Cochabamba, lunes 10 de diciembre de 2018

El libro definitivo sobre el asesinato del Che

Texto leído en la presentación de El Asesinato del Che en Bolivia de Adys Cupull y Froilán Gonzáles, en la Universidad Mayor de San Simón. El evento fue auspiciado por el Movimiento Guevarista. El libro se puede encontrar en el café Lea Más de la calle Santiváñez entre Ayacucho y Junín.
| Antonio Rivera Mendoza | 04 mar 2018



Un día de 1966, el joven conserje del Hotel Copacabana, en El Prado de La Paz, registró a un nuevo huésped. El señor calvo de sonrisa franca, bien afeitado y que veía hacer desde unos ojos serenos y profundos, era el Che Guevara. Aquel joven empleado, mi hermano.

En Bolivia todos tenemos algo que ver, directa o indirectamente, con Ernesto Guevara, aún cuando algunos no lo saben.

Digo en Bolivia, porque hoy hablamos del Che en este país.

En un viaje a Santiago de Cuba, en la década de los 80, en uno de los acogedores locales de música y ron de un barrio inolvidable, cuando me identificaba como boliviano las preguntas llovían. ¿Cómo era ese país donde fueron capaces de matar al comandante Che Guevara?, interrogaban intrigados, con un tono de reclamo, pero sin rencor. El pueblo cubano desconoce ese mal sentimiento que nubla la justicia. Una vez satisfecha la curiosidad, y convertidos en compañeros de noche, se disputaban la velada relatando anécdotas sobre él. Los más orgullosos eran los que lo habían visto en carne y hueso, aunque fuera desde lejos. Guardaban este recuerdo como el más hermoso. Es que era el guerrillero, el dirigente, el héroe, el ser humano corriente, la leyenda.

El libro El Asesinato del Che en Bolivia, me sorprendió por varias razones. Adys Cupull y Froilán Gonzáles quisieron escribir el resultado de una investigación exhaustiva y de rigor histórico y lo consiguieron con creces. Pero, además, este libro está tan bien escrito que por méritos propios pertenece también al ámbito literario. Puede leerse como una novela y es más que eso, porque los hechos narrados, con la sobriedad del buen escritor, son efectivamente reales. ¿Qué mejor presentación de los hechos que hacerlo con belleza literaria?

En Cuba hay grandes escritores, algunos han llegado a nuestras librerías, como Alejo Carpentier, Lezama Lima, Nicolás Guillén, y también está la estirpe de luchadores, ensayistas o historiadores, que escriben sus obras inseparables del continente literario: José Martí y Fidel Castro en primer orden. De Fidel, La Historia me absolverá, es un ejemplo de lucha de las ideas sin alejarse de la estética literaria. A este linaje pertenecen Ady Cupull y Froilán Gonzáles.

Hay pasajes en El Asesinato del Che en Bolivia, como aquel en que los jefes militares bolivianos de entonces se esmeran en ser los más serviles ante las órdenes de sus amos norteamericanos, corriendo obsecuentes para contentar a quienes los desprecian, asumiendo como propios esos mandatos criminales, que serían capítulos de una comedia negra si no fueran trágicamente ciertos.

Muchos historiadores se ven tentados a generalizar, a elaborar juicios acomodados a sus creencias. Cupull y Gonzáles no. Aún entre la jerarquía militar de aquella época nefasta, son respetuosos del papel de algunos oficiales que intentaron hacer honor a las leyes de la guerra, considerados con los enemigos eventuales y su destino, aún a costa de su propia vida.

También son rigurosos en las escenas penosas de los jefes en La Higuera disputándose el botín del sentenciado a muerte, sin juicio. Extraviados y ebrios de alcohol y de angurria, mientras la dignidad estaba cautiva y herida en un aula convertida en calabozo, imagen simbólica de la iniquidad. Estas escenas son corroboradas por los propios actores.

El Asesinato del Che en Bolivia también es un modelo de investigación para historiadores. Este libro definitivo identifica las fuentes que sus autores omitieron en trabajos anteriores por el riesgo de vida que aquellas corrían entonces. Hoy nos las revelan y los mayores las reconocemos y, quizá, confirmamos nuestras sospechas. Son decenas, si no centenares, las fuentes consultadas en varios países las que dan la certeza de estar leyendo una obra apegada rigurosamente a la verdad.

Paso a paso, el libro disipa cualquier duda, con información de primera mano y nos ilustra sobre las terribles biografías que son, en realidad, prontuarios de esbirros y criminales, ejecutores de órdenes de quienes pasan a la historia oficial como presidentes de la democracia estadounidense y boliviana de ese período.

La prensa internacional, hoy mismo en entredicho por sus informaciones tergiversadas a lo largo del mundo en favor del amo dinero y sus administradores, está retratada minuciosamente. Son también los periodistas los que tienen el deber de leer esta obra.

De toda la jungla de la historia oficial dictada por los grandes medios de comunicación, propiedad de consorcios que obedecen a los poderes insensibles. De los rumores que una bien planificada y gran mentira que nos hacía creer en una versión conveniente a sus intereses, emerge la verdad de un suceso histórico y una imagen rotunda: la de Ernesto Guevara y su asesinato.

Atrás quedan las burdas frases ideadas por la CIA y transmitidas por dentro Bolivia y alrededor del mundo, atribuidas al gran guerrillero, con las que ese periodismo tratara de mellar su dimensión.

La mentira de la soberanía de la Bolivia de Barrientos y los otros militares; las homilías de curas apegados al poder de este mundo, la campaña mundial de desinformación promovida por Estados Unidos mediante agentes disfrazados de periodistas para confundir y evitar que se hallen los restos del Che.

Una de las grandes batallas ganadas por este libro contra multinacionales de comunicación, es instalar la verdad en la conciencia de bolivianos y latinoamericanos:

El Che fue asesinado por orden del presidente de Estados Unidos y ejecutado por el presidente boliviano mediante sus subordinados. Está enterrado en Santa Clara después de haber sido hallada la fosa en la que echaron sus restos aquellos militares. El Che fue un ser humano excepcional.

Las hagiografías del Che Guevara se disputan por encontrar el sentido exacto de su decisión de inmolarse en la lucha por sus ideales. Pero, como siempre, viene en nuestra ayuda la simplicidad, para no entrar en esa competencia a ratos saludable y otros no tanto.

Los ideales de Guevara no murieron con él, son demasiado fuertes. Precedieron a su autor, llegaron con él, lo sobrevivieron con las brigadas de alfabetizadores, con las misiones de médicos que curan a los necesitados en Bolivia, inspiran a jóvenes y viejos a abandonar la codicia como objetivo de vida. Hasta el presidente boliviano actual se apoya en ellos en un sinnúmero de reformas populares que ha abordado y tiene una imagen suya en el Palacio.

Claro que el Che no ha muerto: sigue viniendo, sigue viviendo.

Periodista y escritor - arivera133@gmail.com





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