Cochabamba, martes 21 de agosto de 2018

El titiritero en escena

Rumbo al Festival Internacional de Títeres (Festitíteres) que se desarrollará la última semana de marzo, continuamos publicando reflexiones sobre este quehacer artístico.
| Rafael Curci | 11 mar 2018



Me resulta cada vez mas apropiado definir al teatro de títeres como un teatro no mimético, por la sencilla razón de que no busca la realidad ni pretende imitar la condición humana –no al menos al estilo de la mimesis praxeos del drama griego tardío, de la tragedia isabelina o de otras prácticas teatrales-, sino más bien que la evoca, la sugiere, y hasta puede darse el gusto de mofarse de ella, del mismísimo hombre y su inconmensurable universo.

Es que, pese a su carencia de alma, carne y osamenta, al títere no le faltan pellejo ni atributos alegóricos para personificar –desde su insustancialidad aparente- a una caterva de dioses, héroes, fantasmas, santos y demonios, quienes muchas veces no guardan con lo humano más que una lejana similitud, siempre reconocible dentro del vasto y complejo sistema de gestos simbólicos que es capaz de proyectar; una mano que se eleva sobre la frente de cartón mientras el cuerpo de tela se contrae, una rápida caminata y el tono de una voz que busca en el falsete un timbre propio, apenas humano.

Se trata de un teatro de ilusiones y artificios; su lenguaje dramático, nutrido y apremiado por una síntesis ascética lo condiciona, lo somete y, paradójicamente, lo libera de todo intelectualismo pacato. Tal vez ahí resida la clave de su lenguaje; el pobre objeto, “un trozo de cartón y tela asume toda la humanidad que, lamentablemente a veces, el hombre no se anima a rescatar para sí mismo”, decía con acierto Ariel Bufano.

Pero, ¿eso es todo?, ¿qué podemos agregar sobre el género en particular?

Para decirlo en pocas palabras, el teatro de títeres es, en primer término, una forma dramática que se desarrolla en un tiempo y en un espacio determinado, habitado por seres apócrifos, quienes simbolizan –entre otras cosas- personajes y sucesos tanto del mundo real como del imaginario. El impulsor de esta impronta es el titiritero, quien manipula con miras a sus muchos “receptores” –el público-, testigos a su vez de un proceso de creación. Se trata siempre de una interacción única y constantemente renovada entre el titiritero y el público; es, además, un trabajo de creación colectivo o de grupo, y siempre –desde cualquier punto de vista que se le mire- un trabajo de arte, si se quiere, sintético.

Escritor, actor, autor y director titiritero uruguayo - rafacurci@gmail.com



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