Cochabamba, viernes 22 de junio de 2018

El hilo invisible

Un comentario sobre la película del director Paul Thomas Anderson.
| Mauricio Rodríguez Medrano | 25 feb 2018



Hay directores (consorcios) que hacen películas para ganar un Oscar (¿alguien se acuerda de Danza con lobos o Gente corriente?); otros directores hacen películas que son obras maestras. A esta última categoría pertenece el director Paul Thomas Anderson y su película El hilo invisible.

Paul Thomas Anderson al inicio de su filmografía tenía una mayor influencia de Faulkner: personajes corales, el juego de la forma a la hora de contar su historia, el cuestionamiento de a existencia de Dios y las tragedias casi bíblicas (queda en mi memoria la escena de la lluvia de ranas en su película Magnolia, como respuesta a que un Dios invisible existe y nos lleva irremediablemente al fracaso o la esperanza).

El hilo invisible es una historia de amor (dialoga muy bien con otra película de mismo director: Embriagado de amor). Daniel Day-Lewis encarna a un sastre obsesivo con su trabajo, de manos delgadas y cuerpo delgado, soltero, llamado Reynolds Woodcock. Él tiene una hermana llamada Cyril y parecen un matrimonio viejo (muy al estilo del cuento “Casa tomada”, de Cortázar).

En sus últimas películas cambió de influencia, ahora es Shakespeare (desde Petróleo sangriento hasta El hilo invisible): prefirió analizar a los personajes en base a sus acciones (y decisiones), la historia que narra es más lineal sin experimentaciones con los lentes o planos secuencias, pocos saltos en el tiempo (flashbacks o flashfordwars).

Reynolds Woodcock conoce a Alma, una mesera de algún restaurante de Londres o Dublín, en un desayuno. Reynolds le advierte a Alma que tiene una vida casi de asceta y de soltero, y la invita a salir. Después de la primera cita se enamoran (aquí el director reflexiona sobre el amor: ¿qué es?, ¿no será sólo acto egoísta para que uno cumpla sus deseos?)

Muy aparte de las influencias que tenga Paul Thomas Anderson, en sus películas cuenta aquello que destruye al hombre, el fracaso de una empresa imposible y el mito de Sísifo (la obsesión de un hombre de realizar una acción, una y otra vez, hasta que se convierta en su perdición).

Alma descubre que Reynolds tiene una vida metódica (desayuna en silencio y odia que le den la contra, no le gusta las sorpresas de cualquier índole, vive para su trabajo) y que eso le sirve para perfeccionar su arte: la creación de vestidos. Reynolds encierra a Alma en su vida, sólo para que modele vestidos y sea como un maniquí, que no debe pensar o actuar de forma diferente a lo que pide él (el amo).

Paul Thomas Anderson al igual que un buen músico (digamos Beethoven) sabe utilizar los silencios. Deja que el espectador pueda unir frases que no se dijeron, miradas que quedaron en el aire, gestos que dicen más que alguna palabra. Una mención especial a la banda sonora: es una clase intensiva de lo que un buen narrador de historias debería hacer: ambientar y crear sensaciones.

Describo una escena para demostrar la maestría del director: Alma lee un libro sobre cómo diferencias hongos venenosos y comestibles. Corta uno de ellos, el espectador sabe que tipo de hongo es (ya lo utilizó un poco antes). Hace una tortilla y se lo alcanza a Reynolds. El cuarto de la cocina está apenas iluminado. Alma mira a Reynolds mientras corta la tortilla, en su mirada hay decisión. Reynolds mira a Alma, ¿qué expresa su mirada?: ¿sabe que Alma lo envenena? (el tono de la música cambia de forma abrupta), ¿es una mirada de deseo?, ¿es otra forma del amor que inevitablemente nos destruirá? Reynolds da un bocado hambriento a la tortilla.

El hilo invisible no ganará el Oscar. No importa.

Periodista - zion186@hotmail.com





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