Cochabamba, domingo 20 de mayo de 2018

El caballo de Federico Nietzsche

| Ana Cecilia Ballerstaedt | 11 mar 2018



Famoso es el relato del caballo de Turín que Nietzsche, en un acceso de locura según se cuenta, abrazó en plena vía pública, ante la mirada expectante y desconcertada de las personas allí presentes. Este episodio ha pasado a la memoria colectiva actual de manera vaga y creo que es indispensable resaltar la belleza ética de la que es poseedor.

Werner Ross, en la biografía que hace de Nietzsche (y quizás también para Nietzsche), nos cuenta de manera más o menos detallada el suceso. El filósofo alemán, desesperado, solloza ante una muchedumbre extrañada mientras dos gendarmes lo reclutan. Davide Fino, quien casualmente se hallaba de paso en aquel instante, reconoce de inmediato a su inquilino, el querido profesor. Al verlo también, Nietzsche corre a su encuentro, librándose con destreza y agilidad de los brazos torpes de quienes lo escoltan con distraído deber. Un llanto amargo de niño se apodera del profesor, no lo deja respirar con calma; y, entre la humanidad corpórea de Fino, “la única persona que le era familiar en la multitud de curiosos”, se pierde y derrama sus copiosas lágrimas.

Una voz anónima comunica a Fino los acontecimientos de aquel día. El profesor, en medio de la plaza y la luz diurna y natural del sol, divisa al animal transportista, entre ornamentos y cuerdas, detenido a un lado de la calle. Pasivo y estático, el caballo espera la siguiente carga humana a trasladar bajo los azotes insistentes e incesantes del cochero de turno; y así, aprisionado e imposibilitado, aguarda con mansedumbre su destino. Conmovido, Nietzsche se arroja a su cuello y se aloja en él para siempre: lo rodea con los brazos y no desea soltarlo más. Sujeto con terca devoción, cual si se tratase de una despedida irrevocable y última, el filósofo rehúsa con todo el ímpetu que aún le queda desasirse de aquel gigantesco animal de crines largas y ojos cansados.

Muchos intérpretes han querido ver en este tramo de la vida de Nietzsche una reivindicación del hombre con el animal, un perdón dicho a través de un abrazo, una disculpa ofrecida por toda la dominación sufrida a través de los años a manos de los hombres. El reconocimiento de esta realidad violenta en que se hallan sumidos todos los entes no humanos quiebra al filósofo en llanto, lo compadece y culpabiliza, pues señala a su especie como responsable. Este pecado inherente al hombre desde tiempos inmemoriales es lo que el filósofo Peter Singer denuncia como especismo, una forma de discriminación semejante, por no decir igual, a la que usamos a veces para excluir a nuestros propios congéneres humanos dentro de la comunidad social en que convivimos.

El llanto de este acongojado Nietzsche tan sólo pone en evidencia, expone, una verdad que siempre estamos dispuestos a ignorar o a perpetuar a través de excusas solventadas por la estructura social en la que vivimos. El peso de toda esta actualidad, que se presenta ante el profesor como cruenta y dolorosa, denota un despertar memorístico anexado al sentimiento. La empatía del filósofo por el animal recuerda una historia que llega ahora con todo su aplomo, sin pretextos ni apatía: la subyugación animal sostenida por el homo sapiens. Se vincula así nuevamente la memoria a la afección; la separación quirúrgica entre ellas se rebela, decisiva, en el momento en que Nietzsche mira al caballo y siente el irrefrenable impulso de ir a fundirse con él en un tristísimo abrazo; y, más aún, cuando, presa del frenesí, desahoga toda su melancolía en los brazos de Fino. La memoria del profesor, desvinculada hasta entonces, al parecer, de toda noción afectiva, se despliega de pronto en un caudal de llanto; como si sus recuerdos hubiesen estado congelados, un océano de nieve en el corazón, derretido por la abrupta visión del melancólico y abatido animal que divisa frente a sí, condenado a llevar una carga que no desea ni merece bajo el molesto jaloneo de las pitas de cuero y el fuste despiadado del jinete que lo conduce.

El llanto del filósofo es la supresión anestésica de la memoria que se empeña en aislar las afecciones que vienen conjuntamente con ella, añadidas, adheridas a ella. La llegada cabal de la memoria, histórica-colectiva-animal, comprende un movimiento empático en el cual no nos comprendemos ya en soledad sino desde la posición del otro, al que reconocemos como víctima y a partir de allí reivindicamos sus derechos.

Decía un queridísimo alguien que perdemos la memoria el día en que la separamos, sin reparo, del sentir. Recuerdo, de recordari: donde re, de nuevo y cordis, corazón…

Filósofa - acballerstaedt@gmail.com





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