Cochabamba, domingo 24 de junio de 2018

De lo que están hechos los recuerdos y cuando las cosas no son lo que deberían

| Rodrigo Beltrán | 25 feb 2018



“Esta es una de esas cosas, Ed, que no vas a reconocer por nada del mundo”.

Tenía deseos de escribir acerca de este libro en particular. El año pasado lo encontré entre algunos libros de literatura juvenil, quisiera recordar que librerías eran las que lo ofertaban, esos días andaba sin un quinto y no pude comprarlo. Había leído el libro hace mucho, en mis primeros años en la universidad, por lo que ahora resulta confuso acordarme como llegó a mí, considerando que no soy muy fanático de ese género. Pero, como siempre me ando diciendo, la vida da muchas sorpresas, gratas ante todo si se tratan de libros.

Lemony Snicket es el seudónimo que este autor utilizó cuando escribió otras obras, como aquella por la cual se lo conoce más: Una serie de eventos desafortunados. Para la novela de la que me interesa hablar, el autor utilizó su verdadero nombre: se llama Daniel Handler y la novela es Y por eso rompimos.

Min, Minnie, es una adolecente con intereses artísticos que se enamora del chico popular, Ed, y la historia más o menos narra cómo se conocen, llegan a entablar una relación y luego terminan, y digo más o menos porque el libro no cuenta específicamente cómo sucedieron las cosas, sino cómo es que Min las recuerda. La historia empieza prácticamente cuando la relación ha terminado, Min recolecta todos los objetos que fue reuniendo durante su relación con Ed y decide entregárselos en una caja, como un ritual simbólico para dejar que las cosas fluyan; pero, y esto es lo hermoso, la caja también contiene un manuscrito que relata el por qué son especiales esos objetos. La historia se cuenta a partir de las cosas que contingentemente estaban ahí y adquieren una nueva entidad paralela: un abrigo, por ejemplo, deja de ser sólo un abrigo.

El manuscrito es en un primer momento una larga epístola para Ed, pero al mismo tiempo cumple otra función y es cuando se revela la intimidad del manuscrito que está ligada a las cosas en la caja, y revisamos entre ellas como en las páginas de un diario, es por eso que el manuscrito no tiene sentido sin las cosas, son estás últimas las que realmente cuentan la historia y no las palabras. El manuscrito, la carta o lo que sea, actúa como un catálogo de las cosas que eran importantes para Min y que debieron serlo para Ed.

Gracias a este hecho de la novela, nos es posible apreciar un fenómeno al que confío no somos extraños pues, constantemente, estamos recolectando cosas no solo por la utilidad que tengan, sino por la significancia temporal de la que participan. Las cosas que guardamos y que nos importan son partes de nuestra historia, a manera de piezas de un rompecabezas; las guardamos bajo llave en los cajones de nuestros escritorios, donde nadie las verá jamás o en una caja de zapatos que colocamos al fondo de nuestros armarios con el convencimiento de que ni las bombas los destruirán. La forma en que se narra la historia de Min y Ed nos permite dar cuenta de esta manera peculiar que tenemos para ver las cosas: como piezas de nuestros corazones,

Lejos de parecer una supra-apreciación por las cosas materiales, la historia nos hace notar que constantemente les damos un significado equivoco. Y todo es “una cosa”: una pluma favorita que nos gusta por los trazos que deja sobre el papel, un bolso, unas gafas, una manta, incluso las canciones que escuchamos son ladrillos con los que edificamos los muros de nuestra realidad. Y así, ladrillo a ladrillo, construimos nuestra memoria, nuestros recuerdos, nuestra historia. De alguna forma nuestras cosas, tesoros, dicen más de nosotros que las palabras que usaríamos para describir los momentos que nos identifican.

Quizás sea sensato considerar que todas las cosas con las que nos rodeamos y construimos nuestros recuerdos, no están hechas de arcilla, metal o latex (esa última es un guiño para que lean el libro); quizás las cosas que nos son especiales, lo son por nuestro deseo de conservar un pedazo de nuestro tiempo y no dejar que se escape. “Esto es lo que robé. Te lo devuelvo”- dijo Min, casi al final de la novela. Robamos tiempo cuando guardamos los tesoros con los que construimos nuestros recuerdos.

Escritor - chuletonpicante@gmail.com



TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:

MÁS NOTICIAS DE « RAMONA »:

Opinión en Twitter
Opinión en Facebook
Portada Impresa