Cochabamba, miércoles 26 de septiembre de 2018
[La Lengua Popular]

Si sacamos fotos a los pájaros

| Iván Gutiérrez M. | 04 mar 2018



Mi madre, hace ya un par de años, recibió como regalo una jaula con tres pájaros de colores. Tres pequeñas criaturas que dan vueltas, trepan y por las mañanas se dan un baño en un recipiente cristalino, que antes era de mermelada. A través de las rejas puedes ver a los pequeños animalitos teniendo una vida que parece completamente feliz. Algunos amigos han criticado la jaula con los bichitos con alas coloridas que mamá tiene; otros los han admirado. Hay algo maravilloso en observarlos, en la idea de que esos animales, en su aparente calma, viven en una incertidumbre atmosférica tremendamente minúscula, frente a la posibilidad eterna del celeste cielo y sus divinas nubes. Lo mortal del asunto es que sólo se puede reconocer su situación si los observas, si los escuchas, si te comprometes.

Estoy seguro que la fascinación o el rechazo que generan estás criaturas enjauladas, pasa por el tremendo estado de incertidumbre que genera el observar animales que representan la idea de libertad más poética. No hay nada más brutal que mirar desde la seguridad de unas rejas una bestia encerrada; porque te conjugas a un cuestionamiento, de la crueldad de la libertad horizontal del espacio, pero a la vez el mirarlos hipnotiza. La primera vez que vi un León en un intento de circo que solía quedarse por la terminal de buses, hace ya muchos años. Sentí una parálisis y una admiración por ese otro animal absurdamente más grandioso que todos los otros seres que antes había conocido. Existía un vértigo por tocarlo a pesar de observar su bestial presencia. El poder de la decisión de transgredir el espacio delimitado de seguridad si bien resultaba aterrador, también resultaba siendo excitante. Lo frustrante de la situación era la incertidumbre de no saber si hacerlo o no, de repente podía perderme la experiencia más alucinante de toda mi vida, o en la misma proporción la más desastrosa.

Existe una rara belleza en la admiración peligrosa de ese otro que nos evoca vértigo. Existe una invasión de la incertidumbre por tocarlo, por aceptarlo sabiendo que el espacio seguro entre ese otro y uno mismo está regulado por una minúscula geografía ficticia de comodidad. El no involucrarse con ese otro que es bello y acechadoramente peligroso, no es otra cosa que el ejercicio por tener en buen recaudo nuestras fragilidades. A veces los pájaros tienen riñas por un pequeño palito que cruza toda la jaula y les sirve de mirador y descanso. Es increíble ver que en esos colores también la sangre tiñe y no deja de escribir dolor. Es increíble que en lo minúsculo de sus cuerpos la rabia también sea voraz.

Juan Quisbert es un fotógrafo que vive en La Paz y ubiqué su trabajo por casualidad en el Facebook. La fotografía de Quisbert es de corte documental, principalmente de la ciudad maravilla en la que vive. Cada una de sus fotos está compuesta por la sintonía del vértigo de mirar lo sencillo desde esa incertidumbre que te produce la jaula de ese otro extremadamente cotidiano.

En algunas de sus fotos la observación podría ser de esa aparente calma de los pájaros de mamá, o de la brutalidad salvaje de un león amansado en la distancia y seguridad de una reducida planicie. En ambos casos evoca la inmortalidad celeste y la eterna redondez sin final terrestre. Lo libre y lo salvaje queda de tal manera atrapado que el acercamiento a la observación de cada foto queda tensado en la incertidumbre de saber que más allá de la jaula que retrata a la criatura, quedará expuesta alguna de nuestras fragilidades. Porque para conocer el mundo no hacemos otra cosa que reconocer el mundo de ese otro que apenas permite exponerse en un reducido espacio. La total ignorancia a la posibilidad de la existencia de algo aún más gigante y que podría ser posiblemente para el ajeno la más cálida.

El escritor norteamericano Jack Kerouac en su libro Los subterráneos confiesa que le es totalmente triste oír los pájaros al atardecer después del trasnoche.

Porque nos recuerda de forma dulce, que hemos perdido la luz de un día, al alargar la noche por motivo de un cansancio injustificado. Por eso prefería recordar a los que quiso y tratar a los que amaba siempre con la profundidad anterior a los segundos de esos cantos. Porque en esos segundos anteriores, se encontraba la comprensión del balance de lo que te hace bien y lo que te hace mal. A pesar de la incertidumbre que implica, el observar la jaula en la que uno mismo está metido mientras espera que el cansancio se disuelva. En esos segundos probablemente queda contenida la esencial luz de esos días que perdemos a veces por alargar la noche con nuestro capricho de creer ser lo que no somos y no mirar lo que realmente estamos haciendo en los otros seres que nos rodean.

La fotografía de Juan Quisbert retrata de alguna manera esos minutos anteriores al trinar de los pájaros del atardecer, en esa medida permite expandir la visión del observador; porque cada una de sus fotos teje un lazo de familiaridad y movimiento. A la vez cada una de ellas encierra una magia que provoca vértigo y conjuga pensar en el vuelo y en el alarido salvaje, que a veces de a poco vamos dejando enjaulados en la frágil de la incertidumbre de no emitir una caricia al vértigo.

Miren las fotos de Quisbert y lentamente reconózcanse. Podría ser la mejor experiencia o proporcionalmente igual lo contrario. Como diría Juan Tallón: Muchas veces las cosas interesantes tienen un principio secreto, impalpable. ¿Por qué no podría ser ese?

Filósofo y escritor - gutimoscovan@gmail.com





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