pesar de sus personalidades desequilibradas, hasta que aparece Chaco.

Un Tomás Millián sudoroso, sucio y mal agestado, interpreta a ese demonio hecho hombre que se viste, más o menos, como un gaucho de la pampa y que, además, se revela como un perverso de dimensiones hiperrealistas, amén de traidor, bromista, astuto, cruel e imaginativo. No corresponde contar más de las maldades que Chaco perpetra por si alguien se anima a ver la película.

Ahora, la trama puede ser un tanto confusa y errática, dado su carácter on the road. Sin embargo, se debe a que hay varias historias que van creando suspensos paralelos, muchos de ellos gatillados por sorpresas y desenlaces intermedios. Una serie de plot twists. Esto no debería desanimar a un aficionado al género western, ya que el origen de las historias son relatos de Bret Harte (1837-1902), gran maestro del western literario y uno de los narradores mayores de la literatura norteamericana del siglo XIX.

Escritor – bartolome_leal@yahoo.com



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