Cochabamba, martes 17 de julio de 2018

El títere, esa otra forma de teatro

A una semana del inicio del Festitíteres 2018, en su versión XIII, el autor reflexiona sobre los títeres como hecho teatral, en la perspectiva de reconocer en él su verdadero carácter, desnaturalizado por la simplicidad con la que hasta ahora ha sido considerada esta vertiente teatral.
| Grober Loredo | 18 mar 2018



El títere -desde sus formas y prácticas más remotas, pasando por modalidades de mayor desarrollo y asentadas a lo largo del mundo en diferentes culturas, hasta las derivadas en lo que hoy es el teatro de títeres- tiene una larga tradición y profundas raíces en el inconsciente colectivo de la humanidad.

Si bien atrae de manera inmediata y especial a la niñez, su convocatoria no tiene límites de edad que no sean los prejuicios o la ignorancia. Podría ser también un medio para la recuperación o divulgación de distintos aspectos de la cultura, para representar leyendas, mitos, formas de vida, conflictos y tradiciones.

Además de ser un medio amable para acercar al teatro a las nuevas generaciones desde muy temprana edad, o abrir otros caminos en la evolución del teatro, es un arte que engloba muchas formas de expresión artística -como la pintura o la escultura, entre otras-, pero, ¿qué es en realidad un títere, en su forma y en su fondo?

El títere vive y existe desde las primeras manifestaciones teatrales de la humanidad, desde que el ser humano, en su condición de animal gregario, intentaba descifrar este mundo y el otro, utilizando el teatro como enlace, con máscaras, disfraces y monigotes. Allí nació, junto con nuestra conciencia, ese ser inanimado poblado de nuestras almas que nos lleva al lugar primigenio en donde yace la infancia de la humanidad.

Con seguridad, la función que hoy cumple es muy distinta, sin negar que algo mágico que nos cautiva queda en él. Las definiciones que podemos encontrar en los diccionarios de uso común se refieren únicamente a su forma física y sus acepciones a la naturaleza u origen de su movimiento. Sin embargo, los que ejercen este arte saben que hay algo en él que va más allá de los materiales con los que está hecho y el modo en que se lo manipula.

Si el títere es -según Paul Claudel- “una palabra que se mueve”, entonces, el títere solo es. El títere solo existe mientras comunica. Antes y después es un ente inerte: no es, no existe.

A su vez, el titiritero vive a través de él, se expresa a través de él, en definitiva, prolonga su cuerpo en el suyo y viven los dos en ese acto de comunión. Es en ese momento en el que el títere toma prestada la vida de su manipulador, que podemos decir que el títere tiene voluntad y existencia propias. Transmite y se comunica directamente con el público que lo interpela y escucha, que cree en sus palabras y dialoga.

En este trance, el titiritero deja de ser él, se despoja de sí, es un mero transmisor al servicio de la vida de su títere. Habla y se mueve en función de las necesidades del títere, es este el que dirige y utiliza al manipulador como un instrumento para lograr sus objetivos.

Podemos decir, en este punto, que el títere ha adquirido conciencia y albedrío. El títere es una extraña forma de vida que florece durante el hecho teatral adquiriendo dimensiones y rasgos humanos.

Miembro de Títeres Elwaky y gestor cultural – titereselwaky@yahoo.com



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